La disputa sino-filipina en el Mar de China meridional ha subido un escalón más tras el depósito por Manila ante Naciones Unidas de la carta náutica oficial relativa al banco de Scarborough (Huangyan Dao para China, Bajo de Masinloc para Filipinas). El gesto, realizado al amparo del artículo 16 de la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS), remarca una dimensión jurídica e internacional que trasciende el plano estrictamente bilateral.
La iniciativa filipina no acerca una resolución del litigio ni modifica automáticamente los títulos de soberanía, pero sí persigue varios objetivos, entre ellos reforzar la posición diplomática filipina, internacionalizar el conflicto, apoyarse en el derecho internacional como principal activo frente a la superior capacidad material china y mantener viva la interpretación derivada del laudo arbitral de 2016.
Desde la óptica de Beijing, sin embargo, este movimiento forma parte de una estrategia destinada a erosionar su soberanía histórica sobre Huangyan Dao, razón por la que responde calificándolo de “ilegal y nulo”.
Una respuesta china con énfasis en la administración y la disuasión
La reacción china ha sido múltiple y coordinada. No sólo se desarrollaron ejercicios conjuntos del Comando del Teatro Sur del Ejército Popular de Liberación y operaciones de la Guardia Costera, sino que, paralelamente, Beijing anunció nuevas medidas para la gestión de la Reserva Natural de Huangyan Dao.
Este aspecto merece atención porque refleja un patrón cada vez más habitual de la política china en los espacios marítimos disputados al combinar la presencia militar y policial con una regulación administrativa que promueve la coordinación institucional para una mejor protección ambiental.
No se trata únicamente de mostrar fuerza, sino de construir una apariencia de ejercicio cotidiano de la administración pública sobre el territorio disputado. Es decir, junto a la lógica militar existe una lógica administrativa que resulta igualmente relevante en este tipo de controversias territoriales.
Estrategias en proceso de mutación
China parece estar desplazando progresivamente el centro de gravedad de su estrategia. Durante años insistió sobre todo en los argumentos históricos (“derechos históricos”, descubrimiento, administración continuada, mapas de 1948, etc.). Sin abandonarlos, ahora concede un peso creciente al ejercicio efectivo de la administración bajo diferentes apelaciones, desde las reservas naturales a la regulación pesquera, vigilancia de la Guardia Costera, investigación científica, protección medioambiental o cartografía oficial. Es una forma de reforzar la imagen de una soberanía ejercida cotidianamente, no solo reivindicada. Ese énfasis puede leerse como una adaptación a un entorno internacional donde la “gobernanza” del territorio adquiere una relevancia creciente.
Por su parte, Filipinas también ha modificado su estrategia, especialmente desde la presidencia de Ferdinand Marcos Jr. Frente a etapas anteriores en las que coexistían momentos de aproximación y de confrontación con Beijing, Manila ha optado por una política de internacionalización permanente de la disputa. El recurso a la ONU, la difusión sistemática de los incidentes en el mar, la cooperación con socios como Japón y otros y el fortalecimiento de la alianza con Estados Unidos forman parte de la misma lógica de compensar la asimetría de poder con dosis combinadas de argumentación jurídica y respaldo diplomático.
En el fondo, ambos actores están acumulando “hechos”. En un caso, de naturaleza administrativa y operativa; en otro, de naturaleza jurídica y diplomática. Ninguno altera de forma decisiva la correlación de fuerzas, pero todos contribuyen a consolidar narrativas contrapuestas que hacen cada vez más difícil una solución de compromiso.
Mucho más que un conflicto bilateral
El enfrentamiento sino-filipino ha dejado de ser únicamente una disputa territorial. Hoy constituye uno de los principales escenarios de competencia estratégica entre China y Estados Unidos en Asia-Pacífico. Desde la llegada de Ferdinand Marcos Jr., Manila ha acelerado notablemente la cooperación con Washington a través de la ampliación del acceso estadounidense a bases militares filipinas, el incremento de los ejercicios militares conjuntos y las patrullas navales coordinadas con participación creciente de Japón y Australia.
