El incierto futuro de Taiwán en la era Xi, por Xulio Ríos

Taiwán, como Estado de hecho pero no plenamente reconocido como Estado de derecho internacional soberano, afronta un futuro cada vez más complejo. La presión estratégica de China continental, la rivalidad entre Washington y Beijing y las propias divisiones internas de la isla configuran un escenario marcado por la incertidumbre.

Para la República Popular China no existe otro desenlace legítimo que la “reunificación”. Beijing no interpreta la cuestión taiwanesa únicamente como la consecuencia pendiente de la guerra civil china, sino como una pieza central de la superación del llamado “siglo de humillación”. La recuperación de Taiwán aparece así integrada en la narrativa histórica de la revitalización nacional impulsada por el Partido Comunista de China (PCCh). Es un interés fundamental y una condición necesaria para completar el proceso de modernización.

Durante el mandato de Xi Jinping pueden identificarse al menos dos momentos especialmente significativos en relación con Taiwán. El primero fue cuando afirmó que la cuestión “no podía dejarse pasar de generación en generación”, sugiriendo que el problema debía comenzar a encaminarse de forma definitiva bajo su liderazgo. El segundo se produjo recientemente, durante la cumbre con Donald Trump, cuando advirtió explícitamente del riesgo de conflicto si la situación no se gestionaba con cuidado. El hecho de que Xi formulase esta advertencia con tanta claridad introduce un elemento delicado para Washington: ignorar completamente sus demandas podría interpretarse en Beijing como una “pérdida de cara” para el líder chino. Cada vez más, el legado histórico de Xi parece asociado a la capacidad de acercar una solución al problema taiwanés.

En este contexto, si Trump no modera determinados aspectos de su compromiso con Taiwán, la relación bilateral puede deteriorarse con rapidez. No resulta descartable que Washington termine reajustando posiciones en cuestiones sensibles, desde la venta de armamento hasta el apoyo diplomático internacional a Taipéi, especialmente si prioriza la estabilización de la relación económica con China.

La preferencia oficial de Beijing sigue siendo una reunificación pacífica. Siguiendo la tradición estratégica atribuida a Sun Zi, vencer sin combatir continúa considerándose la opción óptima. En los últimos años se han debatido distintos escenarios de presión y bloqueo capaces de forzar negociaciones sin necesidad de una invasión convencional.

Al mismo tiempo, Taiwán ha consolidado en las últimas décadas una economía altamente desarrollada y tecnológicamente avanzada. Su PIB per cápita ya supera ligeramente al español y su liderazgo en la industria de los semiconductores constituye uno de sus principales activos estratégicos. Esa centralidad tecnológica funciona en parte como un “escudo” geopolítico. Sin embargo, tampoco este factor está completamente fuera de negociación. Los esfuerzos de la administración Trump para atraer hacia Estados Unidos parte de la industria taiwanesa de chips reflejan hasta qué punto Washington considera prioritario reducir dependencias estratégicas.

La sociedad taiwanesa continúa profundamente dividida respecto a su relación con China continental. El Kuomintang (KMT) rechaza la fórmula de “un país, dos sistemas”, pero mantiene cierta ambigüedad estratégica al aceptar el llamado Consenso de 1992, es decir, la idea de que solo existe “una China”, aunque con interpretaciones distintas. Figuras como Ko Wen-je han insistido en la idea de la pertenencia a una misma “familia china”, dejando espacio para fórmulas de entendimiento futuras.

Estados Unidos seguirá siendo decisivo en cualquier evolución del conflicto, al igual que Japón. En Taiwán persiste el temor a convertirse nuevamente en moneda de cambio entre grandes potencias, algo que ya ocurrió en el pasado. Sectores japoneses más nacionalistas, representados por Sanae Takaichi, sostienen posiciones especialmente favorables a Taipéi. Sin embargo, esa cercanía también genera controversias históricas dentro de la propia isla, como se evidenció recientemente con el homenaje presidencial al ingeniero japonés Yoichi Hatta, criticado por quienes mantienen viva la memoria de las masacres cometidas durante la ocupación nipona.

La cuestión de fondo permanece intacta: ¿resistir o negociar? Cuanto más poderosa sea China, más difícil resultará sostener una estrategia de resistencia indefinida. El tradicional pragmatismo taiwanés podría terminar inclinando la balanza hacia fórmulas de acomodación antes que hacia una confrontación abierta.

Para Beijing, recuperar Taiwán simbolizaría probablemente la culminación del ascenso chino y el desplazamiento del centro de gravedad del poder mundial. Pero un error de cálculo también podría desencadenar una crisis de enormes proporciones y poner en riesgo un proceso de modernización que, hasta ahora, China considera globalmente exitoso.

(Para El País)


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