En los últimos años, Taiwán se ha reiterado como un punto potencial de conflicto en el que podría librarse el pulso definitivo por la supremacía global en el presente siglo. Varios factores influyen, entre ellos, quizá los más relevantes sean la persistencia del rumbo secesionista en la isla, el reclamo de la reunificación en el continente como exponente irrenunciable de la gran revitalización de la nación china y el enconado pulso entre Washington y Beijing que puede encontrar aquí la piedra de toque sentenciadora.
La secuencia de ejercicios militares en su entorno a modo de advertencia sobre los riesgos de traspasar las líneas rojas manteniendo vivas las previsiones de la ley antisecesión aprobada en 2005, retrucadas desde la isla con una apuesta cada vez más decidida por el incremento del gasto militar, unido a las presiones que llegan desde la Administración Trump para resistir el envite continental, reafirmarían ese rumbo de colisión. El portaaviones insumergible, como definió el general MacArthur a Taiwán, va camino de transformarse en un impenetrable puercoespín, a juzgar por las estrategias implementadas desde hace una década.
En este contexto se desarrolló el reciente viaje de la líder del opositor Kuomintang, Cheng Li-wun, planteado como una gira histórica por la paz, precisamente para rebajar riesgos y evitar que el estrecho de Taiwán se pueda convertir en el Ormuz de Oriente.
En la isla, las posiciones están muy enfrentadas, con dos proyectos que rivalizan e imposibles de casar: uno afirmando la soberanía y otro negando la independencia. El escenario político está bloqueado y no es previsible que la situación cambie a la vista del horizonte de las elecciones locales de noviembre próximo. No se trata solo del Yuan Legislativo o de la acción de gobierno, incluso el Tribunal Constitucional permanece en punto muerto ante la incapacidad para establecer un acuerdo básico que garantice su normal funcionamiento.
Tras la visita de Cheng al continente, Beijing ofrece incentivos materiales de diverso tipo, desde el comercio al turismo, con el propósito de multiplicar los puentes para avanzar en la unificación de hecho… descalificados como meras estrategias de distracción.
En menos de un mes, Trump visitará China y Taiwán estará en la agenda. Xi quiere que cambie su discurso y también que ceda en la venta de armas. No lo tendrá fácil a pesar de la imprevisibilidad del presidente estadounidense. Pero en Taipéi también son conscientes de los riesgos.
Cheng no tiene dudas en suscribir el empeño de la unificación y su asociación con el Partido Comunista (PCCh), siempre a ritmo de altibajos, apunta con rotundidad a la defensa de que las dos repúblicas, la Popular y la de China que pervive en Taiwán, forman “una misma familia”. Directamente, en su visita, no mencionó la unificación pero del tono de sus discursos se deduce un claro compromiso en ese sentido. Además, Cheng no ahorró críticas a Japón y en buena medida responsabilizó su colonialismo (1895-1945) del estado de división de China, marcando un punto de inflexión en el abordaje de las relaciones bilaterales, muy saludadas por el presidente Lai Ching-te y, en general, por las fuerzas soberanistas.
La regularización de la comunicación PCCh-KMT, formaciones históricamente enemigas, es un hecho, retomando el tono instituido en 2005, cuando la propia Cheng, que recien había abandonado las filas del independentismo, fungía como portavoz del KMT en una visita histórica a Beijing para sellar un entendimiento que había permanecido roto durante sesenta años.
¿Nos conduce Cheng Li-wun más cerca de la paz o incluso más cerca de una solución a la cuestión de Taiwán? Es innegable que con Cheng habrá mayor proximidad en el discurso con el continente. Su partido, el KMT, como el PPT, la otra fuerza opositora con quien se coordina cada vez más, se sienten cómodos con esa idea de una misma familia, pero mucho va a depender de como se expresen los votantes taiwaneses el próximo noviembre durante las elecciones locales. Una derrota rotunda del soberanismo puede impulsar su liderazgo y quizá asegurar el cambio de rumbo en 2028, pero un revés supondrá su derrota política. Internamente, en su propio partido no todos comulgan con su enfoque y temen que le suponga costes en las elecciones si el soberanismo sitúa la relación con el continente como eje de la campaña. Tampoco esto es fácil en unos comicios locales donde pesan lo suyo otros asuntos más cercanos a las preocupaciones inmediatas de la ciudadanía.
Cheng se propone visitar EEUU en las próximas semanas para despejar cualquier duda sobre su voluntad de equilibrar los vínculos. En Washington persisten las dudas sobre el alineamiento con su política, muy advertida en la negativa a refrendar un plan de gasto en defensa de casi 40.000 millones de dólares que los críticos consideran un despropósito que solo puede servir para mejorar la balanza de resultados del complejo militar-industrial estadounidense.
En medio de tan acusada polarización, el verdadero impacto de este viaje solo podrá medirse en función del logro o no de las capacidades para transformar el capital político de Cheng en poder electoral y ejecutivo en los próximos dos años.
(Para Diario El Correo)


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