Japón ante el nuevo entendimiento entre Trump y Xi, por Xulio Ríos

Si para Taiwán la cumbre de Washington entre Donald Trump y Xi Jinping introduce incertidumbres sobre el grado de compromiso estadounidense, para Japón plantea una cuestión quizá todavía más incómoda: ¿qué ocurre cuando el principal aliado estratégico de Tokio decide estabilizar su relación con China mientras el Gobierno japonés endurece su discurso frente a Beijing?

La preocupación japonesa tiene fundamento, aunque conviene matizarla. Antes de la llegada de Xi a Washington, Estados Unidos había reiterado sus compromisos de defensa con Japón, Corea del Sur y Taiwán. Y después de la cumbre, Trump se apresuró a telefonear a Sanae Takaichi. La primera ministra explicó que recibió del presidente estadounidense un informe “bastante detallado” de sus conversaciones con Xi y que ambos intercambiaron opiniones sobre cuestiones relativas a China, tanto económicas como de seguridad. Takaichi presentó el contacto como una demostración de la solidez de la alianza bilateral.

Pero el propio hecho de esa llamada resulta revelador. Tokio necesitaba saber qué había ocurrido en Washington. Y necesitaba saberlo directamente de Trump.

La razón se encuentra en la trayectoria reciente de las relaciones sino-japonesas. Desde que Takaichi afirmó en noviembre de 2025 que determinadas circunstancias derivadas de una eventual crisis en Taiwán podrían llegar a constituir para Japón una “situación que amenazara su supervivencia”, Beijing ha elevado considerablemente sus críticas contra Tokio. El Gobierno japonés, por su parte, ha mantenido su referencia a la posición establecida en la declaración conjunta de 1972 y ha insistido en la necesidad de resolver pacíficamente la cuestión de Taiwán, pero el deterioro bilateral ha sido evidente.

Takaichi ha seguido entretanto una política de estrecha alineación con Washington. Su encuentro con Trump en Nueva York, al margen de la Asamblea General de Naciones Unidas, estuvo precedido por una cuidadosa sincronización diplomática. La primera ministra adelantó su intervención ante la ONU y se reunió con Trump antes de la llegada de Xi a Estados Unidos. Trump, además, la presentó públicamente como una amiga que haría historia como una de las grandes primeras ministras. Días después, ambos volvieron a hablar por teléfono.

La cuestión es qué significa todo ello después de la cumbre con Xi en Washington.

El mensaje más delicado para Tokio no procede necesariamente de una concesión concreta sobre Taiwán. De hecho, el comunicado estadounidense previo y las declaraciones de los aliados insistieron en los compromisos de seguridad regional. El problema se encuentra en la lógica más profunda del entendimiento Trump-Xi al decidir presentar la relación sino-estadounidense como una que debe encontrar espacios de cooperación y estabilidad estratégica. Los dos gobiernos hablan ahora de establecer una relación “constructiva” basada en respeto, equidad y reciprocidad, y han acordado mecanismos de diálogo sobre comercio, inteligencia artificial y prevención de crisis militares.

Y hay un elemento especialmente sensible para Japón: la memoria histórica. En efecto, el comunicado sobre la cumbre recuerda expresamente que China y Estados Unidos fueron aliados durante la Segunda Guerra Mundial y combatieron juntos para derrotar al enemigo común. Trump hizo referencia igualmente a esa alianza durante la recepción de Xi. Para Beijing, esta evocación permite insertar la relación actual con Washington en una continuidad histórica que incluye la lucha contra el militarismo japonés. Para Tokio, inevitablemente, la referencia tiene otra resonancia.

Durante años, una parte sustancial de la estrategia japonesa ha descansado sobre la idea de que cuanto más estrecha sea la alianza con Estados Unidos y cuanto mayor sea la capacidad japonesa para contener los riesgos procedentes de China, mayor será la seguridad de Japón. Pero la cumbre de Washington introduce otra variable, pues Estados Unidos puede considerar conveniente estabilizar su relación con China incluso cuando esa estabilización no coincida exactamente con las prioridades japonesas. La alianza no elimina la autonomía de intereses de Washington.

Eso no significa que Washington y Tokio estén alejándose. De hecho, Takaichi y Trump han reafirmado su coordinación y la Casa Blanca continúa definiendo la alianza con Japón como un elemento central de la arquitectura de seguridad asiática. Pero sí significa que la alianza tiene límites propios y que los intereses de Estados Unidos y Japón no son necesariamente idénticos en todos los asuntos relacionados con China.

Para Takaichi, por tanto, se abre una disyuntiva. Puede interpretar el nuevo consenso Trump-Xi como una oportunidad para que Estados Unidos reduzca las tensiones con Beijing sin abandonar sus compromisos de seguridad en Asia. En ese caso, Japón podría beneficiarse de un entorno regional más estable. Pero también puede concluir que si Washington y Beijing son capaces de alcanzar acuerdos directamente, Tokio no puede dar por descontado que la “firmeza” japonesa frente a China vaya a encontrar siempre una correspondencia automática en la política estadounidense.

De ahí que la cumbre pueda acabar obligando a reconsiderar, no necesariamente a abandonar, la hoja de ruta de Takaichi. La cuestión sería cómo combinar el reforzamiento de la alianza estadounidense, el auge defensivo japonés y la estabilidad en el estrecho de Taiwán con una diplomacia capaz de impedir que la relación con China quede atrapada en una espiral permanente de confrontación.

La llamada de Trump inmediatamente después de recibir a Xi puede ser leída como una garantía de que Japón no ha quedado fuera del nuevo escenario. Pero también como una advertencia diplomática al indicar que la conversación decisiva sobre China ya no se desarrolla únicamente entre aliados frente a China; también se desarrolla entre Washington y Beijing. Y para Tokio esa diferencia puede ser mucho más importante que cualquier gesto protocolario de la cumbre.

La apuesta japonesa queda así sometida a una prueba. La premisa de que la máxima alineación con Washington y la máxima firmeza ante Beijing producirían automáticamente un respaldo estadounidense equivalente necesita ahora ser contrastada con una realidad más compleja. Estados Unidos quiere mantener su alianza con Japón y, simultáneamente, quiere estabilizar su relación con China.

Para Takaichi, el desafío será conseguir que ambas cosas sigan siendo compatibles.


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