Una China posoccidental, por Xulio Ríos

Desde la asunción del liderazgo en China, Xi Jinping ha ido despejando dudas sobre el horizonte sistémico del país. Matizando a sus antecesores reformistas del denguismo, Xi apunta a la conformación de una modernización sin occidentalización, abogando por la plasmación de un modelo de fuerte raíz cultural.

Merece la pena distinguir entre la formulación oficial y un campo intelectual chino bastante más amplio, porque no todos los teóricos chinos dicen exactamente lo mismo. Desde 2022, además, se ha producido una auténtica explosión de literatura académica sobre la “modernización al estilo chino” y sobre su relación con la modernidad.

Hay, simplificando, seis grandes líneas de interpretación. La primera es la oficial. El punto de partida es el propio Xi en su versión normativa. La tesis básica es que la modernización tiene “rasgos comunes de todas las modernizaciones”, pero también características específicas derivadas de la historia y condiciones de cada país. El XX Congreso del PCCh convirtió esto en una formulación sistemática asociada a una modernización de signo socialista, dirigida por el Partido y que presenta cinco rasgos: enorme población, prosperidad común, coordinación entre civilización material y espiritual, armonía entre humanidad y naturaleza y desarrollo pacífico.

En el decir de Xi, se rechaza explícitamente que exista un único modelo de modernización. No existe una “occidental” que los demás países deban reproducir. De ahí surge una quiebra fundamental: una cosa es la modernización y otra la occidentalización, un axioma que se erige como la piedra angular de toda la construcción teórica posterior.

Wang Huning, el ideológo de cabecera de los últimos treinta años, es una figura insoslayable. No ha construido una teoría académica cerrada de la “modernidad china”, pero ha contribuido de forma destacada a pensar cómo incorporar elementos de la modernidad occidental sin asumir en bloque su sistema de valores e instituciones.

En esta perspectiva, China puede aprender de Occidente -ciencia, tecnología, organización económica, administración, determinados mecanismos institucionales- pero sin aceptar la premisa de que la modernización deba culminar en una convergencia política y cultural.

Esto enlaza con una preocupación intelectual mucho más antigua en un Wang inquieto por cómo preservar la especificidad cultural y política china en un mundo dominado por la modernidad occidental. Por eso, Wang es uno de los arquitectos intelectuales principales de la idea de que modernización y occidentalización pueden separarse.

Una tercera referencia es Wang Hui, quien ha cuestionado profundamente la narrativa según la cual existe una modernidad occidental homogénea que después se difunde al resto del mundo. Su trabajo permite introducir la idea de que la modernidad occidental tampoco fue una experiencia única y homogénea. La propia modernidad europea manifiesta conflictos, alternativas y trayectorias diferentes. Esto permite evitar esa simplificación que remite a una misma modernidad en China y Occidente. Wang Hui aboga por formular algo más sofisticado al afirmar que la modernidad siempre ha sido plural, conflictiva y políticamente disputada. Desde esta perspectiva, la cuestión china no consiste necesariamente en inventar una modernidad completamente nueva, sino en reabrir la historia de la modernidad para demostrar que nunca hubo una única trayectoria legítima. Y esto conecta directamente con la teoría de las “modernidades múltiples”.

En China, los teóricos de la “nueva modernidad” argumentan la ruptura de esa ecuación tan indiscutible en Occidente. Por ejemplo, Zhang Chenggang, investigador de Tsinghua, sostiene que la modernidad debe entenderse en varias dimensiones -cultural, epistemológica, social, institucional y territorial- y que la evolución mundial ha transitado desde una concepción multidimensional hacia una concepción plural de la modernidad. Y aquí surge la idea básica de que China no pretende regresar a la tradición para rechazar la modernidad; pretende combinar tradición y modernidad. La originalidad estaría, por tanto, no en rechazar la modernidad, sino en redefinir sus condiciones de implementación.

Los más ambiciosos abogan por una interpretación que reivindica la experiencia china como una “nueva forma de modernidad”. Aquí encontramos autores como Li Baogeng, cuyo artículo de 2025 en China Social Sciences lleva precisamente el significativo título “La superación de la modernidad por la modernización al estilo chino”. Su argumento es que Occidente tuvo el monopolio histórico de la definición de la modernidad porque fue pionero de la Ilustración y la Revolución Industrial. China habría construido, sin embargo, una nueva propuesta de modernidad que incorpora ciencia o innovación, igualdad o apertura, pero rechaza elementos que considera propios de la modernidad occidental como el eurocentrismo, determinados sesgos institucionales y de valores y lo que denomina injusticia ecológica.  Es decir, admite la modernidad occidental pero, al mismo tiempo, disecciona, selecciona, transforma, trasciende y reconstruye para incorporar las “características chinas”.

Por último, habría que citar a autores como Jiang Youfu, de la Academia de Ciencias Sociales de Shanghái, quien sostiene que la modernización china debe entenderse como una innovación dentro de la teoría marxista del desarrollo social.

En suma, la originalidad china nos remite a la combinación institucional y conceptual de elementos que las teorías occidentales de la modernización han tendido a presentar como incompatibles. Una reflexión en construcción, si bien respaldada por el asombroso auge de sus capacidades transformadoras en tantos campos.

(Para Diario El Correo)


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