Burgio, Chinappi, Leoni y Sidoli explican a la izquierda radical por qué China es socialista, pero es como describir el color rojo a los ciegos
En la última entrada, al final de una reseña del libro de Cremaschi Solo el socialismo puede salvarnos (1), comenté un documento publicado en la página web chinadiplomacy.org por un think tank chino especializado en relaciones internacionales. Ese texto, al término de un amplio análisis de la evolución de las relaciones entre China y EE. UU., sostiene que dicha relación se encuentra hoy en una fase de «estancamiento estratégico» (2) y que ello alimenta la posibilidad de evitar el estallido de una Tercera Guerra Mundial. En la entrada, antes de abordar el documento, advertía que daría por sentado que China es socialista y, para respaldar dicha afirmación, remitía a textos anteriores de mi autoría y a Más allá de Occidente, un libro de próxima publicación (3).
A la espera de presentar los dos volúmenes de la obra en cuestión, firmados por Alessandro Visalli y por mí mismo, me complace ocuparme de un texto de Daniele Burgio, Giulio Chinappi, Massimo Leoni y Roberto Sidoli, La Cina (prevalentemente) socialista, publicado en «World Politics Blog» (4). Muchos de los argumentos esgrimidos en esta recopilación de artículos coinciden con los que pueden encontrar en algunos de mis trabajos. Me refiero, en particular, al primer artículo que polemiza con Ernesto Screpanti, tomado como ejemplo y modelo de los prejuicios ideológicos (y de los errores teóricos) que inspiran la actitud de la izquierda radical occidental, la cual tilda al sistema chino de «capitalismo de Estado». En una entrada anterior en estas páginas (5), yo también me había ocupado de las tesis de Screpanti, a las que desestimaba irónicamente sin darles importancia. Los autores del artículo, en cambio, se las toman en serio y las aprovechan como punto de partida para elaborar una lista de las «represiones» que impiden que cierto marxismo occidental reconozca el inmenso alcance histórico del experimento chino.
Antes de entrar en el fondo de los argumentos del artículo, llamo la atención sobre el título: «China (predominantemente) socialista». El adjetivo entre paréntesis evoca un punto de vista que se sitúa a ciento ochenta grados con respecto a la opinión generalizada según la cual un determinado sistema socioeconómico solo puede ser socialista o capitalista. Es decir, los autores comparten el enfoque de Alberto Gabriele (6), quien niega la posibilidad de clasificar los sistemas socioeconómicos en campos claramente diferenciados y opuestos, aplicando de manera abstracta y formal (antihistórica) el concepto marxista de modo de producción. En la realidad histórica concreta, según Gabriele, la primacía de un determinado modo de producción puede ser, en diferentes contextos, absoluta o relativa.
Estados Unidos es un ejemplo de supremacía absoluta del modo de producción capitalista; por el contrario, en otras formaciones socioeconómicas pueden coexistir dos o más modos de producción, sin que se pueda establecer a priori cuál de ellos prevalecerá a largo plazo.
Recordando que la fuerza histórica del marxismo consiste precisamente «en la capacidad de analizar la realidad concreta, de captar sus transformaciones, de desarrollar nuevas categorías y de medirse con el progreso de las fuerzas productivas», los autores del artículo publicado en el «World Politics Blog» adoptan un punto de vista análogo, por lo que señalan que la presencia de empresas privadas, inversiones extranjeras y relaciones mercantiles no justifica la afirmación de quienes, como Screpanti, sostienen que China es un país capitalista. Para definir su naturaleza, en lugar de determinar su pertenencia a uno de los dos campos opuestos que existen en la mente de los marxistas vulgares, es necesario preguntarse cuál es su posición en el continuo de sistemas concretos, históricamente existentes, que va del capitalismo al socialismo, lo que significa establecer «qué relaciones de propiedad son hegemónicas en los sectores decisivos, quién controla la tierra, las infraestructuras, el crédito, la energía, las grandes empresas, las redes logísticas, las telecomunicaciones, los recursos estratégicos y los instrumentos de planificación».
