La Administración Trump y la competencia con China, por Xulio Ríos

Si bien la percepción de China como competidor estratégico puede rastrearse ya en la Administración de Barack Obama -especialmente a partir del llamado “pivot to Asia” y de la creciente preocupación por el ascenso tecnológico y militar chino-, fue durante el primer mandato de Donald Trump cuando dicha visión adquirió carta plena de naturaleza y se convirtió en eje estructurante de la política exterior estadounidense. A partir de entonces, la competencia con China dejó de concebirse como un fenómeno sectorial o circunstancial para transformarse en un marco general de interpretación de las relaciones internacionales, con implicaciones económicas, tecnológicas, militares e ideológicas.

Entre las principales manifestaciones de este giro estratégico cabría destacar, en primer lugar, la redefinición oficial de China como “competidor estratégico”. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 y la Estrategia de Defensa Nacional de 2018 identificaron explícitamente a China como un rival sistémico capaz de desafiar la primacía estadounidense. Ello supuso abandonar definitivamente el paradigma previo, basado en la expectativa de que la integración económica de China en el orden liberal internacional conduciría gradualmente a su convergencia política y normativa con Occidente.

Sin duda, la guerra comercial y arancelaria fue convertida en el símbolo más visible de la nueva etapa. La imposición de aranceles evidenció la voluntad estadounidense de corregir lo que Washington consideraba desequilibrios estructurales, es decir, déficit comercial, transferencia forzada de tecnología, subsidios estatales y prácticas industriales consideradas desleales. La relación económica comenzó así a interpretarse crecientemente en términos de vulnerabilidad estratégica y no sólo de interdependencia beneficiosa.

La progresiva securitización de la competencia tecnológica, especialmente en sectores considerados críticos para la hegemonía futura (semiconductores, inteligencia artificial, telecomunicaciones, computación cuántica o biotecnología) fue ejemplificada en el caso de Huawei, que constituyó un punto de inflexión al plantearse ya no únicamente como una cuestión comercial, sino como un problema de seguridad nacional y de control de infraestructuras estratégicas.

Así las cosas, la consolidación de una lógica de desacoplamiento parcial (“decoupling”), orientada a reducir dependencias consideradas sensibles recibió todas las bendiciones. Aunque nunca llegó a materializarse una desvinculación económica integral -difícilmente viable dada la profundidad de la interdependencia-, sí comenzó a impulsarse una diversificación de cadenas de suministro, restricciones a inversiones y controles a la exportación de tecnologías avanzadas.

En lo conceptual, el endurecimiento del discurso ideológico pasó a presentar la rivalidad no sólo como una disputa de poder entre Estados, sino también como una confrontación entre modelos políticos y civilizatorios. China dejó de ser descrita únicamente como competidor económico para aparecer crecientemente como desafío sistémico al liderazgo occidental y al orden liberal internacional. La UE “compró” con singular diligencia el nuevo catecismo.

En paralelo se fue trazando una creciente dimensión militar y geopolítica de la rivalidad, visible tanto en el reforzamiento de alianzas en el Indo-Pacífico como en el aumento de las tensiones en torno al Mar de China Meridional y Taiwán. La Administración Trump intensificó las operaciones de “libertad de navegación”, fortaleció los vínculos con socios regionales y comenzó a perfilar el Indo-Pacífico como principal teatro estratégico del siglo XXI.

En Washington, todo ello cundió en la ampliación del consenso bipartidista respecto a China. Aunque con matices y estilos diferentes, la percepción de China como principal desafío estratégico trascendió la alternancia política y acabó consolidándose como uno de los pocos consensos duraderos entre republicanos y demócratas. La posterior Administración de Joe Biden no alteró sustancialmente este diagnóstico, sino que profundizó en muchos de sus elementos, especialmente en el terreno tecnológico y de alianzas.

En conjunto, más que inaugurar una política completamente nueva, el primer mandato de Trump actuó como catalizador y acelerador de tendencias ya presentes en sectores estratégicos estadounidenses. La diferencia fundamental residió en que la competencia con China dejó de percibirse como una cuestión secundaria o limitada a determinados ámbitos para convertirse en el principio organizador de la política exterior y de seguridad nacional de Estados Unidos en el siglo XXI.

Biden siguió el mismo guión

La Administración de Joe Biden no rebajó la presión sobre China sino que, en muchos aspectos, la sofisticó y sistematizó. Frente al estilo más unilateral, transaccional y confrontativo de Donald Trump, Biden mantuvo intacto el diagnóstico estratégico de fondo -China como principal competidor sistémico de Estados Unidos-, aunque dotándolo de una arquitectura más estable, coordinada y multilateral.

