La cumbre de los presidentes Donald Trump y Xi Jinping en Washington deja una impresión ambivalente, pero significativa. No hubo un gran acuerdo capaz de resolver las diferencias estructurales entre Estados Unidos y China, ni probablemente podía haberlo. Sí hubo, sin embargo, algo quizá más importante para una relación de esta naturaleza como la confirmación de una voluntad compartida de evitar que la rivalidad estratégica derive en confrontación abierta y de dotarla de mecanismos de gestión.
La visita de Xi a la Casa Blanca -la primera en más de una década- estuvo cargada de simbolismo y gestos de distensión. Ambos mandatarios proyectaron la imagen de una relación que busca estabilizarse después de varios años de escalada arancelaria, restricciones tecnológicas y creciente desconfianza. La prolongación de la tregua comercial hasta el 10 de enero ofrece, además, un resultado concreto y tiempo adicional para negociar un acuerdo más amplio.
La fórmula de una “relación constructiva de estabilidad estratégica”, acordada ya en la cumbre de mayo en Beijing, parece adquirir así un contenido más preciso. No significa la desaparición de la competencia ni una reconciliación entre dos sistemas con intereses diferentes. Significa, más modestamente, asumir que la competencia necesita límites, comunicación y mecanismos de gestión de crisis.
De esta cumbre pueden extraerse, al menos, cinco evidencias.
La primera es el agotamiento de la pretensión de contener el ascenso chino. La experiencia de los últimos meses demuestra las dificultades de una estrategia orientada a impedir el desarrollo de China mediante aranceles, controles tecnológicos y restricciones comerciales. China ha seguido ampliando su capacidad económica y tecnológica y Estados Unidos tampoco puede desvincularse fácilmente de un mercado y de unas cadenas de suministro de semejante dimensión. La cuestión ya no parece ser cómo impedir el ascenso del otro, sino cómo evitar que ese ascenso transforme inevitablemente la competencia en conflicto.
China, por su parte, insiste en que no pretende sustituir a Estados Unidos como potencia hegemónica. Sea cual sea la interpretación que Washington haga de esa afirmación, convertirla en un principio operativo de la relación exige reconocer que la coexistencia entre dos grandes potencias es una condición necesaria de la estabilidad internacional.
La segunda evidencia es la dificultad -y también los costes- del desacoplamiento. La economía mundial está demasiado interconectada para separar completamente ambas economías sin provocar efectos considerables sobre terceros países y sobre las propias empresas estadounidenses y chinas. El episodio de las tierras raras y los minerales críticos constituye una ilustración elocuente: Washington necesita garantizar suministros esenciales para su industria y Beijing dispone de instrumentos de presión que tampoco le interesa utilizar indefinidamente.
De ahí la necesidad de reforzar el diálogo sectorial y avanzar hacia una gestión diferenciada de los ámbitos de cooperación, competencia y seguridad nacional. No se trata de negar los riesgos, sino de impedir que cualquier diferencia termine contaminando toda la relación.
La tercera evidencia es que existen problemas que ninguna de las dos potencias puede resolver por sí sola. La inteligencia artificial es quizá el ejemplo más novedoso. Estados Unidos y China compiten por el liderazgo tecnológico, pero también comparten riesgos derivados del desarrollo de sistemas cada vez más poderosos. Las conversaciones sobre mecanismos de comunicación ante incidentes relacionados con la IA muestran que incluso en un ámbito definido por la competencia existe espacio para reglas mínimas de seguridad.
Lo mismo puede decirse de la estabilidad económica mundial, las cadenas de suministro, el cambio climático, la seguridad energética o determinadas crisis regionales. La rivalidad no elimina la interdependencia.
La cuarta evidencia afecta al asunto más delicado: Taiwán. La isla continúa siendo el principal punto potencial de fricción militar entre Washington y Beijing. Xi volvió a reclamar oposición clara a la independencia de Taiwán, mientras que desde Washington no trascendieron por el momento indicios de un acuerdo sustantivo sobre las cuestiones más sensibles.
Precisamente por ello, Taiwán no debería convertirse en el detonante de una confrontación catastrófica. Ambas partes tienen intereses centrales que consideran irrenunciables, pero también tienen un interés común en evitar un conflicto cuyas consecuencias serían difícilmente controlables.
La quinta evidencia es diplomática: el diálogo de alto nivel ha recuperado una continuidad que resulta indispensable. La confirmación de nuevos encuentros y el compromiso de apoyarse mutuamente en la organización de las cumbres de APEC y del G20 apuntan a mantener abiertos los canales políticos.
En este sentido, la diplomacia de jefes de Estado desempeña un papel insustituible. El intercambio de visitas de Trump y Xi en un mismo año constituye por sí mismo una señal de que Washington y Beijing han decidido no dejar la relación exclusivamente en manos de los mecanismos de confrontación comercial, tecnológica o militar.
La cumbre ofrece, por tanto, una oportunidad para alejarse del precipicio, admitiendo que persisten divergencias pero que estas se han proyectado hacia una senda de estabilidad.
El verdadero éxito de esta nueva etapa no se medirá por la cordialidad de las imágenes de Washington, sino por su capacidad para producir confianza mediante hechos. La tarea consiste en ampliar progresivamente la lista de asuntos en los que es posible cooperar y reducir aquella en la que la rivalidad puede conducir al enfrentamiento.
Evitar la llamada trampa de Tucídides no exige que una potencia renuncie a sus intereses ni que la otra acepte sin más el ascenso de su competidor. Exige algo más elemental y, al mismo tiempo, más difícil como aceptar que la competencia estratégica será prolongada y que precisamente por ello necesita límites.
Ambos, Trump y Xi parecen haber optado por gestionar responsablemente ese tiempo. Ahora corresponde utilizarlo para construir reglas, canales y acuerdos que hagan de la estabilidad algo más que una tregua.
(Para China hoy)


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