Singapur y los límites de la etnicidad, por Xulio Ríos

La singularidad de Singapur ofrece algunas claves de interés para reflexionar sobre cuestiones que trascienden ampliamente el reducido tamaño de la ciudad-Estado. Con una población mayoritariamente de origen chino, profundamente influida por la cultura confuciana y vinculada histórica, lingüística y familiarmente al mundo chino, Singapur ha construido, sin embargo, una identidad política propia que nadie discute ni dentro ni fuera de sus fronteras.

La experiencia singapurense sugiere que la pertenencia a una misma comunidad étnico-cultural no conduce necesariamente a una integración política. La existencia de una mayoría de origen chino no ha generado tampoco aspiraciones de incorporación a China ni ha puesto en cuestión la legitimidad de un proyecto nacional singular, forjado a partir de circunstancias históricas específicas y de una voluntad política propia. En otras palabras, la afinidad cultural puede favorecer la proximidad, pero no determina automáticamente la soberanía.

Uno de los aspectos más interesantes de Singapur es que ha logrado convertir su “chinesidad” en un activo diplomático sin transformarla en un proyecto nacional. Lee Kuan Yew entendió muy pronto que, si bien la mayoría de la población era de origen chino, la supervivencia del Estado exigía construir una identidad cívica propia, diferenciada tanto de China como de Malasia. De ahí que el singapurense sea, antes que nada, singapurense, aunque culturalmente pueda sentirse próximo a múltiples tradiciones del mundo chino.

Esta realidad resulta particularmente interesante cuando se analiza el debate sobre Taiwán. Desde Beijing se insiste en que la reunificación responde a una comunidad histórica, cultural y étnica compartida. Sin embargo, el caso de Singapur recuerda que la identidad colectiva es un fenómeno más complejo. La lengua, la cultura, las tradiciones o los vínculos familiares pueden coexistir con trayectorias políticas diferenciadas y con la consolidación de identidades cívicas propias. La historia, las instituciones, la experiencia política acumulada y la percepción de intereses comunes desempeñan también un papel fundamental.

De hecho, Singapur desmonta una interpretación estrictamente etnicista de la nación china sin convertirse por ello en un adversario de China. Es decir, muestra que se puede ser profundamente chino en términos culturales y, al mismo tiempo, plenamente singapurense en términos políticos. Esa tensión, manejada con gran habilidad por Singapur, es lo que hace tan interesante su comparación indirecta con el caso taiwanés.

Al mismo tiempo, Singapur está lejos de representar un modelo de confrontación con China. Más bien ocurre lo contrario. La ciudad-Estado disfruta de una considerable auctoritas en Beijing. Sus dirigentes son escuchados con atención y su experiencia de desarrollo ha sido observada durante décadas con notable interés por las autoridades chinas. Desde los tiempos de Deng Xiaoping, numerosos responsables chinos encontraron en Singapur un ejemplo particularmente atractivo de modernización económica, eficiencia administrativa, estabilidad política y apertura al mundo compatible con un fuerte control estatal.

Esa relación privilegiada no implica subordinación. Singapur ha cultivado cuidadosamente una posición de equilibrio estratégico entre China y Estados Unidos, evitando quedar atrapado en la rivalidad creciente entre ambas potencias. Mantiene estrechos vínculos económicos con China, al tiempo que preserva una intensa cooperación política, militar y de seguridad con Washington. Del mismo modo, ha sabido mantener relaciones constructivas con Taiwán sin cuestionar formalmente el principio de una sola China que reconoce diplomáticamente.

Esa equidistancia responde menos a una ambigüedad calculada que a una comprensión muy precisa de sus intereses nacionales. Como pequeño Estado altamente globalizado, Singapur necesita un entorno regional estable, abierto y predecible. Su prosperidad depende de la paz, de la seguridad de las rutas comerciales y de la existencia de un equilibrio que evite la polarización extrema entre los grandes actores de Asia-Pacífico.

Por ello, la relación de Singapur con China se basa en una lógica eminentemente pragmática. Comparte con Beijing determinadas prioridades, como la estabilidad, el desarrollo económico, la importancia de una administración eficaz o la preservación del orden social. También existen influencias mutuas y una evidente proximidad cultural. Pero nada de ello ha llevado a Singapur a concebirse como una extensión de China ni como parte de un proyecto político común.

Más bien al contrario. La ciudad-Estado ha hecho de su singularidad uno de sus principales activos. Su condición de sociedad multicultural con una mayoría de origen chino le permite actuar como puente entre distintos mundos: entre Oriente y Occidente, entre China y el Sudeste Asiático, entre las economías desarrolladas y las emergentes. Su identidad china constituye una ventaja diplomática y económica, no una renuncia a su autonomía.

En cierto sentido, Singapur demuestra que la afinidad cultural puede ser una plataforma para la cooperación sin convertirse necesariamente en un argumento para la integración política. La proximidad facilita los intercambios, genera confianza y crea espacios de entendimiento. Pero la soberanía, la identidad nacional y los intereses estratégicos siguen respondiendo a dinámicas propias. Es precisamente esa combinación de cercanía cultural y autonomía política lo que ha convertido a Singapur en un interlocutor respetado tanto en Beijing como en Washington y en una de las voces más escuchadas del Asia contemporánea.

La experiencia de Singapur recuerda que la cultura crea afinidades, pero no determina soberanías. Las comunidades políticas no se construyen únicamente sobre la sangre, la lengua o los ancestros compartidos, sino también sobre historias propias, instituciones diferenciadas e intereses comunes. Por ello, más que una anomalía, Singapur constituye una demostración de que la proximidad cultural puede favorecer la cooperación sin exigir necesariamente la absorción política. Su existencia no cuestiona la importancia de la civilización china; al contrario, evidencia hasta qué punto esa civilización ha sido capaz de proyectarse más allá de las fronteras del Estado chino sin perder por ello su riqueza ni su diversidad.


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