La continuidad fue evidente en ámbitos como los controles tecnológicos, las restricciones a los semiconductores avanzados, la presión sobre Huawei o la voluntad de reducir dependencias estratégicas. Sin embargo, la nueva Administración procuró desplazar el énfasis desde la lógica del desacoplamiento generalizado (“decoupling”) hacia fórmulas más selectivas como el llamado “de-risking”, orientadas a limitar vulnerabilidades críticas sin destruir completamente la interdependencia económica. La UE también “compró” este otro catecismo.

Al mismo tiempo, Biden reforzó la dimensión aliancista de la competencia. La presión sobre China dejó de plantearse prioritariamente en términos bilaterales para insertarse en marcos de coordinación con aliados europeos y asiáticos. Iniciativas como el fortalecimiento del QUAD, la creación de AUKUS o la creciente coordinación tecnológica con Japón, Corea del Sur y la Unión Europea respondían a la idea de que la rivalidad con China exigía articular coaliciones duraderas y capacidades compartidas pars sustentar la hegemonía liberal global.

También se produjo una mayor elaboración conceptual de la competencia. La Administración Biden trató de presentar la rivalidad no como una simple confrontación comercial, sino como una disputa estructural sobre estándares tecnológicos, resiliencia industrial, cadenas de suministro, gobernanza global y capacidad de innovación. La política industrial estadounidense -visible en programas de subsidios y reindustrialización tecnológica- pasó así a concebirse como parte inseparable de la competencia estratégica con China.

Paradójicamente, mientras el discurso de Trump tendía a enfatizar la confrontación directa y el antagonismo político, Biden intentó combinar firmeza estratégica con mecanismos de estabilización que evitaran una deriva incontrolada hacia el conflicto abierto. De ahí la insistencia en establecer “quitamiedos” en la relación bilateral, especialmente en el plano militar y diplomático.

En definitiva, si Trump convirtió la competencia con China en el eje explícito de la política exterior estadounidense, Biden contribuyó a institucionalizarla, dotándola de mayor coherencia burocrática, densidad aliancista y sofisticación política y estratégica.

¿Una reconsideración en su segundo mandato?

En su segundo mandato, llegando ya al ecuador, un primer balance de la competencia con China debe tomar en consideración varios elementos que permiten apreciar tanto las continuidades como las contradicciones y límites de la estrategia estadounidense.

Sin duda, persiste el consenso estratégico anti-chino en Washington. Lejos de atenuarse, la percepción de China como principal desafío sistémico se ha consolidado aún más en los ámbitos político, militar, tecnológico y económico. La competencia con Beijing continúa actuando como uno de los pocos consensos estructurales de la política estadounidense, trascendiendo divisiones partidistas.

La rivalidad tecnológica se ha consolidado como el núcleo central de la competencia. Los semiconductores avanzados, la inteligencia artificial, la computación cuántica, las telecomunicaciones y el control de minerales estratégicos se han convertido en ámbitos prioritarios. Más que una simple disputa comercial, la confrontación gira crecientemente en torno al control de las tecnologías consideradas decisivas para la primacía económica y militar futura.

No obstante, pese al endurecimiento de controles, sanciones y restricciones, la interdependencia entre ambas economías sigue siendo profunda. Las cadenas globales de suministro, la magnitud de los intercambios comerciales y la propia estructura del capitalismo global dificultan una desvinculación completa. Ello ha obligado a modular el discurso maximalista inicial hacia fórmulas más pragmáticas de diversificación y reducción de riesgos. La fallida guerra arancelaria de Trump contra China acabó perjudicando a su propia economía y a su población, y los controles de exportación de Beijing sobre los elementos de tierras raras obligaron finalmente a Trump a dar marcha atrás.

Asimismo, la dimensión geopolítica y militar de la competencia no deja de crecer particularmente en el Indo-Pacífico. Las tensiones en torno a Taiwán, el reforzamiento de alianzas regionales y el incremento de capacidades militares en la región reflejan que la rivalidad ha adquirido un componente estratégico cada vez más sensible, con riesgos potenciales de escalada.

China, frente a la presión estadounidense, ha mostrado cierta resiliencia. Aunque su economía ha mostrado signos de desaceleración y enfrenta dificultades estructurales -crisis inmobiliaria, endeudamiento, debilidad del consumo interno o tensiones demográficas-, no se ha producido ni un colapso económico ni una contención efectiva de sus capacidades tecnológicas y militares. Al contrario, Beijing ha acelerado políticas de autosuficiencia tecnológica y reducción de dependencias externas. En la guerra tecnológica, su presión máxima solo provocó que China superara repetidamente a los proveedores estadounidenses. En la guerra comercial, China diversificó ampliamente sus exportaciones e incluso obtuvo un superávit comercial récord.

