El turbulento bienio de Lai Ching-te, por Xulio Ríos

El pasado 20 de mayo, Lai Ching-te conmemoró en Taipéi el segundo aniversario de su mandato presidencial. La efeméride estuvo precedida por la votación en el Yuan Legislativo de la primera moción de destitución planteada en la historia democrática de Taiwán. Fracasó, como todos anticipaban al no reunir los apoyos necesarios, pero su verdadero objetivo no era tanto derribar al presidente como exhibir la determinación irreductible de la oposición de erosionar políticamente su gestión y convertir el bloqueo institucional en un elemento estructural de la legislatura.

En su discurso, Lai reivindicó tres grandes directrices para la segunda mitad de su mandato: la salvaguarda del sistema democrático, el mantenimiento de la estabilidad regional en el Estrecho y el fortalecimiento de la competitividad económica. Son, precisamente, los tres ámbitos donde se juega simultáneamente la viabilidad de su presidencia y el futuro inmediato de Taiwán. Y también los tres terrenos donde afloran con más claridad las contradicciones y límites de su proyecto político.

Los ejes principales

En los dos años transcurridos desde las elecciones de 2024, el balance de gestión de Lai puede calificarse de desigual. En el terreno económico, los indicadores juegan claramente a su favor. Taiwán ha consolidado su posición como potencia tecnológica indispensable en las cadenas globales de suministro, especialmente en el sector de los semiconductores, mientras los datos macroeconómicos ofrecen resultados notablemente positivos. El crecimiento registrado en el primer trimestre del año alcanzó el nivel más alto en décadas; la tasa de desempleo descendió hasta mínimos históricos y el PIB per cápita taiwanés superó al de Japón y Corea del Sur (también al de España, dicho sea de paso). Todo ello permite al Gobierno reivindicar una gestión eficaz en términos de crecimiento, empleo y modernización productiva.

Sin embargo, el gran problema político de Lai no se encuentra en la economía sino en las relaciones a través del Estrecho, verdadero eje ordenador de la política taiwanesa. Y difícilmente podía ser de otra manera. Lai, definido desde hace años como un “independentista pragmático”, inició su presidencia endureciendo notablemente el lenguaje hacia Beijing. Al habitual rechazo explícito del Consenso de 1992 sumó la definición de China continental como “un Estado extranjero hostil” y la insistencia en que la República de China (Taiwán) y la República Popular no están subordinadas entre sí reforzando la percepción continental de que el actual mandatario pretende avanzar hacia una soberanía diferenciada bajo formulaciones graduales y cuidadosamente calibradas.

Ese enfoque proporciona munición constante a la oposición. Tanto el Kuomintang como el Partido Popular de Taiwán recuerdan insistentemente que la Constitución vigente de la República de China no define las relaciones a través del Estrecho como relaciones entre Estados soberanos independientes. A su juicio, Lai estaría impulsando una reinterpretación política del marco constitucional que, sin proclamar formalmente la independencia, conduciría de facto hacia ella.

La insistencia en la seguridad constituye otra de las notas distintivas de su presidencia. Existen dos razones fundamentales. La primera, la convicción de que el fortalecimiento de la capacidad disuasoria es la mejor forma de resistir las presiones reunificadoras de Beijing. La segunda, la creciente presión de Estados Unidos para que Taiwán incremente sustancialmente su gasto militar y acelere tanto las compras de armamento estadounidense como el desarrollo de capacidades propias.

Sin embargo, esa estrategia podría enfrentarse ahora a un problema de fondo. La reciente visita de Donald Trump a China y las dudas emergentes acerca del alcance real del compromiso estratégico de Washington con Taipéi amenazan con alterar algunos de los supuestos sobre los que Lai había construido su política de seguridad. Si se consolidara una línea más moderada en la relación entre Washington y Beijing, el actual Gobierno taiwanés podría descubrir que su apuesta por maximizar el valor geopolítico de la isla tenía márgenes más estrechos de lo previsto.

