Entre Xi Jinping y Washington: la estrategia de Cheng Li-wun, por Xulio Ríos

La visita de Cheng Li-wun a Estados Unidos tras su encuentro con Xi Jinping puede leerse como un ejercicio clásico de la política taiwanesa, pero también como una operación de reposicionamiento personal y partidario en un momento particularmente delicado. Tradicionalmente, los principales líderes políticos de Taiwán que aspiran a gobernar la isla consideran indispensable contrastar sus planteamientos con Washington y, en cierta medida, obtener una validación tácita de Estados Unidos. Más aún cuando sus posiciones sobre las relaciones a través del Estrecho difieren de las defendidas por el gobernante Partido Democrático Progresista (PDP).

En este contexto, Cheng acudió a Estados Unidos con varios objetivos simultáneos. En primer lugar, transmitir la idea de que una confrontación militar entre China y Taiwán no es inevitable y que la política debe orientarse a evitar una guerra que perjudicaría no solo a ambas partes del Estrecho, sino también a los propios intereses estadounidenses. En segundo lugar, reivindicar al Kuomintang (KMT) como la fuerza política que históricamente ha demostrado una mayor capacidad para gestionar las relaciones con Beijing sin poner en riesgo la seguridad de Taiwán. Y, finalmente, presentar el diálogo como el instrumento más eficaz para reducir tensiones y preservar el statu quo.

El contenido de la visita reflejó claramente estas prioridades. Cheng mantuvo contactos con miembros de la diáspora taiwanesa, representantes de medios de comunicación, académicos, centros de estudios estratégicos y diversos responsables políticos estadounidenses. Más que buscar acuerdos concretos, el viaje pretendía influir en la percepción que existe en Washington acerca del KMT y de las alternativas estratégicas para Taiwán.

Los mensajes transmitidos fueron relativamente consistentes. En materia de relaciones a través del Estrecho, Cheng insistió en una idea que constituye el núcleo del discurso actual del KMT: la paz no puede construirse únicamente mediante la disuasión militar, sino que requiere canales políticos de comunicación. Frente a la fórmula implícita del PDP, basada en el fortalecimiento de las capacidades defensivas y en una creciente coordinación estratégica con Estados Unidos, Cheng defendió una aproximación que podría resumirse como “paz a través del diálogo”.

Esta posición se proyectó también sobre el debate relativo al gasto militar. El KMT ha mostrado reiteradamente reservas respecto a determinados incrementos presupuestarios y a algunas adquisiciones de armamento impulsadas por el gobierno. Aunque ello no implica un rechazo de la defensa nacional, sí refleja una visión diferente de las prioridades estratégicas. Para Cheng, el riesgo consiste en que una lógica exclusivamente militar contribuya a alimentar una dinámica de acción-reacción que termine aumentando la inseguridad regional.

Sin embargo, precisamente aquí aparecen las mayores dificultades de su mensaje en Washington. La recepción estadounidense fue, en términos generales, ambivalente. Por una parte, existe interés en escuchar a un partido que sigue representando a una parte muy significativa del electorado taiwanés y que podría regresar al poder en el futuro. Por otra, numerosos responsables estadounidenses continúan considerando que el fortalecimiento de la capacidad defensiva de Taiwán constituye un elemento indispensable de la estabilidad regional.

Las divergencias en torno a las compras de armamento y a los presupuestos de defensa alimentan la percepción, presente en algunos círculos estadounidenses, de que el KMT subestima la “dimensión coercitiva” de la política china. A ello se añade la sospecha de que determinadas propuestas de acercamiento podrían aproximarse, al menos parcialmente, a algunas de las tesis defendidas por Pekín sobre la necesidad de reducir la confrontación estratégica. Los desencuentros conocidos con representantes del Consejo de Seguridad Nacional estadounidense ilustran precisamente esa diferencia de enfoques.

No obstante, el viaje también puede interpretarse como un intento de recordar a Washington una realidad frecuentemente olvidada: el KMT ha sido, durante décadas, un actor fundamental para la estabilidad del Estrecho. De hecho, los períodos de mayor cooperación y menor tensión entre ambas orillas coincidieron generalmente con gobiernos nacionalistas. Desde esta perspectiva, Cheng trató de presentar al KMT no como una alternativa a la asociación entre Taiwán y Estados Unidos, sino como un “constructor de puentes” capaz de reducir los riesgos de conflicto sin alterar los alineamientos fundamentales de la isla.

