El nuevo paradigma sin G2, por Xulio Ríos

La reciente cumbre de Beijing dejó la llamativa imagen de Xi Jinping diciéndole a Donald Trump que China y Estados Unidos son “socios y no rivales”. Incluso hubo un guiño implícito al imaginario MAGA al sugerir que la revitalización china y la recuperación estadounidense no son necesariamente incompatibles. El mensaje tiene calado porque durante años el llamado “sueño chino” de Xi ha sido interpretado en Washington como la antesala de una pesadilla estratégica para Estados Unidos. Buena parte de la política norteamericana reciente, desde la guerra comercial hasta las restricciones tecnológicas, se ha construido precisamente sobre esa percepción de amenaza sistémica. La pregunta es inevitable: ¿supone esta cumbre un verdadero punto de inflexión en la relación sino-estadounidense?

La respuesta exige prudencia. Estados Unidos suele priorizar los resultados concretos y medibles. China, sin embargo, considera imprescindible definir antes el marco general de la relación. Sin una arquitectura política mínima, entiende Beijing, los acuerdos parciales carecen de estabilidad y terminan erosionándose con rapidez. De ahí la importancia que el liderazgo chino concede a los conceptos políticos. Ya en 2013, Xi propuso construir un “nuevo tipo de relación entre grandes potencias”, una fórmula destinada a evitar la lógica clásica del enfrentamiento entre potencia emergente y potencia establecida. La experiencia, sin embargo, no resultó especialmente exitosa. La rivalidad se intensificó, la desconfianza aumentó y las dinámicas de confrontación acabaron imponiéndose.

Por ello, la insistencia actual de Xi en hablar de una “estabilidad estratégica constructiva” no es simplemente retórica diplomática. Para Beijing, ese concepto aspira a convertirse en el nuevo marco ordenador de la relación bilateral. En la visión china, primero debe fijarse el principio político general y solo después podrán desarrollarse avances concretos en cuestiones económicas, comerciales o tecnológicas. Existe una expresión tradicional china que resume bien esta lógica: si el primer botón de la camisa se abrocha correctamente, todos los demás encajarán en su lugar. La cumbre de Beijing respondería a ese intento de “abrochar el primer botón”.

En ese contexto, los posibles resultados prácticos podrían proyectarse hacia la próxima reunión prevista en Washington en octubre. Sobre la mesa aparecen muchas cuestiones especialmente sensibles que afectan directamente al núcleo de la rivalidad contemporánea entre ambas potencias. Ahora bien, existe un indicador que sobresale sobre todos los demás a la hora de medir la verdadera evolución de la relación: Taiwán. La cuestión taiwanesa continúa siendo la línea roja fundamental para Beijing y el principal punto potencial de ruptura estratégica entre ambas potencias. La duda que planea es si Trump podría revisar, siquiera parcialmente, las llamadas Seis Garantías formuladas durante la presidencia de Ronald Reagan. El simple hecho de que se especule con el futuro de las ventas de armamento a Taiwán ya resulta significativo, aunque figuras como Marco Rubio insistan en que la política estadounidense no ha cambiado.

Las transformaciones podrían manifestarse mediante un lenguaje diplomático más suave, retrasos discretos en determinadas entregas militares o señales contradictorias respecto al respaldo político a Taipéi. Beijing interpretaría este tipo de movimientos como indicadores reales del rumbo estratégico de Washington, mucho más que las declaraciones formales.

Comparada con la visita de 2017, la situación internacional ha cambiado profundamente. China ha avanzado notablemente en numerosos ámbitos. El paso del tiempo ha mostrado que el desacoplamiento completo entre las economías china y estadounidense resulta extraordinariamente difícil, quizá incluso inviable. Basta observar la larga lista de grandes empresarios y magnates que acompañaron a Trump en Beijing para comprobar hasta qué punto el vínculo económico continúa siendo decisivo. Esa realidad complica enormemente la reedición de una nueva guerra fría en sentido clásico, aunque determinados sectores políticos en Washington sigan imaginándola como un posible instrumento para preservar la hegemonía estadounidense.

Si dejar de lado a China no constituye una opción realista, ambas partes están obligadas, al menos, a gestionar sus diferencias. Y esas diferencias son amplísimas. En el plano global, los enfoques de ambos países divergen de manera notable en cuestiones fundamentales como el papel del multilateralismo, la concepción de la multipolaridad, la gestión de los conflictos internacionales, el recurso a la fuerza o incluso la definición misma del orden internacional. La idea de un eventual G2 podría así adoptar las dos expresiones opuestas de un marco de cogestión pragmática de la estabilidad global o, por el contrario, un esquema permanente de tensión competitiva.

En consecuencia, la redefinición de la relación sino-estadounidense podría estar efectivamente en marcha, pero conviene evitar cualquier exceso de optimismo. La experiencia reciente aconseja cautela. También en 2017 pareció abrirse una etapa de entendimiento personal y cooperación relativa entre Xi y Trump. Sin embargo, pocos meses después estallaba la primera gran guerra comercial. Los problemas estructurales siguen presentes. La cumbre de Beijing puede haber rebajado temporalmente la tensión y creado un clima más favorable para el diálogo, pero difícilmente elimina las causas profundas de la rivalidad. La relación entre China y Estados Unidos continuará oscilando previsiblemente entre la cooperación necesaria y la competencia estratégica, una combinación incómoda que definirá buena parte de la política internacional de los próximos años.

(Para Diario El Correo)


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