Taiwán, la moneda de cambio, por Xulio Ríos

Taiwán estuvo muy presente en Washington aunque apenas apareciera en la escenografía pública de la cumbre. No fue uno de los grandes resultados anunciados por Trump y Xi, ni figura en la hoja informativa difundida por la Casa Blanca después de la visita. Sin embargo, sí aparece en la versión china de las conversaciones, según la cual Xi pidió a Trump que se opusiera a la “independencia de Taiwán” y que tratara la cuestión “con prudencia”. La diferencia entre ambos relatos resulta reveladora.

Más que ausente, por tanto, Washington ha querido que Taiwán quedara  fuera de foco. Y quizá sea precisamente ahí donde radica su importancia.

La evolución de Donald Trump ofrece una pista. Durante su primer mandato, Washington autorizó alrededor de 18.300 millones de dólares en ventas de armas a Taiwán, frente a unos 8.400 millones durante los cuatro años de Joe Biden. En diciembre de 2025, ya en su segundo mandato, Trump autorizó un paquete de unos 11.000 millones, el mayor hasta entonces. Pero después de su encuentro con Xi en Beijing, en mayo de 2026, dejó en suspenso otro paquete de aproximadamente 14.000 millones de dólares y definió las ventas de armas a Taiwán como una “very good negotiating chip”, una muy buena ficha de negociación.

Aquí se encuentra probablemente una de las novedades más importantes de la política de Trump hacia Taiwán. No significa necesariamente un abandono del compromiso estadounidense, pero sí introduce una lógica diferente al significar que el armamento deja de ser solamente un instrumento de disuasión frente a China para convertirse también en un instrumento de negociación con China.

Una distinción importante

La Administración Trump mantiene formalmente la política estadounidense existente y el Congreso conserva un respaldo significativo a la defensa de Taiwán. Además, la propia estrategia de transferencia de armas aprobada por Trump en febrero de 2026 convierte explícitamente las ventas militares en una herramienta de política exterior y de fortalecimiento de la industria de defensa estadounidense.

Pero una cosa es considerar las armas una herramienta de política exterior y otra utilizarlas como variable intercambiable en una negociación con Beijing. La suspensión del paquete de 14.000 millones ha hecho visible esa segunda posibilidad.

Y ahí aparece la preocupación de Taiwán: ¿puede la isla convertirse en una moneda de cambio de la relación sino-estadounidense?

La inquietud no es puramente teórica. El paquete permanece pendiente y Trump ha reconocido que habló de las ventas con Xi. Mientras tanto, Taipéi insiste en mantener un contacto estrecho con Washington para que las ventas previstas sigan adelante.

La incertidumbre se acentúa porque Trump tiene ahora varios incentivos para mantener abierta esa carta. Washington busca estabilizar la relación con Beijing, prolongar la tregua comercial y obtener cooperación china en cuestiones como Irán. Y Xi sabe que Taiwán constituye probablemente la cuestión en la que una decisión estadounidense tiene para Beijing un valor político particularmente elevado.

Para Xi, además, el momento no es menor. La cumbre abre un periodo de aproximadamente un año hasta el próximo Congreso del Partido Comunista de China, previsto para el otoño de 2027. El objetivo inmediato no tiene por qué ser obtener una gran concesión estadounidense sobre Taiwán. Puede bastar con conseguir señales acumulativas que puedan ser presentadas como reconocimiento de la sensibilidad china sobre la cuestión. La propia lectura de Beijing de la cumbre, por tanto, puede otorgar enorme valor político a gestos que en Washington sean considerados relativamente menores.

De ahí que la cuestión no deba medirse solamente por si Trump anuncia o no una venta de armas. Habrá que observar qué hace Washington en los próximos meses: si desbloquea el paquete de 14.000 millones; si lo fragmenta en varios anuncios; si vuelve a autorizar nuevas ventas; si facilita visitas o escalas de dirigentes taiwaneses; qué nivel tienen los contactos oficiales con Taipéi; cómo se comporta ante eventuales ejercicios militares chinos alrededor de la isla; y qué lenguaje emplea sobre el statu quo, la independencia y la defensa de Taiwán.

El calendario será especialmente interesante porque Trump y Xi tienen todavía previsto encontrarse nuevamente en los marcos de APEC y del G20. La Administración podría mantener congelado el paquete hasta disponer de esas nuevas ocasiones de negociación.

Por eso, la ausencia de Taiwán en el comunicado estadounidense no equivale a su desaparición de la relación bilateral. Ni mucho menos. Más bien puede significar que la cuestión ha entrado en una zona más discreta y transaccional.

Y aquí reside la razón de la inquietud para Taipéi. Durante años, las ventas estadounidenses de armas fueron una de las expresiones más tangibles del compromiso de Washington con la seguridad de la isla. Ahora siguen siéndolo, pero Trump ha introducido una segunda dimensión al considerarla una ficha sobre la mesa de negociación con Beijing.

La cumbre, por tanto, no permite concluir todavía que Estados Unidos esté modificando sustancialmente su política hacia Taiwán. Pero sí deja una pregunta abierta que quizá sea más importante que cualquier declaración pronunciada durante la visita: cuando Trump tenga que escoger entre mantener una venta de armas a Taiwán o utilizarla para obtener algo de Xi, ¿qué valor tendrá Taiwán en su ecuación de negociación?

La respuesta no estuvo en la cumbre. Estará en los próximos paquetes de armas.


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