El Kuomintang (KMT) y el Partido Comunista de China (PCCh) han protagonizado buena parte de la historia contemporánea china. Durante más de un siglo han representado dos proyectos políticos enfrentados, enfrentamiento que desembocó en una larga guerra civil y en la división política que persiste hasta nuestros días entre el continente y Taiwán. Sin embargo, reducir su relación a una mera sucesión de conflictos sería una simplificación. Ambos partidos comparten un origen histórico, ciertos rasgos organizativos, una preocupación común por la reconstrucción nacional y, aunque de forma desigual, también han terminado influyéndose mutuamente.
En cierto modo, la historia del KMT y del PCCh es la historia de dos respuestas diferentes a una misma pregunta: cómo devolver a China la unidad, la estabilidad y la prosperidad tras el colapso del orden imperial y el llamado “siglo de las humillaciones”. De entrada, ambos surgieron de la misma crisis histórica -la descomposición del Estado imperial y la necesidad de reconstruir China- y compartieron durante sus orígenes no solo aliados y enemigos, sino también métodos de organización, cultura política y una misma ambición
Su propia génesis revela más afinidades de las que habitualmente se reconocen. La fundación del PCCh en 1921 coincidió con un profundo proceso de reorganización del KMT impulsado por Sun Yat-sen. En aquellos años, la Unión Soviética desempeñó un papel decisivo favoreciendo la cooperación entre ambos partidos. Moscú entendía que la revolución china debía desarrollarse mediante una alianza entre nacionalistas y comunistas capaz de acabar con el poder de los caudillos militares -los temidos “señores de la guerra”- y completar la unificación nacional.
Ese acercamiento dio lugar al Primer Frente Unido (1924-1927). La influencia soviética no se limitó a la cooperación política. Alcanzó también la propia organización interna de ambos partidos. La influencia soviética también introdujo en China una nueva forma de organización política simbolizada por el partido de cuadros disciplinados, jerarquizado y dotado de una dirección central fuerte. Tanto el KMT reorganizado por Sun Yat-sen como el joven PCCh incorporaron elementos de ese modelo leninista. De ahí que todavía hoy sus estructuras presenten sorprendentes semejanzas en la denominación y funcionamiento de muchos de sus órganos dirigentes. El KMT incorporó numerosos elementos inspirados en el centralismo democrático y en el modelo leninista de partido vertical, mientras el PCCh asumía naturalmente esa misma concepción organizativa. No es casual que ambos desarrollaran estructuras sorprendentemente similares, con congresos nacionales, comités centrales, burós políticos, departamentos especializados y una fuerte disciplina interna.
La creación de la Academia Militar de Whampoa simbolizó esa etapa. Allí coincidieron dirigentes nacionalistas y comunistas bajo la misma misión de construir un ejército revolucionario capaz de reunificar el país. Durante algunos años, la diferencia fundamental entre ambos no residía tanto en el objetivo nacional como en el modelo social y político que debía seguir a la revolución.
Precisamente esa proximidad explica el persistente esfuerzo soviético por mantener unidos a ambos movimientos durante la década de 1920. Desde Moscú se consideraba que la cooperación era indispensable para culminar la revolución nacional china. Sin embargo, la creciente influencia del ala conservadora del KMT, encabezada por Chiang Kai-shek, hizo cada vez más difícil la convivencia. La ruptura de 1927, con la represión de los comunistas en Shanghái, puso fin a aquella “primera cooperación” y marcó el inicio de una confrontación que solo quedó temporalmente suspendida durante la guerra de resistencia contra Japón mediante la “segunda cooperación”.
A partir de entonces, ambos partidos emprendieron caminos claramente diferenciados. El KMT consolidó un régimen nacionalista que, tras la derrota en la guerra civil, se trasladó a Taiwán. El PCCh, por su parte, estableció la República Popular China en 1949 e inició la construcción de un sistema socialista bajo el liderazgo de Mao Zedong.
Influencias cruzadas
Paradójicamente, la separación política no impidió que décadas después aparecieran influencias cruzadas. El desarrollo económico experimentado por Taiwán bajo los gobiernos del KMT constituyó una referencia observada con atención desde el continente. Aunque las circunstancias históricas eran muy distintas, la combinación taiwanesa de reforma agraria, fuerte intervención estatal, planificación estratégica, promoción de la industria exportadora y apertura gradual a la economía internacional presentaba elementos que encontrarían eco en las reformas impulsadas por Deng Xiaoping a partir de 1978. El PCCh no imitó el modelo taiwanés, pero sí ponderó atentamente sus resultados.
Naturalmente, las diferencias seguían siendo profundas. Mientras Taiwán evolucionaba hacia una economía de mercado sustentada sobre la propiedad privada, el continente mantuvo el predominio del sector público y el liderazgo político hegemónico del PCCh. Sin embargo, ambos acabaron compartiendo una convicción semejante basada en la idea de que el desarrollo económico constituía el principal fundamento de la legitimidad política y de la recuperación nacional.
La influencia del KMT resultó todavía más visible en otro terreno: la evolución institucional de Taiwán. Entre finales de los años ochenta y la década de los noventa, el partido protagonizó una transición relativamente ordenada desde un régimen autoritario hacia una democracia liberal. Aquella transformación alimentó durante años numerosas interpretaciones occidentales según las cuales el crecimiento económico del continente desembocaría inevitablemente en una evolución política semejante.
El PCCh nunca compartió ese diagnóstico. Desde su perspectiva, la democratización taiwanesa no constituye un modelo exportable sino el resultado de circunstancias históricas específicas. Lejos de considerar agotado su sistema político, el Partido sostiene que la estabilidad institucional y el liderazgo unificado constituyen condiciones indispensables para culminar la modernización socialista y alcanzar la reunificación nacional. De ahí su insistencia en reforzar la capacidad dirigente del Partido en lugar de avanzar hacia un modelo liberal basado en la alternancia multipartidista.
