La cumbre entre Estados Unidos y China deja una lección que trasciende el ámbito estrictamente bilateral. También interpela directamente a la Unión Europea. Si Washington y Beijing, pese a sus profundas diferencias estratégicas, económicas y tecnológicas, han sido capaces de encontrar espacios de entendimiento, Bruselas debería preguntarse qué consecuencias tiene ello para su propia relación con China.
Europa se encuentra ante una encrucijada. No se trata de elegir entre China y Estados Unidos, sino de decidir qué tipo de relación quiere construir con Beijing y con qué instrumentos. La experiencia de los últimos años ofrece algunas enseñanzas.
La primera es que la confrontación comercial no necesariamente produce los resultados esperados. La estrategia impulsada por Donald Trump llevó a Washington y Beijing a una escalada arancelaria de enorme alcance, pero terminó conduciendo también a la búsqueda de acuerdos y mecanismos de estabilización. La segunda es que el desacoplamiento tampoco constituye una solución sencilla. La profunda interdependencia entre ambas economías, sus cadenas de suministro, sus mercados y sus capacidades tecnológicas hace extremadamente difícil una separación amplia sin costes considerables para las dos partes.
La tercera lección es probablemente la más relevante para Europa: el diálogo sigue siendo posible incluso cuando las diferencias son profundas.
Washington y Beijing han revalidado en sus conversaciones principios como el respeto, la equidad y la reciprocidad para gestionar su relación. Son principios que no deberían ser patrimonio de ninguna potencia. También pueden orientar la relación entre la Unión Europea y China.
Las diferencias entre Estados Unidos y China son, además, en muchos aspectos mayores que las existentes entre China y la Unión Europea. Abarcan la seguridad estratégica, Taiwán, tecnología, comercio, inversiones y la propia concepción del orden internacional. Si pese a todo Washington y Beijing pueden establecer mecanismos para contener sus discrepancias y preservar espacios de cooperación, Bruselas y Beijing también deberían poder hacerlo.
Las recientes conversaciones entre los ministros de Exteriores de China y Alemania apuntan en esa dirección. Berlín ha defendido el mantenimiento del diálogo y la cooperación, mientras Beijing ha insistido en que China y la Unión Europea no deberían entrar en una guerra comercial y que sus diferencias económicas y comerciales deben resolverse mediante consultas. Existen posiciones divergentes y asuntos pendientes, pero permanece abierto un espacio para la negociación. Europa debería perseverar en él.
Durante años, la Unión Europea observó con reservas la estrategia comercial de Washington hacia China. No tendría demasiado sentido que ahora terminara reproduciendo una pauta que anteriormente contemplaba con reticencia. La posición europea puede y debe ser diferente, más autónoma, más exigente y más defensiva cuando sea necesario, pero también consciente de que defender los intereses europeos no equivale necesariamente a reducir la relación con China.
Reducir riesgos, en lo que se insiste a menudo, significa disminuir determinadas vulnerabilidades preservando al mismo tiempo una relación económica sustancial. El desacoplamiento implica una separación progresiva de cadenas de suministro, inversiones, tecnologías y mercados. En la práctica, la frontera puede resultar menos nítida de lo que parece.
El problema es especialmente visible en ámbitos como los semiconductores, la inteligencia artificial o las tecnologías verdes, donde las dimensiones económica, tecnológica y de seguridad nacional se entrelazan cada vez más. Si todo termina siendo definido como estratégico, existe el riesgo de que la categoría de seguridad absorba una parte creciente de la relación económica.
Europa necesita, por tanto, criterios claros y transparentes. Cada control de exportaciones, restricción de inversiones, requisito de seguridad o medida de defensa comercial puede tener una justificación particular. Pero su acumulación puede producir, casi sin que nadie lo haya decidido expresamente, una relación económica mucho más fragmentada. Y los costes no serían menores.
Europa necesita a China para determinadas tecnologías, materias primas y cadenas industriales. China necesita a Europa como mercado, fuente de inversión, tecnología y conocimiento especializado. Esa interdependencia no tiene por qué contemplarse exclusivamente como una vulnerabilidad. Puede constituir también un incentivo para negociar.
De ahí que la cuestión no sea escoger entre cooperación y competencia. La cuestión es aprender a gestionar simultáneamente ambas. Hay espacios particularmente propicios para ello. La transición verde es probablemente uno de los más evidentes: descarbonización, energías renovables, eficiencia energética, almacenamiento o economía circular. También existen posibilidades en investigación científica, servicios, transporte, aviación, economía azul y economía digital. Y, especialmente, en normas y estándares internacionales, donde la cooperación puede contribuir a evitar una fragmentación tecnológica de consecuencias globales.
La relación económica entre China y la Unión Europea no está necesariamente en retroceso. Está cambiando de naturaleza. La interdependencia permanece, pero acompañada de una creciente preocupación europea por determinadas dependencias y por las condiciones de competencia. El desafío consiste en reducir vulnerabilidades sin convertir esa reducción de riesgos en una dinámica automática de desacoplamiento.
La experiencia estadounidense debería servir como advertencia, pero también como oportunidad. Trump abrió con contundencia la confrontación comercial con China y hoy Washington busca espacios de entendimiento con Beijing. Europa, que tradicionalmente contempló con mayor reticencia esa lógica de confrontación, no debería ahora seguir mecánicamente esa estela.
La Unión Europea puede extraer como conclusión propia que la firmeza y el diálogo no son necesariamente incompatibles. Europa puede defender sus intereses, exigir reciprocidad y proteger sus capacidades industriales sin renunciar a una relación estable y cooperativa con China.
En última instancia, tampoco responde al interés chino que su éxito económico y tecnológico se produzca a costa del debilitamiento europeo. Una Europa próspera, competitiva y tecnológicamente avanzada puede ser un socio más sólido para China que una Europa debilitada y encerrada en una dinámica de confrontación.
La cumbre entre Estados Unidos y China ofrece, así, una evidencia significativa. Mientras Washington y Beijing intentan administrar sus diferencias mediante el diálogo, Europa corre el riesgo de endurecer su propia relación con China precisamente cuando debería aprovechar la existencia de un nuevo espacio de entendimiento internacional.
Quizá sea el momento de hacer lo contrario, de reforzar desde Europa las conclusiones que emergen del diálogo entre Washington y Beijing y construir una relación con China basada en el respeto, la equidad y la reciprocidad.


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