Antes de responder a estas preguntas, es necesario despejar un malentendido que está implícito en el propio concepto de capitalismo monopolístico de Estado. Un concepto —señalan los autores del artículo— que una izquierda occidental, en la que conviven la subalternidad ideológica al liberalismo y el radicalismo verbal, toma prestado de la propaganda occidental, ignorando sus propios orígenes en la tradición teórica del marxismo revolucionario. Ya Lenin, al polemizar con la «izquierda» bolchevique y con algunos representantes de los partidos comunistas occidentales (7), había aclarado la diferencia radical entre el capitalismo monopolístico de Estado de los países capitalistas y la propiedad pública de los medios de producción instaurada por la Revolución de Octubre. Refiriéndose implícitamente a esas críticas, Burgio Chinappi Leoni y Sidoli subrayan que, en el capitalismo de Estado que existe en Estados Unidos, en la UE, en Japón y en Corea del Sur, la actuación del Estado tiene como objetivo servir a la reproducción del capital privado, rescatando de la crisis a bancos y grandes grupos industriales, financiando monopolios, cubriendo pérdidas, garantizando mercados de salida y protegiendo las rentas; por el contrario, en China, el sector público no actúa como un apoyo de los intereses del capital privado, sino como motor y supervisor de la acumulación, de la modernización industrial y de la seguridad económica de la nación. En otras palabras: no toda intervención del Estado es «capitalismo de Estado», y no todo mercado implica hegemonía capitalista (8).
Además, el capitalismo de Estado occidental ha sido, tanto durante la era colonial como en la poscolonial, un instrumento (financiero, político, diplomático y militar) de opresión y explotación imperialista frente a los pueblos del Sur del mundo, mientras que China, según escriben nuestros autores, «no se limita a crecer dentro del orden existente, sino que contribuye a resquebrajarlo, ofreciendo a muchos países del Sur global mayores márgenes de soberanía, desarrollo de infraestructuras, acceso al crédito, cooperación tecnológica y autonomía respecto a los antiguos centros imperialistas». Por cierto, recuerdo que, como he destacado en la entrada citada anteriormente, el propio Screpanti reconoce este último hecho, tras lo cual afirma —con un desprecio supremo por lo ridículo— que este «imperialismo de tipo particular», aunque sea apreciado por los países que se benefician de él, no deja de serlo, porque China, a su vez, se beneficia de sus propias inversiones en el extranjero…
Pasemos ahora a la larga serie de omisiones y silencios de los marxistas occidentales respecto a todos aquellos aspectos de la economía y la sociedad que confieren un carácter socialista (aunque sea en el sentido «débil» que Gabriele le atribuye —véase más arriba—) al sistema chino. A continuación cito casi palabra por palabra algunos pasajes del artículo que estoy comentando.
1) Propiedad de la tierra. «Muchos economistas occidentales no informan a sus lectores sobre el fenómeno indiscutible de que en China, desde hace muchas décadas y de forma ininterrumpida, rige la propiedad estatal (de tipo colectivo en el campo, en cambio) del suelo y del subsuelo, cedidos en usufructo bajo condiciones precisas por el Gobierno y las autoridades locales rurales».
2) Fuentes energéticas. «Las valiosas tierras raras son extraídas y refinadas en territorio chino únicamente por grandes empresas públicas, bajo el estricto control del aparato estatal; un razonamiento análogo debe aplicarse también a los recursos de hidrocarburos de este gigantesco país asiático, casi todos en manos de poderosas empresas de origen estatal».
3) Cooperativas de producción. «Muchos estudiosos occidentales han cometido el nada desdeñable “olvido” de no mencionar jamás los dos millones de cooperativas de producción agrícola registradas oficialmente en 2024 en China: estructuras organizativas con varias decenas de millones de socios y de trabajadoras y trabajadores que operan en su seno, amparados por una serie de asociaciones de carácter nacional».
4) Finanzas. «Incluso en el sector financiero, tan central y estratégico, China se caracteriza, de forma ininterrumpida, por la hegemonía casi total de los bancos estatales, los «Cuatro Grandes», a saber: el Banco Industrial y Comercial de China, el Banco Agrícola de China, el Banco de Construcción de China y el Banco de China.
5) Planificación y regulación económica. «Demasiados analistas occidentales fingen ignorar que en China, incluso después de 1976, ha continuado el proceso de planificación económica, el cual influye de manera significativa en la dinámica y las prioridades de todo el proceso productivo chino: no es casualidad que, a principios de 2026, se aprobara el XV Plan Quinquenal, de gran relevancia. Uno de los objetivos centrales del plan en cuestión es el proyecto concreto de estimular la demanda interna mediante la introducción de amplias ayudas para la sustitución de electrodomésticos, muebles y vehículos, la mejora del sector de los servicios destinados a las personas mayores y a la sanidad, y el aumento de los ingresos de la población rural y de los sectores sociales con ingresos medios-bajos».
