Xi Jinping ha abandonado Washington después de tres jornadas de una solemnidad poco habitual incluso para los estándares de la diplomacia entre las dos grandes potencias. Ceremonias, honores, despliegue militar, cena de Estado y una cuidada escenografía presidencial han rodeado la primera visita de Estado del dirigente chino a Washington en más de una década. Mucho simbolismo, por tanto. Pero en términos de resultados concretos, bastante menos.
El balance tangible cabe casi en una fotografía. Estados Unidos y China han prorrogado por apenas dos meses la tregua comercial que expiraba en noviembre, mientras continúan las negociaciones para alcanzar un acuerdo de mayor alcance. Beijing aspiraba a una extensión más prolongada. No la ha conseguido. Que se sepa, tampoco ha habido avances sustanciales en los grandes contenciosos que separan a ambos países, ya sea Taiwán, inteligencia artificial, tecnología, Irán o las cuestiones de seguridad.
Y, sin embargo, sería precipitado concluir que la cumbre ha sido irrelevante.
Porque su principal resultado quizá no esté en lo que se ha firmado o consensuado, sino en lo que se ha confirmado, es decir, la constatación de cierta voluntad compartida, puede que igual de breve en su dimensión temporal, de preservar una relación de estabilidad estratégica constructiva, el concepto acuñado en la cumbre de mayo en Beijing. Entonces Xi lo definió como una relación basada en la cooperación, una competencia dentro de límites razonables, diferencias manejables y una paz previsible.
Cuatro meses después, Washington ha servido para comprobar que aquel marco trscendió a la fórmula diplomática. No resuelve la rivalidad, pero avanza en el establecimiento de un modo de administrarla. Y quizá eso sea, dadas las circunstancias, lo máximo razonablemente esperable.
Estados Unidos y China continúan siendo competidores estratégicos en prácticamente todos los grandes ámbitos de poder, desde el comercio, tecnología, inteligencia artificial, minerales críticos, o en influencia internacional y seguridad. Las divergencias son demasiado profundas para desaparecer mediante una fotografía presidencial. La cuestión, por tanto, no es acabar con la competencia sino impedir que ésta se transforme en una dinámica incontrolable de confrontación.
En ese sentido, la pompa de Washington ha tenido ese curioso contrapunto ya que cuanto más espectacular ha sido la escenografía, más modestos aparecen los resultados. Pero precisamente esa modestia puede ser significativa. La relación necesita hoy menos grandes anuncios que mecanismos de contención.
Trump ha ofrecido a Xi una hospitalidad fuera de lo habitual. El presidente estadounidense dice conceder un valor considerable a la diplomacia personal, a la teatralidad del encuentro y a la posibilidad de convertir una cumbre en un acontecimiento político. Dado su ego, probablemente pensando más en si mismo que en su invitado. Xi, por su parte, parece bastante menos impresionable ante el decorado. Puede dejarse agasajar sin perder de vista aquello que considera esencial.
Y entre esas cuestiones, Taiwán ocupa un lugar central. Xi ha vuelto a situar la cuestión en el núcleo de la confianza estratégica. Para Beijing, el problema no es una cuestión más dentro de la agenda bilateral, sino una materia vinculada a sus intereses fundamentales. Las ventas de armas estadounidenses a la isla, por ello, constituyen uno de los indicadores más sensibles para evaluar hasta dónde puede avanzar esa estabilidad. Antes de la visita, precisamente, Xi había situado la reducción de esas ventas entre sus prioridades.
Ahí estará una de las pruebas clave de los próximos meses. Si Washington incrementase significativamente su cooperación militar con Taiwán, la frágil arquitectura construida desde mayo podría resentirse. Si, por el contrario, se observa una cierta moderación, Beijing dispondría de una señal que interpretaría como compatible con el nuevo marco de estabilidad.
La inteligencia artificial ofrece un escenario diferente. Es significativo que ambos países hayan abierto su primer diálogo bilateral específico sobre esta cuestión, pero también que las posiciones continúen alejadas. Washington quiere preservar su ventaja tecnológica; Beijing rechaza cualquier fórmula que pueda convertirse en un instrumento de contención tecnológica. Hay diálogo, pero no convergencia.
En el fondo, esa es probablemente la fotografía más precisa de la relación. China no está consiguiendo que desaparezca la presión estadounidense. Pero tampoco parece que la presión haya conseguido alterar sustancialmente el rumbo estratégico chino. Después de los aranceles, las restricciones tecnológicas y las medidas destinadas a limitar las capacidades chinas, Washington se encuentra ante una realidad insoslayable que le conmina a competir pero también a negociar con Beijing. Y cuanto más evidente resulta la interdependencia entre ambas economías, más difícil se hace convertir la rivalidad en una política de ruptura. Ni contención ni desacoplamiento.
De ahí que pueda hablarse de una progresiva adaptación estadounidense a un marco de gestión de la competencia que China lleva tiempo defendiendo. No significa que Trump haya aceptado la visión china ni que Beijing haya impuesto sus condiciones. Significa que ambos necesitan encontrar límites a una rivalidad que ninguno está en condiciones de resolver con un mero chasquido de dedos.
Trump llega además a este momento con una agenda internacional extraordinariamente cargada, incluida la guerra de Irán, y con sus propias necesidades políticas domésticas. Xi juega con la temporalidad de una estrategia más prolongada, en la que cada encuentro sirve para acumular posiciones, preservar opciones y diferenciar cuidadosamente lo negociable de aquello que considera inmutable. Por eso quizá convenga no buscar en Washington el gran acuerdo que no ha existido. La clave está en otro lugar.
Los dos presidentes volverán a sentarse pronto a la misma mesa. Primero en la APEC de Shenzhen y posteriormente en el G20 de Miami. Habrá nuevas oportunidades para ampliar la tregua comercial, pero también para comprobar si la palabra “estabilidad” se corresponde con comportamientos concretos. La pregunta decisiva será entonces hasta dónde llega esa estabilidad y qué precio tiene.
En suma, este tiempo de la nueva relación sino-estadounidense parece avanzar hacia una fórmula de competencia dentro de límites, más que hacia una reconciliación que se antoja inviable. Y en esa fórmula, China parece encontrarse relativamente cómoda pues le permite preservar sus intereses fundamentales, mantener abierta la cooperación económica y tecnológica allí donde resulte posible y, al mismo tiempo, ganar tiempo para desarrollar sus propias capacidades.
Como cabía esperar, la cumbre no ha resuelto la rivalidad. No se trataba de eso. Pero ha confirmado que ambas partes están por la labor de administrarla para conjurar males mayores.
(Para Globalter)


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