Xi en Pyongyang, por Xulio Ríos

La visita de Xi Jinping a Corea del Norte, los días 8 y 9 de junio, constituye uno de los acontecimientos diplomáticos más significativos de los últimos años en el noreste asiático. Fue la primera visita del líder chino a Pyongyang en siete años y en un momento especialmente delicado para los equilibrios regionales.

Este encuentro Xi-Kim traza una clara evolución desde una política china centrada en la desnuclearización hacia otra centrada prioritariamente en la estabilidad. No porque Beijing haya abandonado formalmente su posición tradicional -sigue reiterando los cuatro principios sobre la península-, sino porque parece asumir que la desnuclearización ya no constituye un objetivo realista a corto plazo. La prioridad pasa a ser evitar una crisis, impedir un colapso y mantener a Corea del Norte dentro de un marco de dependencia estratégica de China.

Desde esa perspectiva, la visita podría resumirse en la fórmula de menos presión sobre el programa nuclear y más integración económica y estratégica. Es una adaptación pragmática a una realidad regional profundamente transformada por la guerra de Ucrania, el acercamiento ruso-norcoreano y la intensificación de la rivalidad sino-estadounidense.

No sorprende entonces que Xi haya definido las relaciones bilaterales como situadas en un “nuevo punto de partida histórico”, apelando asimismo a “nuevas oportunidades” y “nuevas misiones”. Más allá de la retórica habitual, estas expresiones sugieren la voluntad de abrir una nueva etapa en la relación sino-norcoreana. No obstante, las referencias a los acuerdos alcanzados y a los consensos logrados han sido deliberadamente generales, insistiendo sobre todo en la naturaleza especial de los vínculos entre ambos países. Ello sugiere que la importancia de la cumbre reside menos en los detalles concretos divulgados y más en los mensajes políticos que proyecta hacia el exterior.

El primero de ellos está relacionado con la competencia de influencias entre China y Rusia en Corea del Norte. Durante los últimos años, Beijing ha observado con cierta preocupación como su tradicional aliado ampliaba significativamente sus vínculos con Moscú. La guerra en Ucrania ha generado una convergencia de intereses entre Rusia y Corea del Norte que ha proporcionado a Pyongyang importantes beneficios. Moscú ha ofrecido cooperación militar, apoyo energético, cobertura diplomática y nuevas oportunidades económicas, mientras que Corea del Norte ha suministrado armamento y apoyo político al Kremlin.

Los efectos de esta aproximación son visibles incluso en la evolución interna del país. Diversos observadores han señalado una mayor actividad económica en Pyongyang, con un aumento de la construcción, de los servicios y del consumo urbano. La creciente apertura diplomática hacia otros países también ha contribuido a reducir parcialmente la sensación de aislamiento internacional.

Ante esta situación, China parece haber decidido reforzar activamente su presencia. La visita de Xi puede interpretarse como un esfuerzo por reanclar a Corea del Norte en la órbita china mediante instrumentos que Rusia difícilmente puede igualar. Moscú proporciona oxígeno estratégico; Beijing, en cambio, ofrece escala económica. China continúa siendo el principal socio comercial y la mayor fuente de asistencia económica para Corea del Norte, una posición que ninguna otra potencia está en condiciones de sustituir.

De ahí el anuncio de un ambicioso plan de acción destinado a ampliar la cooperación práctica en numerosos ámbitos: comercio, agricultura, construcción, ciencia y tecnología o infraestructuras, entre otros. Resulta especialmente significativa la reciente reanudación de las conexiones ferroviarias, aéreas y fronterizas suspendidas durante años a causa de la pandemia. Los trenes internacionales de pasajeros vuelven a circular entre ambos países y los vuelos regulares entre Beijing y Pyongyang han sido restablecidos. Asimismo, la creciente presencia de empresas y establecimientos norcoreanos en ciudades fronterizas chinas apunta a una revitalización de los intercambios económicos.

Pero la visita posee también una dimensión diplomática más amplia. Llega pocas semanas después de que Xi recibiera al presidente estadounidense Donald Trump y al presidente ruso Vladímir Putin. La secuencia difícilmente puede considerarse accidental. La imagen proyectada es la de una China capaz de gestionar simultáneamente relaciones complejas con actores enfrentados entre sí, presentándose como un centro organizador de poder político y diplomático en Asia.

Desde esta perspectiva, la cumbre con Kim trasciende la mera relación bilateral. Constituye una demostración de iniciativa estratégica. Beijing busca mostrar que sigue siendo un actor indispensable en cualquier ecuación relativa a la seguridad regional y que mantiene una influencia decisiva sobre uno de los países más imprevisibles del sistema internacional.

Otro aspecto particularmente revelador es la cuestión nuclear. A diferencia de la visita de 2019, cuando Xi insistió repetidamente en la desnuclearización de la península coreana y en el diálogo entre Washington y Pyongyang, las declaraciones emitidas en esta ocasión evitaron cualquier referencia directa a la desnuclearización. El énfasis se desplazó hacia la cooperación estratégica, la defensa de la soberanía y la protección de los intereses de desarrollo.

En conjunto,  Xi transmite un doble mensaje: recuerda a Pyongyang que China sigue siendo el socio indispensable para el desarrollo económico de Corea del Norte y que ningún acercamiento a Rusia puede sustituir esa realidad; y hacia Moscú y Washington, que Beijing continúa siendo el actor central en la gestión de los asuntos de la península coreana y que conserva capacidad de influencia sobre Kim Jong-un.

(Para Diario El Correo)


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