6) Infraestructuras. «En las últimas décadas, los ferrocarriles y/o las autopistas se han privatizado en países importantes como Australia, Argentina, Japón, Gran Bretaña, Francia, Italia y España, mientras que en EE. UU. predomina el sector privado en el transporte ferroviario de mercancías y existe, asimismo, una gestión mixta entre lo público y lo privado en el caso de las carreteras; en cambio, en China las infraestructuras mencionadas siguen siendo de propiedad pública, empezando por los aproximadamente 200 000 kilómetros de autopistas y túneles construidos en este país asiático durante las últimas décadas. Lo mismo ocurre con el sistema ferroviario (…). De hecho, China State Railway Group Co. Ltd. es una empresa íntegramente estatal sometida a la gestión del Gobierno central, y precisamente bajo esta dirección pública la red ferroviaria china alcanzó en 2025 los 165 000 kilómetros en total, de los cuales más de 50 000 corresponden a líneas de alta velocidad: la mayor red ferroviaria de alta velocidad del planeta».
7) Moneda y finanzas digitales. «Además del control estatal continuo del tipo de cambio de la moneda nacional frente a otras divisas, en febrero de 2026 China prohibió tanto la emisión no estatal de bitcoins o stablecoins en yuanes como los activos tokenizados: es decir, bienes fijos (inmuebles, etc.) o financieros (acciones, bonos) que se han convertido en unidades de valor criptográficas, registradas en un listado digitalizado».
8) Composición de la población activa y salarios. «Incluso Milanović, que considera a China un capitalismo de Estado, ha admitido que, en el gigantesco país asiático, los agricultores son “principalmente trabajadores autónomos enmarcados en lo que la terminología marxista denomina simple producción de mercancías” . No es, por tanto, casualidad que los estudios de A. Gabriele hayan demostrado que, aún en 2018, solo algo más de una cuarta parte del total de la población activa china trabajaba en empresas capitalistas, mientras que la gran mayoría estaba constituida por trabajadores autónomos o por personas empleadas en organizaciones no capitalistas» (…). En 2017, incluso el insospechable instituto Euromonitor International había constatado que, entre 2005 y 2016, los salarios de los trabajadores chinos se habían triplicado».
9) Relaciones con el Sur del mundo. Las acusaciones de quienes describen a China como un país imperialista no se sostienen ante ciertos datos objetivos: «A principios de mayo de 2026, China amplió el régimen de arancel cero a las importaciones procedentes de los 53 países africanos con los que mantiene relaciones diplomáticas. La medida (…) tiene por objeto facilitar el acceso de los productos africanos al mercado chino, en contraposición al proteccionismo occidental». Esta política, añaden los autores, «se inscribe en una estrategia más amplia de cooperación con el Sur global.
De hecho, la Iniciativa de Desarrollo Global promovida por China centra su actuación en ámbitos como la reducción de la pobreza, la seguridad alimentaria, la sanidad, la financiación del desarrollo, la transición verde, la industrialización, la economía digital y la conectividad». Nada que ver con el enfoque de los países occidentales, que utilizan «ayudas», préstamos y acuerdos comerciales como instrumentos de presión política.
Según los cuatro autores, estas características, junto con otras que no he incluido en la lista, desmienten categóricamente la tesis de Screpanti (y de gran parte de los intelectuales de la izquierda «radical») según la cual China sería una forma peculiar de capitalismo de Estado. De hecho, es gracias a ellas —es decir, al hecho de que las relaciones de producción predominantes en su interior son de tipo colectivista, al papel determinante de la planificación, así como a la hegemonía de la propiedad pública en sectores estratégicos (crédito, infraestructuras, energía, moneda, etc.)— que el país no ha sufrido, salvo de forma marginal, los efectos de las crisis cíclicas del capitalismo mundial.
