La inteligencia artificial se ha convertido en uno de los principales escenarios de la competencia tecnológica mundial. China, Estados Unidos y la Unión Europea comparten la convicción de que estamos ante una tecnología de alcance estratégico, pero difieren sustancialmente en la manera de entender su desarrollo, su regulación y su relación con el Estado. En el caso chino, la IA debe contemplarse además como una pieza de ese proyecto más amplio que es la modernización nacional.
China, pues, no aborda la inteligencia artificial únicamente como una oportunidad económica. La considera también un instrumento de transformación productiva, una tecnología estratégica, un factor de seguridad estatal y un ámbito decisivo de soberanía. Desde esta perspectiva, la pregunta no es solamente quién desarrollará los mejores modelos, sino quién será capaz de controlar las infraestructuras, los datos, los algoritmos, los chips y las capacidades humanas necesarias para sostenerlos.
El Estado como arquitecto
El papel del Estado constituye una de las principales diferencias del modelo chino. Beijing no pretende sustituir al mercado ni tampoco impedir la competencia entre empresas. Al contrario, grandes compañías tecnológicas y numerosas empresas emergentes desempeñan un papel fundamental en la innovación. Pero el Estado establece prioridades, moviliza recursos, desarrolla infraestructuras, orienta la investigación y determina los límites regulatorios.
Desde el plan de desarrollo de la nueva generación de inteligencia artificial aprobado en 2017, la IA ha sido incorporada a las grandes estrategias del país. El objetivo es construir un ecosistema que integre investigación científica, empresas, universidades, financiación, infraestructuras digitales y capacidades industriales.
Esta relación entre Estado y mercado permite hablar de un modelo de dirección estratégica pública con fuerte competencia empresarial. La fórmula resulta especialmente relevante porque evita tanto la simplificación de que China no desarrolla su IA exclusivamente mediante empresas estatales, pero tampoco deja su evolución al funcionamiento espontáneo del mercado.
La experimentación constituye otro rasgo significativo. La regulación china ha ido avanzando de manera progresiva, mediante normas específicas para algoritmos, sistemas de recomendación, síntesis profunda, inteligencia artificial generativa y gestión de datos. Más que esperar a disponer de una legislación definitiva para actuar, las autoridades experimentan, regulan y corrigen configurando un corpus normativo mucho más denso del que imaginamos.
Regular sin detener la innovación
Ese entramado normativo considerable difiere del europeo. Esto es importante. Lo que Beijing pretende es conciliar innovación y control. La seguridad, la trazabilidad, la responsabilidad, la protección de los datos, la supervisión humana y la prevención de determinados usos forman parte de la gobernanza de la IA. Al mismo tiempo, se procura evitar que la regulación frene el desarrollo tecnológico.
Existe aquí otra característica particularmente destacada: la seguridad se entiende de una manera mucho más amplia que en la tradición regulatoria liberal. No se limita a la seguridad del consumidor o a los riesgos individuales. Incluye la seguridad de los datos, las infraestructuras, la economía, la información y, en último término, la seguridad nacional.
Esta diferencia explica también la atención concedida por las autoridades chinas a los contenidos generados mediante IA, los deepfakes, la desinformación y la manipulación de la opinión pública. La gobernanza tecnológica se encuentra así estrechamente vinculada a la gobernanza social y política.
Soberanía tecnológica
Quizá ninguna palabra resulte tan importante para comprender la posición china como soberanía. La experiencia de los últimos años ha reforzado esta percepción. Los controles estadounidenses sobre los semiconductores avanzados le han mostrado que una potencia puede encontrarse limitada no solamente por sus propias capacidades tecnológicas, sino también por su dependencia de componentes y tecnologías procedentes del exterior.
De ahí el empeño en desarrollar capacidades propias en toda la cadena de valor, desde chips a computación, datos, algoritmos, modelos, infraestructuras y talento.
La IA se incorpora así a una concepción más amplia de la autosuficiencia tecnológica. No se trata necesariamente de aislarse del mundo, sino de reducir las vulnerabilidades derivadas de una dependencia excesiva.
Esta dimensión adquiere también una expresión internacional. China defiende una gobernanza global de la inteligencia artificial basada en la soberanía de los Estados, la cooperación y una mayor participación de los países en desarrollo. Cuestiona que un reducido grupo de potencias pueda establecer unilateralmente las reglas de una tecnología que afectará al conjunto de la humanidad.
