La cumbre que la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) celebra estos días en Bishkek tiene una significación que trasciende la conmemoración de sus veinticinco años de existencia. No se trata solamente de hacer balance de una organización nacida en 2001. La OCS constituye también uno de los primeros escenarios en los que China comenzó a ensayar una diplomacia multilateral más ambiciosa, pasando progresivamente de ser objeto de las reglas del sistema internacional a participar activamente en su configuración.
El recorrido resulta revelador. En 1996, China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán constituyeron el denominado “Grupo de Shanghái”, inicialmente concebido para resolver problemas fronterizos y establecer medidas de confianza militar. En 2001, con la incorporación de Uzbekistán, aquel mecanismo adquirió una nueva dimensión y se transformó formalmente en la Organización de Cooperación de Shanghái.
Aquella transformación no fue un episodio menor de la diplomacia asiática. Para China significaba institucionalizar una relación con su entorno continental inmediato y, al mismo tiempo, comenzar a construir un espacio multilateral en el que pudiera ejercer influencia sin reproducir necesariamente los modelos institucionales occidentales.
De la frontera a Eurasia
La OCS nació alrededor de una preocupación esencialmente securitaria. Las fronteras, la estabilidad de Asia Central y la lucha contra lo que la organización denominó las “tres fuerzas”: terrorismo, separatismo y extremismo, constituían el núcleo de su primera agenda.
Pero aquella organización fue ampliándose progresivamente. En 2017 ingresaron India y Pakistán; en 2023 lo hizo Irán y en 2024 Bielorrusia. El resultado es una organización extraordinariamente heterogénea, que reúne hoy a diez Estados y que se extiende desde las fronteras orientales de China hasta Europa oriental, pasando por Asia Central, Rusia, el subcontinente indio y Oriente Medio.
La ampliación modificó necesariamente la naturaleza de la organización. Ya no podía ser concebida simplemente como un mecanismo de seguridad centroasiático. Tampoco podía convertirse fácilmente en una alianza política convencional pues sus miembros mantienen sistemas políticos diferentes, intereses nacionales frecuentemente divergentes y, en algunos casos, relaciones bilaterales particularmente complejas.
La India y Pakistán constituyen el ejemplo más evidente. Pero no es el único. China y Rusia son socios estratégicos, aunque no tengan siempre idénticas prioridades; India mantiene una relación estratégica con Rusia y simultáneamente compite con China; Irán tiene sus propios intereses regionales; y los países centroasiáticos buscan preservar un margen de autonomía entre las grandes potencias.
La supervivencia de la OCS durante un cuarto de siglo, por tanto, ofrece una primera enseñanza sustancial: su cohesión no procede de la homogeneidad, sino de la capacidad para administrar la heterogeneidad.
El entendimiento sino-ruso
En ese proceso, el entendimiento entre China y Rusia ha sido fundamental. No porque la OCS sea simplemente una organización dirigida conjuntamente por Beijing y Moscú, sino porque ambos países han encontrado en ella un espacio útil para coordinar intereses y preservar un marco de cooperación en Eurasia.
Desde la perspectiva china, Rusia aporta una dimensión estratégica y geopolítica indispensable. Para Moscú, la organización permite mantener una presencia institucionalizada en un espacio que considera fundamental y evitar que la creciente influencia económica china en Asia Central se traduzca automáticamente en una pérdida de protagonismo ruso.
El resultado es una suerte de equilibrio. China dispone de una extraordinaria capacidad económica y comercial; Rusia conserva un peso militar, energético y estratégico considerable. Los países centroasiáticos, por su parte, encuentran en la OCS un espacio en el que pueden relacionarse simultáneamente con ambas potencias.
Esta combinación explica buena parte de la longevidad de la organización.
De la seguridad al desarrollo
Pero quizá la transformación más importante de la OCS se encuentre en la evolución de su propia concepción de la seguridad, una preocupación que nunca ha abandonado.