El ejemplo más reciente de dicha diferencia es la forma en que la República Popular ha sabido absorber el golpe que el conflicto de Oriente Medio, desencadenado por EE. UU. e Israel, ha asestado al mercado mundial, demostrando así su capacidad para sustraerse al chantaje de las aventuras militares occidentales. Por un lado, el Estado ha demostrado ser capaz de crear una barrera política «contra el efecto dominó que, en otras economías, transforma una crisis externa en inflación interna, pánico, acaparamiento e inestabilidad social»; por otro lado, ha quedado patente la eficacia de la gestión china de la transición energética.
«Es aquí —leemos— donde la superioridad del sistema chino se manifiesta en su forma más concreta (…) se trata de la mayor capacidad de un Estado socialista para absorber los impactos, distribuir los costes, proteger a los sectores populares y coordinar el largo plazo con el corto. Mientras que el neoliberalismo tiende a descargar todo el peso de las crisis sobre las familias, los trabajadores y las pequeñas empresas, China interviene para amortiguar la onda de choque. Mientras que las potencias occidentales suelen responder a las crisis que ellas mismas provocan con una mayor militarización o con medidas paliativas, Pekín integra la emergencia en el marco más amplio de la transición energética, la seguridad nacional y la estabilidad social».
¿Acaso los intelectuales de la izquierda radical ignoran los hechos enumerados por los cuatro autores del documento? Es cierto que los niveles de ignorancia en este ámbito político-cultural son, como mínimo, desalentadores (sobre todo en lo que respecta a la historia pasada y reciente de los pueblos y las naciones no occidentales). Sin embargo, me parece difícil sostener que el hecho de no reconocer la naturaleza (prevalentemente: véase más arriba) socialista de China se deba a la ignorancia.
¿Debe buscarse, pues, la causa en la deshonestidad y la mala fe? ¿Se conoce la realidad, pero se finge ignorarla? Ni siquiera esta tesis, que sin embargo se insinúa en algunos pasajes del texto que estoy analizando aquí, me parece convincente (aunque en ciertos casos parezca justificada). La verdadera cuestión es, en mi opinión, por qué ciertos hechos, aunque se conozcan, no se consideran suficientes para definir el sistema chino como socialista.
En la segunda parte de esta entrada, describiré en primer lugar las críticas que los cuatro autores dirigen a las izquierdas «negacionistas» en relación con el tema en cuestión; a continuación, explicaré por qué, desde mi punto de vista, los negacionistas tienen razón si definimos el socialismo según los criterios clásicos (del siglo XIX) enunciados por los padres fundadores del marxismo, pero están totalmente equivocados si lo definimos en relación con los procesos históricos concretos de construcción del socialismo. Explicaré además (adelantando algunas tesis del libro de próxima publicación al que aludía al principio) por qué, siempre desde mi punto de vista, por un lado, la conversión del marxismo occidental al liberalismo, y, por otro, el traspaso del liderazgo de la lucha anticapitalista a los movimientos marxistas de los países del Sur del mundo, constituyen el desenlace histórico —altamente probable, si no necesario— que algunos autores habían previsto desde hacía tiempo, como resultado de los profundos procesos de transformación que el sistema capitalista mundial ha experimentado desde la segunda mitad del siglo pasado.
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Los textos recopilados en La China (prevalentemente) socialista conceden, con razón, un lugar destacado a la lucha de ideas entre el capitalismo y el socialismo, así como al enorme peso de la «guerra fría cultural» en la batalla entre dos visiones del mundo que son la encarnación ideal de dos formaciones socioeconómicas que —aunque puedan coexistir en determinadas etapas históricas— tienden necesariamente a prevalecer una sobre la otra. El odio de los liberales de derecha, centro e izquierda hacia la propia palabra «comunismo», así como hacia los emblemas y símbolos que encarnan su significado histórico-político, resulta, por tanto, comprensible; de ahí que el hecho de que, hace unos años, el Parlamento Europeo se viera manchado por la infamia de equiparar el nazismo y el comunismo pueda suscitar indignación, pero no asombro.
Menos previsible resulta el hecho de que el PCI, a partir de 1989, haya repudiado a su vez su propio nombre, una decisión que, como ha demostrado la historia posterior de dicha organización, ha supuesto también abandonar la identidad de clase asociada a ese nombre. El partido poscomunista nacido en la Bolognina no se transformó, de hecho, en un partido socialdemócrata; es decir, no abrazó una tradición político-cultural -cultural que representara los intereses del proletariado con programas más reformistas y «moderados» que los típicos de la tradición comunista, sino que se transformó directamente en un partido liberal «de izquierda», optando por representar los intereses, la cultura y los valores «posmodernos» de las nuevas clases medias generadas por la transición hacia el capitalismo «terciarizado» y «postindustrial» y concentradas en los centros de las grandes ciudades (9).
