¿G2 o G3?, por Xulio Ríos

La visita de Vladimir Putin a China, apenas unos días después de la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, proyecta una imagen implícita del verdadero triunvirato estratégico de nuestro tiempo. Falta quizá la fotografía conjunta que lo certifique, pero la geometría de poder ya es visible. Y en ella, el vértice más sólido parece hoy Beijing, que opera cada vez más como potencia administradora de la transición sistémica.

Si el encuentro entre Trump y Xi ayudó a rebajar tensión y a insinuar un nuevo comienzo en el que el diálogo pueda recuperar cierto espacio, la reunión sino-rusa ha servido para reafirmar convicciones estratégicas mucho más profundas. Hay reajuste táctico en la relación con Washington; hay persistencia estructural en el vínculo con Moscú.

Ese es probablemente el dato más relevante. China no contempla una eventual mejora con Estados Unidos como alternativa a Rusia, sino como complemento de una relación triangular más estable y funcional a sus intereses. De hecho, Xi transmitió a Putin garantías explícitas de que cualquier entendimiento con Washington no se hará a costa de la asociación estratégica sino-rusa.

La diferencia es importante. Mientras Trump parece orientarse hacia una competencia menos abiertamente confrontativa con China, Rusia y China dan muestras de seguir pensando el orden internacional en términos de largo plazo. Y ahí ambos continúan situándose del mismo lado. No se trata únicamente de afinidad coyuntural frente a Occidente, sino de una convergencia cada vez más consistente sobre la arquitectura futura del sistema internacional.

La relación bilateral exhibe hoy un nivel de densidad poco común. Ambos líderes se han reunido en más de cuarenta ocasiones en foros bilaterales y multilaterales; China es desde hace dieciséis años el principal socio comercial de Rusia; la desdolarización de sus intercambios avanza de forma sostenida; y el lenguaje político empleado por ambas partes insiste ya en una “coordinación estratégica integral” de calidad superior. La prórroga del Tratado de Buena Vecindad firmado hace un cuarto de siglo simboliza precisamente esa voluntad de consolidación.

No significa esto ausencia de fricciones o límites. El demorado proyecto del gasoducto Power of Siberia 2 continúa bloqueado, esencialmente por desacuerdos sobre el precio del gas, ni siquiera resueltos en un contexto de gran volatilidad energética internacional. La relación sino-rusa es sólida, pero no exenta de cálculos nacionales muy precisos.

También persisten interrogantes relevantes sobre la guerra de Ucrania. ¿Podría implicarse más China en un eventual proceso de paz? Difícilmente mientras el propio Kremlin no considere llegado el momento. Y probablemente Putin preferiría otorgar a China -y no a Estados Unidos- una eventual victoria diplomática de esa magnitud. Aunque, naturalmente, Kiev también tendrá mucho que decir sobre los términos y tiempos de cualquier negociación.

El trasfondo de todo ello es la distinta percepción estratégica del momento internacional. China continúa desconfiando profundamente de la capacidad de Estados Unidos para abandonar una lógica de preservación hegemónica. En Beijing existe la convicción de que Washington aún no ha asumido plenamente que la cooperación puede reportarle más beneficios que una confrontación permanente. Más que una revisión doctrinal de fondo, lo que observan en la actual Casa Blanca es una adaptación coyuntural dictada por conveniencias inmediatas.

De ahí que la convergencia con Rusia trascienda lo estrictamente bilateral. Para ambos, el multilateralismo y la emergencia del llamado Sur Global constituyen tendencias estructurales del nuevo escenario internacional que operan como redistribuidoras de la inluencia. La declaración conjunta firmada durante la visita insiste precisamente en la promoción de un mundo multipolar y de un nuevo tipo de relaciones internacionales, formulación que sintetiza su rechazo común a las políticas de bloques y a las dinámicas de subordinación implícitas en el “o me sigues o te abandono”.

Paradójicamente, Trump podría estar contribuyendo involuntariamente a reforzar esa dinámica. El deterioro de las relaciones con aliados tradicionales -empezando por la Unión Europea- dificulta la articulación de un frente occidental coherente y aumenta el margen de maniobra de Beijing. China aparece así no solo como rival estratégico de Estados Unidos, sino también como actor indispensable para cualquier estabilidad global mínimamente sostenible.

Lejos de reeditar mundos conocidos, el orden internacional evoluciona a trompicones hacia marcos de mayor complejidad. Menos confrontación directa, posiblemente; más competencia estructural, sin duda. Y en esa transición hacia una nueva gramática estratégica, China parece haber logrado algo tan valioso como mantener abiertos simultáneamente los canales con Washington mientras consolida, sin fisuras aparentes, su entendimiento estratégico con Moscú. Pero, a la vez, distinguiendo claramente entre reajuste táctico con Washington y alianza estructural con Moscú.


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