Al contrario. En 2026 continúa reforzando mecanismos contra el terrorismo, la delincuencia transnacional, el narcotráfico, las amenazas cibernéticas y otros riesgos emergentes. La creación de nuevos centros especializados de seguridad pretende precisamente convertir los consensos políticos en mecanismos de cooperación más concretos.
Pero la seguridad ha dejado de ser concebida exclusivamente en términos militares o policiales. De hecho, la OCS ha incorporado progresivamente el comercio, las infraestructuras, la energía, la conectividad, la educación, la innovación tecnológica y la economía digital. En 2026 China destaca la puesta en marcha de siete plataformas de cooperación dedicadas a industria verde, economía digital, innovación científica y tecnológica, energía, educación superior, formación profesional e inteligencia artificial, con más de 160 proyectos. La lógica que sugiere es que la estabilidad no se obtiene únicamente protegiendo las fronteras; también creando condiciones para el desarrollo.
Es aquí donde la evolución de la OCS conecta particularmente con la concepción china de la seguridad y el desarrollo. Una región estable es aquella en la que disminuyen las amenazas políticas y militares, pero también aquella en la que existen conectividad, oportunidades económicas y mecanismos de cooperación capaces de reducir las fuentes estructurales de inestabilidad.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta ha contribuido a reforzar esta dimensión. La progresiva armonización entre las estrategias nacionales de desarrollo y los proyectos de conectividad euroasiática ha convertido a la OCS en un espacio donde geopolítica y economía aparecen cada vez más entrelazadas.
La heterogeneidad como modelo
La OCS es quizá el ejemplo más acabado de cómo China ha aprendido a construir instituciones internacionales sin exigir homogeneidad política entre sus participantes. Acostumbrados a la exaltación de las “ideas y valores” comunes como sustento de las alianzas y su ausencia como expresión de debilidad, la heterogeneidad asociativa es una característica de la OCS que merece una atención especial.
La organización reúne civilizaciones, culturas, religiones, sistemas políticos, niveles de desarrollo y tradiciones diplomáticas diferentes. Y, sin embargo, esa diversidad no es presentada necesariamente como un obstáculo que deba ser superado mediante la convergencia institucional.
El secretario general de la OCS, Nurlan Yermekbayev, ha insistido precisamente en esta idea al reivindicar el denominado “espíritu de Shanghái”: el respeto por la diversidad permite a los Estados conservar sus propias identidades mientras amplían los ámbitos de cooperación.
Aquí reside probablemente una de las aportaciones más interesantes de la experiencia de la OCS a la reflexión sobre las organizaciones internacionales. No exige uniformidad para producir cooperación. Es un modelo distinto al de muchas organizaciones surgidas en el espacio euroatlántico, donde la convergencia normativa y la proximidad de los sistemas políticos constituyen con frecuencia condiciones importantes para una integración más profunda. La OCS opera de otra manera. No pretende eliminar las diferencias. Trata de construir mecanismos de cooperación sobre ellas.
Por ello, quizá la principal aportación de la OCS sea haber demostrado que una organización internacional puede construirse no a partir de lo que sus miembros tienen en común, sino también a partir de aquello que los diferencia, siempre que exista suficiente voluntad de cooperación.
Esto explica también sus límites. La ausencia de una profunda integración supranacional reduce su capacidad para adoptar decisiones vinculantes y ejecutar políticas comunes. Pero, simultáneamente, esa misma flexibilidad hace posible que Estados con intereses muy diferentes permanezcan dentro de la organización.
Un laboratorio de la multipolaridad
Veinticinco años después, la OCS puede ser interpretada así como uno de los laboratorios de la nueva multipolaridad. No es una alianza militar al estilo de la OTAN. Tampoco es una organización de integración comparable a la Unión Europea. Y sería simplificador considerarla únicamente un instrumento antioccidental.
Su originalidad reside precisamente en ocupar un espacio intermedio: institucionaliza relaciones entre Estados que desean preservar su soberanía, rechazan una subordinación a una potencia exterior y, al mismo tiempo, consideran útil disponer de mecanismos permanentes de consulta y cooperación.