Volveré más adelante sobre las raíces profundas que han propiciado esta mutación —aparentemente sorprendente— de gran parte del marxismo occidental. Raíces que no se analizan en profundidad en el documento de los cuatro, quienes, como se ha dicho, se centran —con razón, pero con un énfasis demasiado exclusivo— en la historia de la «guerra fría cultural», lo que les lleva, entre otras cosas, a otorgar, en mi opinión, un peso excesivo al papel del trotskismo como personificación de la estrategia estadounidense de «combatir a los comunistas con los excomunistas».
El documento cita, entre otros, a Arthur Schlesinger, quien explica que «algunos sectores del Gobierno habían llegado a comprender y apoyar cada vez más las ideas de aquellos intelectuales que, desilusionados con el comunismo, seguían sin embargo fieles a los ideales del socialismo».
Estos intelectuales «de izquierda» que se habían distanciado del comunismo —pero sobre todo del llamado «socialismo real»— representaban el «núcleo» de un «socialismo democrático» que, según las propias palabras de Schlesinger, era «el baluarte más eficaz contra el totalitarismo», de esa «izquierda no comunista» que hacía las delicias de los burócratas que gestionaban la política exterior estadounidense.
Los herederos de esa tradición, cercana a la Cuarta Internacional, leemos en el documento, son hoy aquellos que apoyan abiertamente a los estudiantes anticomunistas de la plaza de Tiananmen, la causa del separatismo tibetano («llegando incluso a intentar hacer olvidar el origen feudal del Dalai Lama»), o a los estudiantes —también anticomunistas y prooccidentales— de Hong Kong, « sin tener ningún problema en encontrarse en el mismo frente político antichino junto a Salvini y Trump, además de no mostrar reacciones negativas ante el vergonzoso espectáculo de las banderas británicas y estadounidenses ondeadas por las fuerzas separatistas de Hong Kong, siervos de los legítimos herederos de aquel colonialismo occidental que desató la primera y atroz “guerra del opio” contra China en 1839-1842» .
Cierto. Pero ojalá esas actitudes se limitaran a los herederos de la Cuarta Internacional: los trotskistas, reducidos a una galaxia de escasas facciones que compiten entre sí, son una fracción ínfima de una izquierda radical occidental —con los discípulos posoperaistas de Antonio Negri a la cabeza—, cuya inmensa mayoría comparte estas posiciones, sin distinguirse de los excomunistas que pasaron del PCI al PD. Por eso, evitando la fácil tentación de adherirse a la tesis de la «traición» y/o de la incapacidad de resistir al enorme poder de los medios de persuasión en manos del enemigo de clase, es necesario indagar en las raíces del problema, analizando, en particular: 1) los límites intrínsecos teóricos e ideológicos inherentes al marxismo occidental; 2) las mutaciones socioeconómicas que han permitido al capitalismo de las metrópolis integrar a amplios sectores de sus propias clases subalternas (y, por lo tanto, también a las formaciones políticas que las representan y a los denominados «nuevos movimientos sociales»); ; 3) la incapacidad de superar la visión decimonónica (eurocéntrica) de la utopía socialista y de reconocer en los procesos históricos concretos de construcción del socialismo el resultado de la renovación teórica del marxismo puesta en práctica por las luchas revolucionarias de los pueblos del Sur del mundo. Estos son los temas fundamentales de la citada obra Más allá de Occidente, de próxima publicación por la editorial Meltemi. A continuación, adelantaré algunos de sus argumentos.
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Partiendo del último de los tres puntos que acabo de enumerar, citaré algunos fragmentos de un párrafo del capítulo 14, titulado «Por qué los marxistas dogmáticos y la izquierda radical niegan el carácter socialista de China».
Quienes niegan el carácter socialista del sistema chino pueden buscar argumentos en la teoría «clásica» de la transición que, en esencia, se basa en la Crítica al Programa de Gotha y en algunos pasajes de El Capital de Marx y de Antiduhring de Engels. Sobre todo en esta última obra, el autor escribe que el socialismo, en tanto que fase de transición al comunismo, no solo se caracteriza por la socialización de los medios de producción, sino que implica la desaparición de la producción mercantil y de las relaciones monetarias.
