Jiang Zemin y Zhu Rongji

Zhu Rongji, el reformista que simboliza la factura social del denguismo, por Xulio Ríos

Zhu Rongji (1928-2026) pertenece a esa categoría de personajes que condensan las contradicciones de toda una época. Primer ministro de China entre 1998 y 2003, fue mucho más que el responsable de la política económica durante un quinquenio decisivo. Zhu fue el hombre encargado de convertir en reformas concretas algunas de las transformaciones que Deng Xiaoping había impulsado políticamente durante las dos décadas anteriores.

Su trayectoria queda estrechamente ligada a la de Jiang Zemin. Cuando Jiang fue llamado a Beijing tras la crisis de Tiananmen para asumir la secretaría general del Partido, Zhu Rongji, entonces alcalde de Shanghái, ocupó en agosto de 1989 la secretaría municipal del PCCh, convirtiéndose en su sucesor al frente del Partido en la gran metrópoli. La relación entre ambos, forjada en aquel laboratorio económico, sería decisiva para la posterior proyección de Zhu como uno de los colaboradores fundamentales de Jiang, al frente del Partido entre 1989 y 2002.

Esa relación entre ambos resulta esencial para comprender su posterior trayectoria. Jiang proporcionaba el marco político y Zhu la capacidad de ejecución económica. No eran figuras idénticas, pero formaban parte de una misma generación de dirigentes que entendía la continuidad del proceso iniciado por Deng en términos de mayor apertura, modernización institucional y profundización de los mecanismos de mercado. Zhu fue, en este sentido, un reformista denguista que no cuestionaba el sistema político ni pretendía sustituir el socialismo por el capitalismo, pero sí estaba dispuesto a introducir transformaciones profundas en la organización económica para hacerlo más funcional y adaptado a las nuevas condiciones.

Cuando sustituyó a Li Peng como primer ministro en marzo de 1998, el contraste era significativo. Li Peng había encarnado una orientación más conservadora, especialmente en los años posteriores a 1989, y había mostrado mayores cautelas ante determinadas consecuencias de la liberalización. Zhu llegaba, en cambio, con fama de “zar económico”, precisamente porque pretendía acelerar y ordenar la reforma, ganándose los elogios de un Occidente que interpretaba este rumbo como un esfuerzo de homologación.

Y el momento no podía ser más complejo. China experimentaba tasas de crecimiento extraordinarias, pero el éxito económico estaba generando sus propias contradicciones. La industrialización y la urbanización avanzaban a gran velocidad; aumentaban la productividad y la inversión; se ampliaba la inserción internacional y se preparaba el ingreso en la Organización Mundial del Comercio, finalmente consumado en 2001. Pero, al mismo tiempo, se acumulaban problemas que acompañarían durante décadas a la modernización china, desde el desempleo urbano al aumento de la desigualdad, contaminación, diferencias crecientes entre territorios y sectores sociales y debilitamiento de las viejas redes de protección vinculadas a las empresas estatales. Zhu fue precisamente quien recibió el encargo de intervenir sobre buena parte de esas estructuras.

Las empresas estatales

La reforma de las empresas estatales, las míticas “danwei”, constituye probablemente su legado más controvertido. El problema venía de lejos pues muchas empresas públicas acumulaban pérdidas, baja productividad y fuertes cargas sociales. Pero durante los años de Zhu la reestructuración adquirió una intensidad desconocida. La consigna de “agarrar a las grandes y dejar ir a las pequeñas” sintetizaba la nueva filosofía de un Estado que ya no aspiraba a mantener bajo su control directo todo el tejido empresarial, sino concentrarse en sectores y compañías estratégicos y permitir la salida del mercado de numerosas empresas pequeñas y deficitarias.

La operación fue económicamente decisiva y socialmente traumática. Millones de trabajadores perdieron sus empleos y se quebró el viejo vínculo entre empresa estatal, puesto de trabajo y protección social que había caracterizado la economía urbana. El Banco Mundial estimó que entre 1994 y 2006 el empleo en empresas estatales y colectivos urbanos cayó en unos 73 millones de trabajadores. Por tanto, el proceso de reestructuración de los años de Zhu fue uno de los mayores desplazamientos laborales de la historia contemporánea china.

Aquello produjo un enorme desgarro. Los trabajadores despedidos se convirtieron en uno de los símbolos sociales de la cara menos amable de la reforma. El nuevo mercado laboral ofrecía oportunidades, pero no necesariamente para quienes habían construido su vida alrededor de las empresas estatales. Las reformas de las pensiones, la sanidad y la protección social tuvieron que avanzar a toda velocidad precisamente porque el Estado estaba desmontando las formas anteriores de seguridad asociadas a las unidades de trabajo.