La ampliación de la OCS ha reforzado además su dimensión de plataforma del llamado Sur Global. El formato “OCS Plus” ha permitido ampliar el diálogo más allá de los miembros formales y conectar la organización con un círculo mucho más amplio de países y organizaciones internacionales.
En este sentido adquiere especial relevancia la propuesta de Xi Jinping de la Iniciativa para la Gobernanza Global (IGG), presentada precisamente en la reunión OCS Plus celebrada en Tianjin en 2025. La propuesta plantea una gobernanza internacional más representativa, participativa y equitativa y pretende insertar la experiencia de cooperación de la OCS en una discusión mucho más amplia sobre la arquitectura internacional. No es casual que Wang Yi haya planteado en 2026 que la OCS contribuya a convertirse en una suerte de “zona experimental” para la gobernanza global.
Los retos de los próximos veinticinco años
La celebración del aniversario no debería ocultar, sin embargo, los problemas que enfrenta la organización.
El primero es precisamente su extraordinaria diversidad. Cuantos más miembros incorpora, más difícil resulta alcanzar consensos sustantivos.
El segundo es la relación entre China y Rusia. La cooperación sino-rusa constituye uno de los pilares de la OCS, pero la organización deberá evitar convertirse en una simple extensión de sus respectivas estrategias nacionales.
El tercero es India. La presencia simultánea de China, India y Rusia otorga a la OCS una extraordinaria relevancia, pero también introduce una complejidad geopolítica considerable. La capacidad de mantener la organización operativa pese a las rivalidades entre sus grandes miembros será una de sus principales pruebas.
El cuarto reto es convertir la cooperación económica en resultados efectivos. La OCS ha avanzado mucho en declaraciones, plataformas y proyectos, pero todavía está lejos de constituir un mercado integrado. La conectividad, los pagos, las aduanas, la energía, las cadenas de suministro y la cooperación tecnológica ofrecen enormes posibilidades, pero también generan intereses contrapuestos.
Y existe finalmente un quinto desafío: evitar que la organización quede reducida a una plataforma declarativa. La proliferación de mecanismos y centros especializados deberá traducirse en capacidades institucionales reales.
China seguirá necesitando la OCS
Para China, la OCS, veinticinco años después, es y seguirá siendo importante. Lo será por razones geográficas. Asia Central constituye el espacio continental inmediato de China y una zona decisiva para sus conexiones energéticas, comerciales y logísticas.
Lo será también por razones estratégicas. La OCS proporciona a Beijing un marco institucionalizado para relacionarse simultáneamente con Rusia, India, Irán, Pakistán y las repúblicas centroasiáticas.
Y lo será, cada vez más, por razones diplomáticas. China está intentando proyectar una concepción propia de la gobernanza internacional basada en el multilateralismo, la soberanía estatal, la no injerencia, la cooperación entre civilizaciones y una mayor representación de los países del Sur Global.
La OCS constituye uno de los espacios donde esa concepción puede ponerse a prueba en la práctica.
Veinticinco años después, por tanto, la pregunta no debería ser únicamente qué ha conseguido la Organización de Cooperación de Shanghái. Quizá sea más interesante preguntarse qué revela la OCS sobre la China que la creó.
En 2001, China buscaba fundamentalmente estabilizar su vecindad y construir confianza con sus vecinos. En 2026, una China convertida en potencia global utiliza aquella organización para algo mucho más ambicioso como el articular un espacio euroasiático de cooperación, conectar seguridad y desarrollo y experimentar con formas de gobernanza internacional compatibles con la diversidad política y civilizatoria.
En suma, la OCS es una pieza destacada de la evolución de la diplomacia china: no es simplemente un instrumento geopolítico, sino un antecedente de la actual ofensiva conceptual de Beijing sobre la gobernanza global. En este sentido, la OCS, los BRICS y la IGG representan tres niveles distintos de una misma arquitectura internacional china.


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