Además, asistimos a la ampliación de la competencia en el terreno ideológico y normativo. La disputa ya no se limita al poder material, sino que incluye modelos de gobernanza, estándares tecnológicos, instituciones internacionales y legitimidad política.

En conjunto, el balance provisional apunta a que la competencia con China no constituye un episodio coyuntural, sino el marco estructurante de la política internacional contemporánea. No obstante, también pone de relieve que, pese a la intensidad de la presión ejercida por Washington, Estados Unidos no ha logrado alterar de manera decisiva las dinámicas fundamentales del ascenso chino ni definir todavía un equilibrio estable entre contención, coexistencia y competencia. Tanto Estados Unidos como China tienden crecientemente a interpretar la relación en términos de competencia sistémica de largo plazo.

¿Ha sido la cumbre de mayo en Beijing un punto de inflexión?

Probablemente resulte prematuro afirmarlo. Más bien parece reflejar un intento de estabilización táctica dentro de una rivalidad estructural que ninguna de las dos partes está en condiciones de resolver ni tampoco de llevar hasta sus últimas consecuencias sin asumir costes extremadamente elevados. Pero podría marcar el reajuste más significativo en las relaciones bilaterales desde que comenzó la guerra comercial entre Estados Unidos y China en 2018.

La cuestión fundamental es que tanto Washington como Beijing parecen haber interiorizado simultáneamente dos ideas aparentemente contradictorias. La primera, que la competencia estratégica entre ambas potencias ha adquirido un carácter duradero y sistémico. La segunda, que una escalada descontrolada -económica, tecnológica o militar- podría generar efectos profundamente desestabilizadores para ambos y para el conjunto del sistema internacional.

En ese contexto, la cumbre puede interpretarse menos como el inicio de una etapa de distensión que como un intento de construir mecanismos mínimos de gestión de la rivalidad. No se trataría tanto de revertir la competencia como de impedir que ésta desemboque en una lógica de confrontación irreversible. Esto se aplica particularmente a Taiwán.

La expresión “estabilidad estratégica constructiva” refleja precisamente esa ambivalencia. Por un lado, reconoce la persistencia de intereses divergentes y de una competencia intensa en ámbitos decisivos como tecnología, comercio, influencia global, arquitectura de seguridad o liderazgo normativo. Por otro, sugiere la necesidad de establecer ciertos límites, canales de comunicación y espacios de cooperación selectiva que permitan evitar dinámicas de escalada incontrolada.

Sin embargo, las dificultades para construir esa estabilidad son considerables.

En primer lugar, porque la rivalidad sino-estadounidense no responde únicamente a desacuerdos coyunturales, sino a una transformación profunda de la distribución del poder global. Estados Unidos percibe el ascenso de China como el principal desafío a su primacía estratégica, mientras China interpreta muchas de las iniciativas estadounidenses como intentos de contención orientados a frenar su modernización y limitar su proyección internacional.

En segundo lugar, porque la desconfianza mutua se ha institucionalizado progresivamente. Las restricciones tecnológicas, las tensiones en torno a Taiwán, la militarización del Indo-Pacífico, las agresiones a países políticamente cercanos, la disputa por los semiconductores o la competencia en inteligencia artificial alimentan percepciones recíprocas de vulnerabilidad estratégica.

En tercer lugar, porque la competencia posee una dimensión ideológica y de legitimidad cada vez más visible. Tanto Washington como Beijing tienden crecientemente a presentar la rivalidad como una confrontación entre modelos de organización política, capacidad de gobernanza y visiones del orden internacional.

Aun así, existen también factores que empujan hacia cierta estabilización. La profundidad de la interdependencia económica, los riesgos sistémicos asociados a una ruptura abrupta y la necesidad de cooperación en ámbitos globales -clima, finanzas, seguridad nuclear o cadenas de suministro- actúan como elementos moderadores.

Por ello, el escenario más probable a medio plazo quizá no sea ni una nueva guerra fría clásica ni tampoco una normalización plena de las relaciones, sino una coexistencia competitiva caracterizada por una combinación variable de confrontación, disuasión, negociación y cooperación limitada.

La verdadera incógnita reside en si ambas potencias serán capaces de construir reglas mínimas de gestión de la competencia antes de que alguna crisis altere de forma abrupta el equilibrio actual. En última instancia, la viabilidad de una “estabilidad estratégica constructiva” dependerá menos de la desaparición de la rivalidad que de la capacidad de ambas partes para impedir que ésta derive en una dinámica de antagonismo absoluto.

