La gestión del legado de Mao Zedong en China, una entrevista de Álvaro Alfaro Ruiz-Alberdi para  EFE Beijing

–El PCCh mantiene desde 1981 que los “méritos” de Mao fueron lo principal y sus “errores”, lo secundario. ¿Cree que esta fórmula sigue siendo la clave para entender cómo China gestiona hoy su legado?  

En gran medida, así es. La fórmula establecida en 1981 -los méritos de Mao fueron principales y sus errores, secundarios: 70-30- continúa siendo el marco fundamental con el que el Partido Comunista de China gestiona su legado. Permite preservar la legitimidad histórica de la revolución y, al mismo tiempo, reconocer los graves errores de determinadas etapas, especialmente los asociados al Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, sin convertir esa crítica en una impugnación de la trayectoria del Partido. Es, por tanto, una fórmula de equilibrio de forma tal que Mao puede ser objeto de crítica histórica, pero no de deslegitimación política.

Sin embargo, bajo Xi Jinping se aprecia ese elemento nuevo de una recuperación de la figura y del pensamiento de Mao más visible y, en cierto sentido, más reverencial que durante la etapa de Deng Xiaoping. El denguismo necesitaba establecer una distancia con determinados aspectos del maoísmo para justificar el giro reformista; el xiísmo, sin renunciar a las reformas ni a la economía de mercado socialista, subraya mucho más la continuidad histórica entre Mao, Deng y el propio Xi. La reivindicación de Mao sirve así no solo para preservar la memoria fundacional del Partido, sino también para reforzar la idea de continuidad de su liderazgo, de su capacidad de autotransformación y de la singularidad del camino chino. En ese sentido, la fórmula de 1981 permanece, pero su utilización política ha adquirido bajo Xi una intensidad y una significación distintas.


 –¿Por qué las autoridades necesitan preservar la figura de Mao, con su retrato y su mausoleo en Tiananmen, su imagen en los billetes y numerosas estatuas por el país, algunas levantadas en las últimas décadas, incluso después de haber condenado formalmente episodios como la Revolución Cultural?  

Mao es inseparable de la legitimidad sistémica del Partido Comunista de China. Desde 1949, la evolución de la República Popular puede leerse, en buena medida, como una sucesión -pero también como una acumulación- de tres fuentes de legitimidad: la legitimidad revolucionaria, asociada a Mao y a la fundación de la República Popular; la legitimidad desarrollista, construida fundamentalmente durante la etapa de Deng Xiaoping; y una legitimidad de carácter crecientemente eficrático, vinculada a la capacidad del sistema para gobernar, resolver problemas y producir resultados. Mao representa el origen de esa cadena. Cuestionarlo en exceso supondría poner en cuestión no solo a una figura histórica, sino el propio relato fundacional sobre el que se construye la legitimidad del Partido.

Por eso China puede condenar la Revolución Cultural o reconocer los errores del Gran Salto Adelante y, al mismo tiempo, preservar el retrato de Mao en Tiananmen, su mausoleo, su presencia en los billetes o las numerosas estatuas que siguen apareciendo en distintos lugares del país. No existe necesariamente una contradicción desde la lógica del sistema pues se separa al Mao histórico, con sus aciertos y errores, del Mao fundador, cuya centralidad permanece intacta. De hecho, bajo Xi Jinping esa dimensión fundacional ha recuperado una presencia particularmente intensa. La reivindicación de Mao permite subrayar que las transformaciones posteriores -Deng, las reformas, el desarrollo y ahora la modernización impulsada por Xi- no significan una ruptura con la República Popular, sino distintas etapas de una misma continuidad histórica. Mao, en definitiva, no es solamente memoria, es el punto de partida de la legitimidad del sistema.

— ¿Por qué Mao conserva atractivo entre algunos chinos en una sociedad que, en lo económico y social, se ha alejado tanto del modelo maoísta?

Mao marca un punto de inflexión en la historia contemporánea de China. Su atractivo no procede necesariamente de una reivindicación del modelo económico y social maoísta, que en buena medida pertenece al pasado, sino de lo que su figura representa, es decir, la recuperación de la soberanía, la reunificación política del país y el final de un largo período de subordinación y humillación frente a las potencias extranjeras. Para una parte de la sociedad china, Mao encarna, con todas sus contradicciones, el momento en que China dejó de ser objeto de la historia para convertirse nuevamente en sujeto de su propio destino.

Además, su figura ha adquirido significados nuevos a medida que China se ha transformado. Para algunos sectores expresa una idea de igualdad y de justicia social que contrasta con las desigualdades generadas por el proceso de enriquecimiento posterior; para otros, simboliza la dignidad nacional y la capacidad de un país pobre y débil para convertirse en una potencia. De ahí que pueda existir admiración por Mao incluso entre generaciones que nada tienen que ver con la experiencia maoísta. Su legado, por tanto, no se limita a la defensa de un determinado modelo. Mao se ha convertido en un símbolo de la fundación de la China contemporánea y, en cierta medida, de su revitalización histórica.



  — ¿Cómo encajan casos como el del artista Gao Zhen, condenado este agosto por unas esculturas satíricas sobre Mao, en la forma en que China gestiona hoy la memoria pública del expresidente?

La simbología es importante porque Mao ocupa un lugar que trasciende al personaje histórico. Hay una cierta sacralización de su figura, entendida en un sentido político y simbólico: su imagen, su retrato y determinados espacios asociados a él forman parte de la iconografía fundacional de la República Popular. Esto explica que puedan coexistir una evaluación histórica que reconoce sus errores y una considerable sensibilidad ante representaciones que ridiculicen o degraden públicamente su figura. El caso de Gao Zhen muestra precisamente dónde se sitúa una de esas fronteras.

No se trata, por tanto, de que Mao sea presentado oficialmente como una figura sin errores -la resolución de 1981 estableció precisamente lo contrario-, sino de que su condición de fundador establece un límite. La crítica histórica puede ser asumida; la desacralización simbólica es mucho más problemática. En el fondo, preservar determinados símbolos de Mao significa preservar también los símbolos de la fundación del Estado y del propio Partido. Por eso la memoria pública de Mao no es solamente una cuestión historiográfica y forma parte de la gestión de la legitimidad política y de los límites de lo que puede ser cuestionado en el espacio público.


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