Desde la perspectiva estadounidense, apoyar a Filipinas significa fortalecer la primera cadena de islas y contener la proyección marítima de China. Desde la perspectiva china, en cambio, Washington estaría incentivando deliberadamente las posiciones más recalcitrantes de Manila, reduciendo los incentivos para la negociación.
Así, Scarborough, Second Thomas Shoal (Ren’ai Jiao para China, Ayungin Shoal para Filipinas) o las Spratly trascienden ampliamente el plano local para insertarse en la rivalidad sino-estadounidense.
El papel imprescindible de la ASEAN
La ASEAN continúa siendo el único marco regional capaz de ofrecer una arquitectura de confianza. Aunque el Código de Conducta para el Mar de China Meridional avanza lentamente desde hace años, sigue siendo el principal instrumento disponible para establecer mecanismos de prevención de incidentes, limitar la escalada militar, regular las actividades de los guardacostas y crear canales permanentes de comunicación.
Su lentitud suele generar frustración, pero probablemente constituye la única vía aceptable para todos los actores regionales.
El factor Taiwán: coincidencias sin convergencia
Taipei rechaza igualmente las reivindicaciones filipinas sobre Scarborough porque mantiene, en esencia, las mismas reclamaciones históricas que la República Popular sobre buena parte del Mar de China Meridional. Sin embargo, esa coincidencia no genera ningún tipo de aproximación política entre ambas orillas del Estrecho. La ausencia total de diálogo entre Beijing y Taipéi impide cualquier coordinación, incluso cuando sus posiciones coinciden parcialmente.
Ambos gobiernos niegan la reclamación filipina mientras mantienen una confrontación política estructural. Ello demuestra hasta qué punto las dinámicas del Mar de China Meridional y del Estrecho de Taiwán se entrecruzan sin llegar a fusionarse.
¿Hacia dónde evoluciona la crisis?
La novedad de los últimos movimientos no es tanto la intensidad de la disputa territorial -que existe desde hace décadas- como su progresiva institucionalización en tres planos simultáneos: jurídico (Naciones Unidas y UNCLOS), administrativo (medidas de gestión y regulación por parte de China) y geopolítico (integración en la competencia estratégica entre Estados Unidos y China). Ese triple proceso hace que cada nuevo incidente sea más difícil de aislar y aumenta el riesgo de que una controversia localizada tenga repercusiones sobre el conjunto del equilibrio de seguridad en Asia-Pacífico.
No parece probable una guerra abierta. Los costes serían enormes para todos los implicados. Pero tampoco existen señales de una desescalada. Lo que se observa un proceso de consolidación de posiciones. Filipinas continuará apoyándose en el derecho internacional, el respaldo estadounidense y la visibilidad diplomática. China, por su parte, seguirá profundizando en la presencia permanente de guardacostas, los ejercicios militares, la administración efectiva, el impulso a la legislación interna con el foco en la gestión ambiental y el control operativo de los espacios reclamados.
El riesgo no reside tanto en una decisión deliberada de iniciar un conflicto como en la acumulación de incidentes entre unidades navales o guardacostas, en un contexto donde ambas partes parecen políticamente incapaces de hacer concesiones sin asumir un elevado coste interno.
La complejidad del conflicto reside en una triple convergencia. De una parte, existe una disputa territorial auténtica, con reclamaciones incompatibles; de otra, hay una competencia estratégica entre grandes potencias que amplifica esa disputa; y, al mismo tiempo, los Estados del Sudeste Asiático —incluida Filipinas— no son actores pasivos, sino que buscan maximizar su margen de maniobra aprovechando precisamente esa rivalidad.
Por último, el verdadero peligro no es únicamente la gestión de la soberanía disputada sobre unos arrecifes o bancos de arena, sino la erosión de los mecanismos regionales de gestión de crisis. Mientras el Código de Conducta entre China y la ASEAN siga sin culminarse y la confianza estratégica continúe deteriorándose, cada incidente en Scarborough, Ren’ai Jiao o las Spratly tendrá un potencial desestabilizador muy superior al valor material del territorio en disputa. En ese sentido, el Mar de China Meridional se ha convertido en un laboratorio donde se pone a prueba la futura arquitectura de seguridad regional y el desenlace final dirá mucho sobre cómo se gestionará la coexistencia entre China, Estados Unidos y los países de la ASEAN durante la próxima década.


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