La 18ª Cumbre de los países BRICS se celebrará del 12 al 13 de septiembre en Nueva Delhi, con lo que India acoge por cuarta vez -tras 2012, 2016 y 2021- un encuentro del grupo. El evento se produce, además, en un momento particularmente complejo del escenario internacional, marcado por las guerras de Ucrania y Oriente Próximo, la rivalidad entre Estados Unidos y China, las tensiones comerciales y una creciente discusión sobre la reforma de las instituciones de la gobernanza mundial.
Desde su creación, hace ahora veinte años, los BRICS han experimentado una transformación sustancial. Nació como un espacio de diálogo entre Brasil, Rusia, India y China, al que se incorporó posteriormente Sudáfrica, y ha evolucionado hacia una plataforma mucho más amplia, con once miembros y una creciente institucionalización. Las sucesivas ampliaciones han aportado recursos, mercados, población y capacidad económica, pero también una heterogeneidad considerable de intereses, modelos políticos y orientaciones internacionales.
Precisamente ahí reside una de las principales paradojas de los BRICS. Su dimensión económica y demográfica es extraordinaria, pero su capacidad para traducir ese peso en acción colectiva continúa siendo limitada. El grupo representa ya cerca de la mitad de la población mundial y alrededor del 40 % del PIB global en términos de paridad de poder adquisitivo, pero sus miembros mantienen diferencias profundas sobre cuestiones esenciales.
Los retos internos son, por tanto, conocidos: gestionar la heterogeneidad, evitar que las rivalidades bilaterales bloqueen la cooperación y encontrar una agenda suficientemente amplia para que todos puedan reconocerse en ella. Es una dificultad que se ha interpretado a menudo como una limitación estructural de los BRICS para desempeñar un papel global más relevante. Sin embargo, quizá sea necesario cambiar la perspectiva.
El grupo BRICS no pretende -al menos todavía- convertirse en una alianza política o militar. Tampoco parece razonable medir su eficacia exclusivamente con los parámetros de las organizaciones occidentales, esperando de un conjunto tan heterogéneo posiciones comunes sobre todos los grandes conflictos internacionales. Su primera función es otra y remite a constituir un espacio de consulta, concertación y cooperación entre grandes países emergentes y representar, en el sistema internacional, una voz más articulada del llamado Sur Global.
Es una función importante, pero quizá insuficiente. Con la que está cayendo en el mundo, se echa en falta una dimensión más activa. El desafío consiste ahora en transformar el considerable potencial material de los BRICS en capacidades concretas de cooperación. Recursos energéticos, minerales estratégicos, producción industrial, mercados, población, tecnología, agricultura, infraestructuras y capacidad financiera proporcionan una base excepcional para ello. La cuestión es hasta qué punto esa potencialidad puede ser optimizada.
Para China, el futuro de los BRICS debería pasar antes por promover el desarrollo, coordinar capacidades y construir instrumentos de cooperación que por precipitar una agenda de confrontación geopolítica. Comercio, infraestructuras, finanzas, tecnología, energía, seguridad alimentaria, cadenas de suministro, innovación y mecanismos de pago pueden constituir ámbitos mucho más eficaces para consolidar el grupo que una excesiva politización.
La secuencia es importante. Primero, cooperación; después, coordinación; finalmente, mayor capacidad de influencia.
En otras palabras, la construcción de una alternativa al predominio de las grandes economías occidentales no tendría por qué comenzar proclamando una alternativa política al orden existente. Puede empezar creando capacidades propias que reduzcan gradualmente las dependencias. La cooperación financiera, el comercio en monedas locales, las infraestructuras, las nuevas tecnologías o la articulación de cadenas de suministro constituyen pasos mucho más tangibles en esa dirección. Los BRICS ya han avanzado en algunos de estos terrenos, aunque todavía de forma desigual.