Por eso, la figura de Zhu no puede analizarse únicamente desde los indicadores de crecimiento. Su éxito consistió en buena medida en hacer posible una economía más competitiva, pero el coste fue una transformación social profunda. Incluso dentro del Partido y del aparato económico existieron críticas a la velocidad y a los métodos de la reestructuración. La reforma de las empresas estatales no fue una operación técnicamente neutra pues también redistribuyó costes, oportunidades y poder.

Su gestión no se limitó a las empresas estatales. Durante su etapa se impulsaron reformas fiscales y financieras, se reorganizó profundamente la administración central y se avanzó en la comercialización de la vivienda. En 1998 se puso fin al viejo sistema de vivienda basada en la asignación administrativa y se abrió paso a un mercado inmobiliario mucho más desarrollado. La reforma financiera, la disciplina presupuestaria y la reorganización administrativa respondían a la misma lógica de construir las instituciones necesarias para que el mercado pudiera funcionar dentro del marco de la “economía socialista”.

El ingreso en la OMC en 2001 fue quizá la expresión internacional más clara de esta orientación. China abría sus mercados pero, al mismo tiempo, pretendía convertir la competencia exterior en mecanismo para acelerar la transformación interna. El periodo de Zhu puede contemplarse así como una especie de gran operación de ajuste estructural a la china.

Un reformista sin complejos

Zhu Rongji fue un reformista porque estaba dispuesto a hacer lo que otros dirigentes no se atrevían, pero precisamente por eso acumuló también buena parte de las resistencias generadas por la reforma. No obstante, sería un error convertirlo en un simple apóstol de la liberalización. Zhu no defendía una retirada absoluta del Estado. Su proyecto consistía en hacer más eficaz al Estado precisamente mediante su abandono de determinadas funciones y su concentración en otras. El Estado debía abandonar empresas que consideraba inviables, pero conservar capacidad para dirigir los sectores estratégicos y mantener el control macroeconómico. En este sentido, su reforma estaba muy lejos de una transición hacia un modelo liberal occidental.

Ahí reside buena parte de su significado histórico. Zhu Rongji representa quizá el momento en que el denguismo alcanzó su máxima intensidad reformadora antes de que comenzaran a adquirir mayor protagonismo otras preocupaciones como la cohesión social, los desequilibrios territoriales, la sostenibilidad ambiental y la necesidad de corregir los costes distributivos de un crecimiento extraordinariamente rápido.

Su mandato, además, fue breve, de apenas cinco años. Llegó en 1998, sustituyendo a Li Peng, y abandonó el cargo en 2003, cuando fue relevado por Wen Jiabao. Pero esos cinco años fueron suficientes para dejar una huella considerable. Wen, bajo la dirección de Hu Jintao, heredaría una economía mucho más abierta, competitiva y globalizada, pero también una sociedad en la que las desigualdades y los costes sociales del crecimiento habían adquirido una dimensión política cada vez más evidente.

De ahí que pueda establecerse una cierta secuencia entre los tres primeros ministros. Li Peng representa la cautela ante la reforma; Zhu Rongji, su aceleración y racionalización; Wen Jiabao, la búsqueda de un nuevo equilibrio social dentro del denguismo tardío.

Zhu fue, en definitiva, el reformista que aceptó pagar -y hacer pagar- el precio de la reforma. Su figura resulta inseparable de la extraordinaria transformación económica de China durante el tránsito entre los siglos XX y XXI, pero también de las fracturas que esa transformación produjo. Si Deng Xiaoping había abierto la puerta a la economía de mercado, Zhu Rongji fue uno de quienes se encargaron de atravesarla con decisión, aun sabiendo que detrás de ella no había únicamente prosperidad, sino también desempleo, desigualdad, desplazamientos sociales y nuevas tensiones territoriales.

Por eso su legado sigue siendo ambivalente. Para unos, fue el gran modernizador económico que saneó empresas, bancos y administración y preparó a China para su entrada definitiva en la economía mundial. Para otros, simbolizó una reforma excesivamente dura, cuyo coste social recayó de manera desproporcionada sobre determinados grupos de trabajadores. Esa tensión entre eficacia reformadora y coste social permite leer el final del denguismo no solo como una historia de éxito económico, sino también como el origen de algunos de los problemas que después intentaron corregir Hu Jintao y Wen Jiabao con su mensaje de “sociedad armoniosa” y que pervive en la “prosperidad común” que ahora abandera el xiísmo.


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