 ¿Ha llegado el momento de instituir un G2 ?

 A corto y medio plazo, todo apunta a una relación marcada simultáneamente por la competencia estructural y la necesidad de coexistencia. La idea de una normalización plena parece hoy poco realista, pero también lo parece un desacoplamiento total o una confrontación abierta permanente. La relación sino-estadounidense se mueve así en una zona intermedia de rivalidad gestionada, inestable pero todavía contenible.

En ese marco, es previsible que continúe la presión estadounidense en ámbitos considerados estratégicos, mientras China seguirá acelerando políticas de autosuficiencia tecnológica y reforzando su capacidad de resistencia frente a eventuales escenarios de contención prolongada.

Al mismo tiempo, ambas partes parecen cada vez más conscientes de que ciertos niveles mínimos de cooperación y comunicación resultan indispensables. La reapertura de canales militares, los contactos diplomáticos de alto nivel o la búsqueda de mecanismos de gestión de crisis indican que existe una voluntad compartida de evitar que la competencia desemboque en una dinámica de confrontación incontrolada. Sin embargo, las perspectivas de estabilización siguen siendo frágiles.

En ese contexto, reaparece periódicamente la cuestión de un eventual “G2”, es decir, la institucionalización de una dirección compartida del sistema internacional por parte de Estados Unidos y China. La hipótesis no es nueva. Ya tras la crisis financiera de 2008 algunos sectores plantearon la posibilidad de una suerte de condominio estratégico entre ambas potencias, basado en el reconocimiento mutuo de su centralidad económica y política. No obstante, hoy las condiciones parecen poco propicias para una verdadera institucionalización de un G2.

En primer lugar, porque la desconfianza estratégica mutua es mucho más intensa que hace una década. Para Washington, un reconocimiento efectivo de un G2 legitimaría la erosión de su hegemonía global, mientras Beijing sospecha que cualquier fórmula de cogestión, especialmente si es jerárquica, podría traducirse en intentos de limitar su margen de autonomía y ascenso.

En segundo lugar, porque el sistema internacional actual es más fragmentado de lo que presupone la lógica de un directorio bilateral. Actores como la Unión Europea, India, Rusia o numerosas potencias regionales difícilmente aceptarían una arquitectura internacional explícitamente articulada en torno a dos polos exclusivos. China prefiere hablar de multipolaridad.

En tercer lugar, porque las diferencias normativas e ideológicas entre ambas potencias siguen siendo considerables. A diferencia de otros momentos históricos de concertación entre grandes potencias, Estados Unidos y China no comparten una visión común suficientemente sólida sobre las reglas políticas y económicas del orden internacional. 

Con todo, aunque un G2 formal parezca improbable, sí podría emerger gradualmente una suerte de “G2 funcional” o de facto en determinados ámbitos globales. En cuestiones como estabilidad financiera, cambio climático, regulación tecnológica, seguridad nuclear o gobernanza comercial, ninguna solución sostenible parece viable sin algún grado de entendimiento entre Washington y Beijing.

La paradoja central radica precisamente en que la competencia estratégica entre ambas potencias dificulta la cooperación, pero al mismo tiempo la magnitud de los desafíos globales hace cada vez más necesaria alguna forma de coordinación. De ahí que el horizonte más plausible no sea un G2 institucionalizado y estable, sino una relación ambivalente donde coexistirán rivalidad estructural, cooperación selectiva y mecanismos parciales de cogestión internacional.

Por último

De la cumbre de Beijing parece emerger un frágil equilibrio pero ¿cuánto puede durar? Una vez que Trump deje el cargo en 2029, ¿perderán las relaciones entre China y Estados Unidos este “estabilizador transaccional” y volverán a una rivalidad dinámica impulsada por la ideología? Nadie puede predecir con certeza cómo será el mundo o las relaciones entre China y Estados Unidos en la era posterior a Trump.

Lo que si podemos afirmar es que la competencia sino-estadounidense está contribuyendo a una reconfiguración del sistema económico internacional, incompleta y desigual, favoreciendo procesos de relocalización industrial, regionalización de cadenas productivas y creación de bloques tecnológicos parcialmente diferenciados. Y que ocho años de competencia estratégica han demostrado que China no se ha debilitado, sino que ha exhibido una considerable resiliencia en la modernización industrial, el desarrollo tecnológico y la influencia global.

(Para Economistas sin Fronteras)


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