Lenin descartó dicha tesis a principios de la década de 1920 (en la época de la NEP), cuando rechazó las posiciones de la izquierda bolchevique y admitió que la transición sería larga e inevitablemente caracterizada por la persistencia de las relaciones mercantiles y monetarias.
Ya por entonces comenzó a circular, dentro del ala izquierda del comunismo internacional, la tesis de la restauración del capitalismo en Rusia y la definición del sistema soviético como «capitalismo de Estado». En la antología de escritos de Lenin Economía de la revolución (10), editada por Vladimiro Giacché, encontramos un artículo en el que el líder revolucionario replica que « el capitalismo de Estado del que se habla en todos los libros de economía es el que existe en el sistema capitalista, donde el Estado pone bajo su control directo algunas empresas capitalistas. Pero (…) el capitalismo de Estado que hemos introducido en nuestro país es de un tipo especial (…) Nosotros ocupamos todos los puestos clave. La tierra es nuestra [lo cual] es sumamente importante…».
Ese debate se prolonga desde entonces hasta nuestros días, sobre todo porque, como señala Rita di Leo (11), todos los análisis de la transición adolecen del hecho de que «no existe una teoría marxista creíble de la transición, o mejor dicho, no existe una teoría capaz de dar cuenta de las dinámicas evolutivas de una sociedad en la que un Estado socialista convive con una economía en la que persisten elementos del capitalismo». Ante estas formaciones socioeconómicas «híbridas», la izquierda occidental (…) reacciona afirmando que no se trata de sociedades «verdaderamente» socialistas, sino de diversas formas de capitalismo de Estado.
Mi tesis es que el único criterio capaz de zanjar la controversia en cuestión es político: «lo que realmente hay que comprender —escribo— es quién detenta el poder político y qué intereses de clase promueve y defiende» . Volviendo a China: es evidente que, según la definición «canónica» de socialismo, no podemos considerarla como tal; la respuesta es totalmente opuesta si nos preguntamos en qué dirección política avanza este gran país y, en este sentido, las respuestas formuladas en el documento de los cuatro me parecen irrefutables y decisivas.
Naturalmente, las izquierdas occidentales pueden replicar que los éxitos chinos solo demuestran que el capitalismo de Estado funciona, no que no se trate de capitalismo, y de este círculo vicioso solo se sale aceptando la lección de Gabriele citada anteriormente: en la realidad histórica concreta no existen formaciones socioeconómicas puramente socialistas, sino procesos concretos de transición que pueden desembocar o no en la realización de una sociedad socialista, la cual, sin embargo, nunca será una réplica del modelo del siglo XIX descrito por Marx y Engels.
Lo que acabamos de afirmar nos lleva al segundo punto: los socialismos realmente existentes no se corresponden con el ideal clásico porque son el producto de una aplicación creativa de la teoría marxista a las condiciones socioeconómicas concretas, así como a las tradiciones históricas, civiles y culturales en las que tuvieron lugar las revoluciones que los generaron.
Y las únicas revoluciones victoriosas han tenido lugar en países del Sur del mundo, porque la evolución del sistema capitalista mundial ha creado, al mismo tiempo, las condiciones para la integración de amplios sectores de las clases subalternas metropolitanas y las condiciones para la lucha revolucionaria de las grandes masas de los países periféricos y semiperiféricos. No me es posible aquí resumir las cientos de páginas del libro en las que defiendo dicha tesis, por lo que me limito a adelantar que se basa, entre otros argumentos, en los análisis que historiadores de largo plazo como Braudel han llevado a cabo sobre los orígenes y la historia del capitalismo, en los análisis de aquellos autores marxistas (Luxemburg, Baran, Sweezy y otros) que han demostrado que el sistema capitalista metropolitano solo puede reproducirse explotando las zonas periféricas y semiperiféricas mantenidas en condiciones de dependencia (véase Arrighi, Samir Amin, Frank y Wallerstein), así como en la historia de las luchas revolucionarias en Asia, África y América Latina y en las teorías elaboradas por sus líderes.