La cuestión es si este argumento encuentra hoy el mismo eco que en el pasado. Hace una década, el KMT podía presentarse como garante de la estabilidad. Hoy necesita demostrar, además, que esa estabilidad no se logra a costa de la seguridad. Ahí reside la principal tensión de la estrategia de Cheng Li-wun: persuadir a Washington de que el diálogo con Beijing sigue siendo un activo estratégico y no una vulnerabilidad política.

La evolución de la competencia estratégica entre Estados Unidos y China ha transformado profundamente el contexto. Mientras que en otras etapas Washington valoraba principalmente la estabilidad, hoy concede una importancia creciente a la resiliencia militar, la seguridad tecnológica y el alineamiento estratégico. En ese marco, algunos sectores estadounidenses perciben que las posiciones del PDP encajan más naturalmente con las prioridades actuales de la política exterior estadounidense.

Por ello, uno de los principales desafíos de Cheng consiste en convencer a sus interlocutores de que el diálogo con Beijing no equivale a concesión, del mismo modo que el fortalecimiento de la defensa no debería excluir los canales políticos. Su apuesta pasa por demostrar que la seguridad de Taiwán puede reforzarse tanto mediante la disuasión como mediante la reducción activa de las tensiones.

La visita tuvo además una evidente dimensión interna. Cheng no solo hablaba en nombre del KMT; también proyectaba una imagen de liderazgo en un momento en que comienzan a perfilarse las futuras disputas dentro del partido con el horizonte de las elecciones presidenciales de 2028. En este terreno, el ascenso de Lu Shiow-yen, alcaldesa de Taichung, introduce un factor adicional de incertidumbre. Su creciente popularidad y su perfil pragmático han llevado a algunos observadores a considerarla una figura potencialmente más atractiva para ciertos sectores estadounidenses, interesados en interlocutores capaces de combinar firmeza en materia de seguridad y moderación en las relaciones con Beijing.

En consecuencia, el viaje de Cheng puede verse como una doble operación de legitimación: hacia el exterior, para reafirmar la utilidad estratégica del KMT ante Washington; y hacia el interior, para consolidar su propia posición dentro del partido. Y mostró la creciente dificultad del KMT para convencer simultáneamente a tres audiencias distintas -Washington, Beijing y el electorado taiwanés- cuando las prioridades de cada una divergen cada vez más.

Quizá el resultado más tangible de la visita sea precisamente el intento de establecer un canal de comunicación más directo y permanente con Estados Unidos en cuestiones de defensa y seguridad. El KMT es consciente de que, para ser considerado una alternativa creíble de gobierno, necesita disipar las dudas existentes en Washington respecto a su compromiso con la seguridad de la isla.

En definitiva, Cheng acudió a Estados Unidos con un mensaje sencillo pero difícil de vender en el contexto geopolítico actual: que la estabilidad del Estrecho requiere tanto capacidad de disuasión como voluntad de diálogo. La cuestión abierta es si Washington, cada vez más inmerso en una lógica de competencia estratégica con China, sigue dispuesto a conceder a la segunda de estas variables la importancia que el KMT considera indispensable. El éxito o fracaso de esa tarea no solo condicionará la proyección internacional de Cheng, sino también la capacidad futura del KMT para presentarse como la opción política que puede mantener simultáneamente la paz, la seguridad y la autonomía de Taiwán.

En última instancia, el viaje de Cheng Li-wun puso de manifiesto una paradoja cada vez más evidente. Mientras el KMT sigue considerando que la reducción de las tensiones pasa por reconstruir la confianza entre ambas orillas del Estrecho, Washington parece convencido de que la estabilidad depende, ante todo, de reforzar la capacidad de disuasión de Taiwán. Entre ambas visiones se juega no solo el futuro de las relaciones sino-estadounidenses en torno a la isla, sino también la capacidad del propio KMT para seguir presentándose como una alternativa de gobierno creíble en una época marcada por la rivalidad estratégica y la creciente polarización geopolítica.


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