Aunque el Ejecutivo insiste cada vez más en la producción autóctona de armamento, resulta difícil imaginar que Taiwán pueda alcanzar por sí sola el nivel de esfuerzo requerido para sostener indefinidamente una estrategia de disuasión intensiva frente al poder militar continental. De ahí que las incertidumbres sobre la voluntad estadounidense adquieran una dimensión especialmente delicada.

Las relaciones con Washington, lejos de ofrecer garantías absolutas, sugieren más bien tensiones potenciales en el horizonte. Lai alineó rápidamente a Taiwán con la estrategia de Trump. En materia comercial, Taipéi terminó cediendo a diversas presiones estadounidenses, significadamente las arancelarias, mientras los compromisos de inversiones y adquisiciones se presentaron como instrumentos destinados a blindar la relación bilateral. Está por ver que ello sea suficiente. La lógica transaccional de Trump introduce un elemento de imprevisibilidad que preocupa crecientemente en sectores de la élite taiwanesa, conscientes de que el respaldo estadounidense podría quedar subordinado a cálculos estratégicos más amplios en la relación con China.

Más sólidas parecen, por el momento, las relaciones con determinados sectores conservadores japoneses. Las declaraciones de Sanae Takaichi, afirmando que una contingencia en Taiwán equivaldría también a una contingencia para Japón, fueron recibidas en Taipéi con evidente satisfacción. Ese apoyo verbal alimenta la percepción de que una parte relevante del nacionalismo conservador japonés contempla la seguridad de Taiwán como un elemento inseparable del equilibrio estratégico regional.

El bloqueo interno

A las dificultades externas se suma una compleja situación interna. El hecho de gobernar en minoría frente a una oposición cada vez más coordinada constituye uno de los principales obstáculos para el desarrollo normal de la acción gubernamental. La cooperación táctica entre el KMT y el PPT, impensable hace pocos años en ciertos niveles, ha terminado configurando un auténtico frente de contención parlamentaria frente al Partido Democrático Progresista.

Tras el fracaso de las campañas de revocatoria y los intentos posteriores de recomponer canales mínimos de diálogo, las posiciones parecen haberse endurecido todavía más. Los anuncios realizados por ambas formaciones de cara a las elecciones locales del próximo noviembre indican una clara voluntad de no repetir el error de enero de 2024, cuando la fragmentación opositora facilitó la victoria presidencial de Lai con apenas el 40 % de los sufragios.

La oposición interpreta aquellas elecciones no como un respaldo mayoritario al proyecto del PDP, sino como el resultado circunstancial de una división que ahora pretende corregir. Y, en cierta medida, la evolución posterior parece haber reforzado esa convicción. Las elecciones locales de noviembre podrían convertirse así en una plataforma para consolidar una dinámica de desgaste sostenido del oficialismo durante los dos años restantes de mandato.

Expectativas

En política interna no se perciben, por el momento, señales significativas de distensión. Tanto el KMT como el PPT parecen apostar abiertamente por una estrategia de erosión prolongada del presidente, compartiendo además una premisa esencial: la defensa del marco constitucional de la República de China frente a cualquier tentativa de reinterpretación soberanista que aproxime a Taiwán a una lógica de independencia formal.

En política exterior, las incertidumbres son aún mayores. Si termina consolidándose un giro más moderado de Trump hacia China -un giro que podría no limitarse únicamente a las ventas de armas sino extenderse a otros ámbitos sensibles- ello afectaría directamente a la viabilidad de una política que se ha fundamentado en aprovechar la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China para maximizar el valor geopolítico de Taiwán.

Ese escenario obligaría a Lai a afrontar una paradoja especialmente incómoda: cuanto más dependa Taiwán de la confrontación estructural entre Washington y Beijing para reforzar su posición internacional, más vulnerable quedará ante cualquier eventual distensión entre ambas potencias. Y esa dependencia externa, precisamente, constituye hoy uno de los principales límites estratégicos de su presidencia.

(Para Descifrando la Guerra)


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