A pesar de sus diferencias, existen todavía importantes puntos de encuentro entre el KMT y el PCCh. El más significativo continúa siendo la oposición a una declaración formal de independencia de Taiwán. Aunque discrepan profundamente sobre la naturaleza del futuro marco político, ambos siguen considerando que existe una sola China y que la separación definitiva de la isla supondría una ruptura inaceptable del proceso histórico nacional.
Ese terreno compartido explica que, especialmente desde comienzos del siglo XXI, ambos partidos hayan recuperado canales de diálogo. El encuentro entre Lien Chan y Hu Jintao en 2005 simbolizó la posibilidad de una interlocución directa entre antiguos enemigos históricos, posteriormente reforzada durante los gobiernos de Ma Ying-jeou (2008-2016). Ese fue el marco que instituyó la “tercera cooperación” entre ambas formaciones.
Más allá de la cuestión territorial, ambos partidos comparten una creciente reivindicación del nacionalismo chino entendido como proyecto de rejuvenecimiento nacional. También coinciden en la importancia atribuida a la continuidad histórica de la civilización china, a la recuperación de las tradiciones culturales y a la necesidad de fortalecer una identidad nacional capaz de sostener la modernización. Resulta significativo que el PCCh haya incorporado progresivamente elementos procedentes del pensamiento clásico confuciano, de la tradición imperial y de la cultura china como parte de un discurso ideológico cada vez más ecléctico, en el que el marxismo convive con referencias al patrimonio civilizatorio nacional.
Surge entonces una cuestión particularmente sugerente. Si el continente terminó incorporando instrumentos económicos que habían demostrado su eficacia en otros contextos asiáticos, entre ellos el taiwanés, ¿podría producirse una influencia semejante en el plano ideológico o institucional?
Todo indica que esa posibilidad resulta hoy mucho más limitada. Las reformas económicas respondían a un problema eminentemente instrumental, es decir, cómo desarrollar las fuerzas productivas sin renunciar al liderazgo político del Partido. En cambio, el pluralismo político afecta directamente al núcleo del sistema de poder construido por el PCCh. La dirección china considera que coquetear con el abandono de la hegemonía política equivaldría a poner en riesgo tanto la estabilidad interna como el propio proceso de modernización en su adjetivación socialista.
Ello no significa que la evolución ideológica haya quedado congelada. Al contrario, el Partido ha demostrado una notable capacidad de adaptación doctrinal. La incorporación de empresarios privados, la formulación de la “triple representatividad”, el concepto de desarrollo científico o la actual reivindicación de la revitalización cultural muestran un elevado grado de flexibilidad. Sin embargo, esa adaptación se produce siempre dentro del marco de continuidad del liderazgo del Partido y no mediante su cuestionamiento sino apelando a su reafirmación.
La cultura, eje de un nuevo acercamiento: la “tercera cooperación +”
Precisamente la revitalización cultural impulsada en los últimos años puede desempeñar un papel relevante. Al integrar tradiciones confucianas, referencias históricas, patriotismo, socialismo y objetivos de modernización, el PCCh ha construido una narrativa mucho más amplia que la estrictamente marxista. En ese terreno, algunos elementos tradicionalmente reivindicados por el KMT -la continuidad de la civilización china, la centralidad de la cultura nacional o la recuperación del orgullo histórico- han dejado de ser patrimonio exclusivo del nacionalismo republicano para incorporarse también al discurso oficial del continente.
Ello no supone una convergencia ideológica plena entre ambos partidos, pero sí refleja la existencia de un espacio común definido por el nacionalismo, la continuidad civilizatoria y la aspiración compartida al rejuvenecimiento de China.
¿Cabe esperar, entonces, un giro de ciento ochenta grados por parte del PCCh? A la luz de su evolución histórica, parece improbable. La experiencia de las últimas décadas sugiere que el Partido modifica instrumentos, políticas y discursos cuando considera que ello fortalece su capacidad de gobierno, pero preserva cuidadosamente aquello que identifica como el fundamento de su legitimidad, es decir, el liderazgo político del Partido y la continuidad del proyecto nacional.
Más que una transformación abrupta, resulta más plausible prever nuevas formas de adaptación, combinando innovación institucional, flexibilidad doctrinal y continuidad política. En ese proceso, el KMT probablemente seguirá desempeñando un papel como interlocutor privilegiado en las relaciones entre ambas orillas del Estrecho y como recordatorio permanente de que, pese a recorrer caminos distintos desde hace casi un siglo, ambos partidos siguen compartiendo una misma cuestión histórica sin resolver: cómo culminar la reunificación nacional y definir el futuro político de China.
Quizá la cuestión ya no sea si el PCCh acabará pareciéndose al KMT en términos políticos. La experiencia de las últimas décadas sugiere lo contrario. La verdadera pregunta es otra: hasta qué punto el Partido Comunista seguirá incorporando componentes del viejo nacionalismo chino -historia, cultura, civilización y unidad nacional- para reforzar su propia legitimidad. La propia existencia del KMT recuerda al PCCh que la legitimidad en China no puede basarse solo en la ideología de signo socialista, sino también en la capacidad de representar a la sociedad china en su conjunto. Si esa tendencia continúa, la paradoja será aún mayor: después de un siglo de guerra, revolución y separación, los dos grandes partidos de la China moderna podrían encontrarse menos divididos por la idea de “nación” que por la forma de organizar el poder que debe gobernarla.
El reconocimiento recíproco del valor de la cultura común otorga entonces un plus de incalculable valor para estabilizar su entendimiento.


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