Por eso, una precipitación política podría incluso resultar contraproducente. Si el grupo tratara de convertirse prematuramente en un bloque geopolítico, las diferencias entre sus miembros -incluidas las existentes entre China e India o entre distintas posiciones respecto a Rusia, Irán o Estados Unidos- podrían terminar erosionando las expectativas generadas por su expansión.
Consolidar la cooperación es la primera clave. Lograr después un mayor peso en la gobernanza global mediante una cooperación política más intensa sería la segunda.
La cumbre de Nueva Delhi puede ser significativa precisamente en esa transición. India, que debe dar el relevo a China, ha definido su presidencia de 2026 alrededor de la resiliencia, la innovación, la cooperación y la sostenibilidad, y ha desarrollado una intensa agenda de reuniones orientada a convertir la cooperación BRICS en resultados más prácticos.
La relación sino-india
Pero sobre el encuentro planea inevitablemente la relación entre China e India. Los dos países han experimentado una cierta mejora de sus relaciones durante los últimos dos años, después de la grave tensión fronteriza que marcó la relación bilateral. La presencia de Xi Jinping en Nueva Delhi, en su primer viaje a India en siete años, y su reunión con Narendra Modi constituirán, por ello, uno de los focos de atención de la cumbre. Hay expectativas de avanzar en cuestiones económicas, comerciales y de conectividad, aunque persisten importantes diferencias y un déficit de confianza que aconseja moderar las expectativas.
Los gestos entre ambos serán analizados con lupa. Y no solamente por lo que puedan significar para la relación bilateral. La relación sino-india es, en cierto modo, una de las variables decisivas para el futuro de los BRICS. Si las dos grandes potencias asiáticas son capaces de encontrar espacios de cooperación pese a sus diferencias, el grupo ganará consistencia. Si sus rivalidades se imponen, la heterogeneidad del conjunto será todavía más difícil de gestionar.
Hay aquí, además, una cuestión de enfoque. No deberíamos analizar los BRICS únicamente a partir de los parámetros tradicionales de la diplomacia occidental. Hacerlo puede llevar a interpretar como debilidad lo que responde a una lógica diferente de construcción de consensos. La diplomacia china, en particular, ha insistido en una concepción gradualista: ampliar primero los espacios de coincidencia, desarrollar mecanismos de cooperación y generar confianza antes de intentar traducir esa cooperación en posiciones políticas más ambiciosas. No se trata necesariamente de sustituir un bloque por otro, sino de modificar progresivamente la distribución de capacidades.
Esa lógica explica también por qué Beijing parece conceder tanta importancia al desarrollo y a la cooperación práctica dentro de los BRICS. El objetivo no sería convertirlos inmediatamente en una alianza vocacionalmente antioccidental, sino dotarlos de instrumentos propios y de una mayor autonomía económica, financiera, tecnológica y normativa. El embajador chino en India ha resumido recientemente esta visión apelando a los principios, la apertura, la cooperación, la resiliencia y la eficacia de los BRICS.
La cuestión de fondo es, por tanto, si los BRICS pueden dar el salto desde la representación del descontento hacia la construcción de capacidades correctoras. Ahí está probablemente su verdadera prueba. Porque denunciar las insuficiencias de la gobernanza global resulta relativamente sencillo. Mucho más difícil es construir mecanismos capaces de hacerla diferente. Y los BRICS disponen hoy de una dimensión económica, demográfica y estratégica que les permitiría intentarlo.
Nueva Delhi puede ser un paso más en ese camino. No necesariamente el nacimiento de un nuevo bloque mundial, sino algo quizá más relevante a largo plazo como la progresiva construcción de una plataforma de cooperación capaz de otorgar al Sur Global mayor autonomía, capacidad de negociación y peso normativo.
El tiempo dirá si los BRICS son capaces de convertir su extraordinaria dimensión en influencia efectiva. De momento, el potencial está ahí. Lo que falta es convertirlo en poder de coordinación e influencia.


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