En este sentido, la cuestión tecnológica se transforma en una cuestión geopolítica asumiendo que quien controla la tecnología dispone también de capacidad para influir sobre las reglas que gobiernan el mundo tecnológico.
¿Una IA militar?
La dimensión militar ocupa igualmente un lugar prioritario. El Ejército Popular de Liberación considera la inteligencia artificial un elemento fundamental de la futura transformación de la guerra y aspira a avanzar hacia una creciente «inteligentización» de las capacidades militares.
La IA puede aplicarse al reconocimiento y procesamiento de información, el mando y control, la logística, la simulación, la guerra electrónica y cibernética y los sistemas no tripulados. Los drones y otros sistemas autónomos constituyen solamente una de las manifestaciones más visibles de este proceso.
Aquí resulta especialmente relevante la estrategia de fusión civil-militar, que facilita la transferencia de capacidades y tecnologías entre el ecosistema civil y el militar. La frontera entre ambos ámbitos resulta, por ello, mucho menos nítida que en los modelos occidentales.
China, al mismo tiempo, defiende internacionalmente la necesidad de mantener responsabilidad y control humanos sobre los sistemas de armas autónomos. Al tiempo impulsa intensamente la investigación y aplicación militar de la IA y también promueve reglas internacionales sobre sus usos más peligrosos.
¿Tecnodiversidad?
La tecnodiversidad no constituye una categoría central de la doctrina oficial china sobre inteligencia artificial. Beijing habla mucho más de soberanía, seguridad, inclusión, cooperación y controlabilidad.
Sin embargo, sostiene que no debería existir un único modelo tecnológico impuesto universalmente y reivindica el derecho de los distintos países a participar en el desarrollo y gobernanza de la IA.
La cuestión resulta particularmente interesante porque introduce una dimensión cultural y civilizatoria. ¿Tiene que existir necesariamente una única concepción universal de la inteligencia artificial? ¿O pueden coexistir modelos tecnológicos condicionados por diferentes tradiciones políticas, económicas y culturales?
La respuesta china apunta claramente hacia la segunda posibilidad.
Tres modelos, tres prioridades
La comparación con Estados Unidos y Europa permite observar mejor la singularidad china.
Estados Unidos contempla la IA principalmente desde la combinación de liderazgo tecnológico, competencia empresarial y seguridad nacional. El sector privado desempeña un papel extraordinario, aunque el Estado estadounidense está adquiriendo un protagonismo creciente mediante política industrial, restricciones tecnológicas y contratación militar.
Europa ha construido su aproximación alrededor de la regulación, los derechos fundamentales y una gestión de riesgos, aunque progresivamente está comprendiendo que ninguna soberanía regulatoria puede sostenerse indefinidamente sin capacidades tecnológicas propias.
China plantea una combinación diferente a partir de conceptos como Estado, mercado, planificación, regulación, seguridad y soberanía tecnológica.
Las diferencias, por tanto, no deben caricaturizarse como una oposición entre una China estatal, unos Estados Unidos liberales y una Europa reguladora. Los tres espacios están experimentando una creciente intervención pública. Lo que cambia es su articulación.
En China, la inteligencia artificial forma parte de un proyecto nacional de modernización. En Estados Unidos, constituye ante todo un terreno de liderazgo tecnológico y competencia geopolítica. En Europa, el desafío consiste en conciliar innovación, derechos y autonomía estratégica.
Por eso la IA puede acabar siendo algo más que una nueva revolución tecnológica. Puede convertirse en una nueva prueba sobre los distintos modelos de modernización y sobre la relación entre Estado, mercado, sociedad y soberanía.
En el caso chino, la cuestión adquiere una dimensión particular. Beijing no parece querer simplemente utilizar la inteligencia artificial para modernizar China. Aspira a demostrar que puede integrarla dentro de su propio modelo de modernización, preservando la dirección estratégica del Estado, estimulando la competencia empresarial, reforzando la soberanía tecnológica y manteniendo bajo control los riesgos políticos y sociales.
La verdadera competición, en consecuencia, quizá no sea solamente entre modelos de IA. Es también una competición entre modelos de gobernanza de la inteligencia y hasta de modelos sistémicos.
(Para Globalter)


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