Por último, paso al primer punto, es decir, a las limitaciones intrínsecas del marxismo occidental. Las limitaciones teóricas se remontan muy atrás, hasta ciertos aspectos de las teorías de Marx y Engels que se basaban (como no podía ser de otra manera) en el análisis del nivel concreto de desarrollo alcanzado por el capitalismo del siglo XIX, de ahí que extrajeran generalizaciones y previsiones que no podían tener en cuenta la enorme extensión y complejidad de los desarrollos históricos posteriores. Aunque cabe recordar que Marx advirtió contra cualquier interpretación indebida de su propia obra como una descripción de las leyes generales de la historia, válidas para cualquier época y en cualquier contexto geográfico, civil y cultural (12). Advertencia que el marxismo occidental ha ignorado por completo, lo que ha dado lugar a una plétora de interpretaciones deterministas, economicistas, mecanicistas y cientificistas de la teoría marxista: véase al respecto la genial, aunque ignorada, labor de «restauración» llevada a cabo por György Lukács (13).
En cuanto a los límites ideológicos, estos están estrechamente relacionados con las transformaciones en la composición de clase (el ser social determina la conciencia) que han experimentado las sociedades occidentales tras la Segunda Guerra Mundial. La trayectoria de los «nuevos movimientos», desde finales de los años sesenta hasta la actual parodia «woke», coincide con la formación, el afianzamiento y el auge de las nuevas clases medias «creativas», generadas por los procesos de terciarización y desindustrialización de la segunda mitad del siglo XX, acelerados vertiginosamente por la revolución digital iniciada a finales de los noventa. Es en esas décadas donde hay que situar el crisol de las izquierdas «liberales», una cultura que no puede comprender el socialismo chino porque es «genéticamente» anticomunista.
Notas
(1) G. Cremaschi, Solo el socialismo puede salvarnos, Mimesis, Milán 2026.
(2) El término fue acuñado por Mao en un texto de 1938, en el que escribió que existen tres fases para ganar una guerra prolongada librada por una potencia más débil contra un adversario más fuerte (en aquel momento se refería a Japón): defensa estratégica, estancamiento estratégico y contraofensiva estratégica. El término «estancamiento estratégico» se refiere a la fase de equilibrio entre las fuerzas, tras la primera fase en la que la parte más débil logra evitar la aniquilación y prepara la tercera fase, en la que la parte inicialmente más débil toma la iniciativa y sale victoriosa.
(3) El primer volumen, del autor Alessandro Visalli, se publicará dentro de tres días; el segundo, del que suscribe, en la primera quincena de julio.
(4) El texto se encuentra en la dirección https://giuliochinappi.com/2026/06/07/la-cina-prevalentemente-socialista/
(5) Véase https://socialismodelsecoloxxi.blogspot.com/search?q=Screpanti
(6) Véase A. Gabriele, Enterprises, Industry and Innovation in the People’s Republic of China. Questioning Socialism from Deng to the Trade and Tech War, Springer Nature, Singapur 2020; véase también (con A. Jabbour) Socialist Economic Development in the 21st Century. A Century after the Bolshevik Revolution, Routledge, Londres-Nueva York 2022; véase, por último, La economía china contemporánea. Empresas, industria e innovación desde Deng hasta Xi, Diarkos, Santarcangelo di Romagna 2024.
7) Entre los críticos de la NEP se encontraba también Rosa Luxemburg, además de Bordiga y otros representantes de la izquierda de la III Internacional.
8) Sobre la necesidad de no equiparar el capitalismo con la existencia de relaciones de mercado, véase, en particular, F. Braudel, Civilización material, economía y capitalismo, 3 vols., Einaudi, Turín 1979.
(9) Sobre la distribución geográfica de la composición de clases en el capitalismo tardío, véase, entre otros, C. Guilluy, La France périphérique. Comment on a sacrifié les classes populaires, Flammarion, París 2014.
(10) Lenin, Economía de la revolución (ed. por V. Giacché), il Saggiatore, Milán 2017.
(11) Véase R. di Leo, El experimento profano. Del capitalismo al socialismo y viceversa, Futura editrice, Roma 2012.
(12) Me refiero a la conocida réplica de Marx al crítico ruso de El Capital, incluida en la antología India, China, Rusia. Las premisas para tres revoluciones, (ed. por B. Maffi), il Saggiatore, Milán 1960.
(13) La contribución de G. Lukács a la actualización de la teoría marxista, con especial referencia a su Ontología del ser social (4 vols., Meltemi, Milán 2023), la abordo en la primera parte del segundo volumen de Más allá de Occidente, de próxima publicación.


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