Las elecciones locales del próximo 28 de noviembre en Taiwán se presentan como una primera prueba de fuego para la alianza entre el Kuomintang (KMT) y el Partido Popular de Taiwán (PPT), pero también como un anticipo de lo que podría ocurrir en las elecciones legislativas y presidenciales de 2028. Lo que está en juego no es solamente quién controlará un mayor número de gobiernos locales, sino si las dos principales fuerzas de la oposición son capaces de convertir su cooperación electoral en una alternativa política viable al Partido Democrático Progresista (PDP) de Lai Ching-te.
La necesidad de cooperar tiene el antecedente inmediato de las elecciones de 2024. La candidatura presidencial conjunta entre el KMT y el PPT fracasó y ambos concurrieron finalmente por separado. El resultado permitió al candidato del PDP, Lai Ching-te, acceder a la presidencia, aunque sin disponer de una mayoría propia en el Yuan Legislativo. La experiencia dejó una conclusión difícil de ignorar para la oposición: la división del voto opositor puede facilitar la continuidad del PDP en la presidencia incluso cuando la suma de las fuerzas no oficialistas sea electoralmente competitiva.
Con ese precedente, KMT y PPT aprobaron en marzo un acuerdo de cooperación para las elecciones locales. El pacto estableció un mecanismo de “nombrar primero y coordinar después”, priorizando a los candidatos con mayores posibilidades y buscando evitar que ambas formaciones compitieran entre sí allí donde una candidatura unificada pudiera ofrecer mayores posibilidades de victoria. El acuerdo contemplaba asimismo cooperación en materia de políticas públicas y una estructura conjunta de coordinación electoral. La propia dirección del KMT presentó el entendimiento como una posible base para la cooperación presidencial de 2028.
Sobre el papel, el reparto parecía razonable. El PPT se comprometió a apoyar a los candidatos del KMT en Nuevo Taipéi, Taichung, Tainan, Kaohsiung y Yilan, mientras que el KMT respaldaría al candidato del PPT en la ciudad de Chiayi. Ambos partidos acordaron además apoyar conjuntamente candidaturas independientes en el condado de Chiayi y en Hsinchu.
Sin embargo, la experiencia de Hsinchu está demostrando que una cosa es firmar un acuerdo entre las direcciones partidarias y otra bastante diferente conseguir que las estructuras territoriales, los candidatos y sus respectivas bases electorales acepten las renuncias que necesariamente comporta una estrategia de cooperación.
El conflicto más significativo se ha producido en Zhubei, en el condado de Hsinchu. El KMT presentó a Wu Hsu-chih y el PPT a Chiu Chen-yuan, pese a que se había intentado encontrar una fórmula para evitar la división del voto. La disputa se agravó cuando ambas partes comenzaron a acusarse mutuamente de no respetar los compromisos alcanzados. Huang Kuo-chang, presidente del PPT, llegó a acusar al KMT y a la candidata a magistrada del condado, Hsu Hsin-ying, de “volver atrás en su palabra”. El KMT, por su parte, sostiene que nunca existió un acuerdo formal que obligara a sus candidatos a retirarse o ceder.
El desenlace, por el momento, es significativo. El 6 de septiembre el PPT decidió suspender toda cooperación electoral con el KMT en el condado de Hsinchu y declaró que sus candidatos y militantes ya no están vinculados por el acuerdo general de cooperación en ese territorio. También anunció medidas disciplinarias contra quienes hagan campaña por candidatos de otras formaciones, que pueden llegar incluso a la expulsión del partido.
¿Está en peligro, por tanto, la alianza? Probablemente sería prematuro hablar de ruptura general. El conflicto de Hsinchu tiene una fuerte dimensión local y afecta a una circunscripción especialmente sensible para el PPT. Hsinchu y, particularmente, Zhubei constituyen uno de los territorios donde el partido conserva una implantación electoral desproporcionadamente importante respecto a su peso general, vinculada además a una población joven y a la proximidad del principal núcleo tecnológico de Taiwán. La importancia de no aparecer subordinado al KMT resulta, por ello, especialmente elevada para el PPT.
Pero el episodio sí revela una fragilidad estructural de la alianza. KMT y PPT necesitan cooperar, pero no necesariamente persiguen exactamente el mismo objetivo. El KMT aspira a recuperar su condición de principal fuerza de gobierno y dispone de una organización territorial, una historia y un electorado mucho mayores. El PPT, en cambio, necesita preservar una identidad propia y evitar convertirse simplemente en un socio menor del KMT. Para Huang Kuo-chang, ceder sistemáticamente ante el KMT podría resultar políticamente tan peligroso como concurrir en solitario.
Ahí reside la tesitura de la alianza azul-blanca: ambos partidos necesitan al otro, pero precisamente por eso temen también al otro.
El KMT necesita al PPT porque una parte del electorado que apoyó a Ko Wen-je en 2024 no se identifica necesariamente con el viejo partido nacionalista. El PPT, por su parte, necesita la maquinaria territorial y la capacidad electoral del KMT para transformar su influencia política en poder institucional. La cooperación puede beneficiar a ambos, pero una absorción del más pequeño por el mayor podría acabar debilitando precisamente aquello que hace útil al PPT como socio.
Las elecciones locales permitirán comprobar hasta qué punto existe una fórmula de equilibrio. Si la coordinación consigue traducirse en victorias, especialmente en territorios donde la suma del voto KMT-PPT puede superar al PDP, el argumento a favor de la cooperación saldrá reforzado. Si, por el contrario, las disputas producen candidaturas paralelas y derrotas evitables, aparecerá una tentación creciente de revisar el modelo antes de 2028.
Hay además una segunda cuestión: qué significa exactamente “ganar” las elecciones de noviembre. No bastará con contabilizar cuántas alcaldías o magistraturas obtenga cada partido. Será importante observar la distribución territorial del voto, la capacidad del PPT para conservar representación propia y, sobre todo, si las dos formaciones consiguen construir mecanismos de confianza que puedan sobrevivir a los conflictos por las candidaturas.
En este sentido, Hsinchu puede ser una advertencia temprana. La alianza no se juega únicamente en los acuerdos de las direcciones partidarias, sino en centenares de negociaciones locales donde cada candidato tiene incentivos para defender su propia supervivencia política. El episodio de Zhubei muestra precisamente lo difícil que resulta imponer desde Taipéi una lógica de suma opositora sobre unas organizaciones territoriales acostumbradas a competir.
Y hay una dimensión todavía más importante. 2028 no será simplemente una repetición de 2024. El KMT y el PPT deberán decidir entonces quién encabeza la candidatura presidencial, cómo se distribuyen las candidaturas legislativas y qué programa común ofrecen a los electores. Las elecciones locales de noviembre serán, por tanto, una especie de laboratorio que permitirá comprobar si pueden cooperar sin que ninguno de los dos tenga que renunciar a su identidad.
Por ahora, la crisis de Hsinchu no parece suficiente para dar por muerta la alianza. Pero sí constituye una señal inequívoca de sus límites. Si las diferencias no consiguen ser contenidas, el riesgo no es solamente perder algunas alcaldías. Es que el fracaso de la cooperación reactive el fantasma de 2024 con una oposición electoralmente mayoritaria en términos agregados, pero políticamente incapaz de convertir esa mayoría potencial en una candidatura de gobierno.
La verdadera prueba del 28 de noviembre será, por ello, menos quién gana y quién pierde que la cuestión bastante más profunda de si KMT y PPT son capaces de aprender a perder juntos algunas posiciones para poder aspirar a ganar juntos la presidencia en 2028.


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