Cuando Mao Zedong escribió Sobre la guerra prolongada (mayo-junio de 1938), China atravesaba probablemente el momento más crítico de toda su historia contemporánea. Japón ocupaba buena parte de la costa, las principales ciudades habían caído y pocos observadores internacionales creían posible una resistencia prolongada. La superioridad militar japonesa parecía aplastante.
Fue precisamente en ese contexto cuando propuso una tesis que desafiaba tanto el pesimismo como el voluntarismo. China no podía vencer rápidamente, pero tampoco estaba condenada a la derrota. La clave residía en comprender que la guerra sería larga y que el tiempo acabaría modificando la correlación de fuerzas. No era únicamente una reflexión militar. Era, sobre todo, una teoría política del poder.
Casi noventa años después, ese texto ha vuelto a ocupar un lugar destacado en determinados círculos académicos chinos. No porque se espere una guerra convencional con Estados Unidos, sino porque muchos consideran que ofrece un marco útil para comprender una competencia estratégica de larga duración entre una potencia establecida y otra emergente.
Tres etapas que trascienden la guerra
El elemento más conocido de Sobre la guerra prolongada es su división del conflicto en tres fases.
La primera corresponde al avance estratégico del adversario. El enemigo mantiene la iniciativa, disfruta de superioridad militar y obliga al bando más débil a retroceder.
La segunda constituye un período de equilibrio estratégico. Ninguna de las partes logra imponerse decisivamente. La potencia inicialmente dominante comienza a sufrir el desgaste derivado del tiempo, mientras el actor más débil acumula capacidades, reorganiza recursos y modifica progresivamente la correlación de fuerzas. La tercera desemboca en la contraofensiva estratégica, cuando la relación de poder se ha invertido y resulta posible alcanzar la victoria.
Lo decisivo para Mao era que estas fases no dependían exclusivamente de la fuerza militar. Eran el resultado de una interacción entre economía, política, diplomacia, movilización social y capacidad de resistencia.
En realidad, la guerra prolongada era una teoría sobre cómo transformar una inferioridad estructural en una ventaja estratégica mediante el tiempo.
De la guerra convencional a la competencia sistémica
Diversos académicos chinos han recuperado recientemente esta lógica para interpretar la rivalidad con Estados Unidos. Entre ellos destacan Yan Xuetong, aunque desde una perspectiva realista más centrada en la competencia por el liderazgo internacional que en referencias explícitas a Mao; Jin Canrong, que ha señalado en distintas intervenciones que la confrontación con Estados Unidos debe entenderse como un proceso histórico largo; o Zhang Weiwei, quien insiste en que China debe evitar precipitar enfrentamientos decisivos mientras continúa fortaleciendo sus capacidades nacionales.
Quizá quien ha desarrollado de manera más sistemática esta interpretación sea Wang Jisi, para quien la relación sino-estadounidense ha entrado en una competencia estructural destinada a prolongarse durante décadas. Aunque Wang no traslada mecánicamente las tres fases maoístas, sí comparte la premisa fundamental de que el tiempo constituye un recurso estratégico.
En este contexto, la guerra prolongada deja de ser una guerra militar para convertirse en una competencia multidimensional. La superioridad tecnológica, financiera y militar estadounidense equivaldría al momento inicial descrito por Mao; mientras que el fortalecimiento industrial, científico, tecnológico e institucional de China representaría el lento cambio en la correlación de fuerzas.
¿La “estabilidad estratégica constructiva” como segunda etapa?
La expresión “estabilidad estratégica constructiva”, utilizada tras la última reunión entre Xi Jinping y Donald Trump para describir el nuevo marco bilateral, resulta especialmente interesante desde esta perspectiva.
No significa reconciliación. Tampoco supone el final de la competencia. Más bien reconoce que ambas potencias aceptan gestionar una rivalidad duradera evitando que derive en una confrontación abierta.
Si se utilizara el esquema maoísta únicamente como metáfora analítica, podría decirse que esta situación recuerda a la segunda fase de la guerra prolongada: el equilibrio estratégico. No porque exista una guerra en sentido estricto, sino porque ninguna de las dos partes dispone actualmente de capacidad suficiente para imponer un desenlace definitivo.
Estados Unidos continúa conservando importantes ventajas -alianzas, capacidad militar global, influencia financiera, liderazgo tecnológico en múltiples sectores-, mientras China sigue ampliando de forma constante su base industrial, científica, tecnológica y diplomática. Pero la competencia permanece abierta.
Sin embargo, conviene evitar una identificación excesivamente literal. El equilibrio estratégico descrito por Mao conducía inevitablemente a la contraofensiva y a la victoria final. La rivalidad sino-estadounidense actual posee una naturaleza muy distinta: está profundamente condicionada por la interdependencia económica, la disuasión nuclear, las cadenas globales de suministro y la gobernanza internacional.
La analogía resulta sugerente precisamente porque ilumina ciertos patrones estratégicos, no porque permita predecir el desenlace.
Una constante de la cultura estratégica china
Lo verdaderamente relevante quizá no sea la división en tres fases, sino el modo de pensar que subyace al texto. Sobre la guerra prolongada enseña que las relaciones de fuerza nunca son estáticas. Que la paciencia constituye un recurso político. Que precipitar el enfrentamiento decisivo favorece al adversario más fuerte. Y que la acumulación silenciosa de capacidades puede modificar gradualmente el equilibrio. Estos principios reaparecen con frecuencia en la política exterior china contemporánea. No porque reproduzcan literalmente a Mao, sino porque participan de una tradición estratégica que privilegia los procesos largos frente a las soluciones inmediatas.
También en la insistencia de Xi Jinping en que “el Este asciende mientras Occidente declina”, en la importancia concedida al desarrollo tecnológico, a la autosuficiencia industrial, a la construcción de instituciones alternativas o al fortalecimiento del Sur Global.
Continuidad
Adicionalmente, en Sobre la guerra prolongada, Mao polemiza contra dos desviaciones: el “derrotismo” (pensar que Japón era invencible) y el “voluntarismo” o “teoría de la victoria rápida” (creer que bastaba la voluntad para derrotarlo pronto). La conclusión era que ambas posiciones eran erróneas porque ignoraban la dinámica histórica.
Ese razonamiento tiene una resonancia muy contemporánea. En el debate sobre China encontramos con frecuencia esas dos posturas extremas: quienes anuncian el inevitable colapso del país y quienes predicen un reemplazo inminente de Estados Unidos como potencia hegemónica. Desde una lectura maoísta, ambas pecarían del mismo defecto: de subestimar la complejidad y la duración de los procesos históricos.
En realidad, Sobre la guerra prolongada no es un texto aislado. Forma parte de una manera de pensar que atraviesa buena parte de la historia del PCCh: la política se concibe como un proceso acumulativo, donde el tiempo no es una variable externa sino un recurso estratégico. Esa lógica aparece después en la reforma y apertura de Deng Xiaoping (“cruzar el río sintiendo las piedras bajo los pies”), en la construcción de la “sociedad modestamente acomodada”, en los planes quinquenales y, bajo Xi Jinping, en los grandes horizontes temporales de 2035 y 2049. Más que una sucesión de doctrinas, hay una continuidad en la forma de concebir el cambio histórico.


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