Prólogo: “Comunidad de Futuro Compartido”, por Xulio Ríos

Los mapas nunca han sido una mera representación del territorio. Más allá de su función descriptiva, condensan una determinada visión del mundo. Delimitan fronteras, jerarquizan espacios, aproximan unas realidades y alejan otras. Son, en definitiva, una forma de ordenar la complejidad. Pero ningún mapa basta por sí solo para comprender la geografía que representa. La geografía necesita caminos para ser recorrida. De igual modo, las relaciones internacionales necesitan conceptos para ser comprendidas.

Cada época construye su propio vocabulario político. Los conceptos no son simples palabras; son instrumentos intelectuales que permiten interpretar la realidad, identificar prioridades y orientar la acción colectiva. Hablar de equilibrio de poder, guerra fría, bipolaridad, globalización o multipolaridad no significa únicamente describir un estado de cosas, sino adoptar determinadas categorías analíticas que condicionan nuestra forma de entender el mundo.

Cuando la realidad cambia más deprisa que los conceptos que utilizamos para explicarla, aparece inevitablemente una sensación de desconcierto. Los viejos mapas siguen existiendo, pero los caminos ya no conducen allí donde esperábamos.

Probablemente eso es lo que caracteriza el momento histórico actual. El orden internacional surgido tras el final de la Guerra Fría atraviesa una profunda transformación. La distribución del poder económico, tecnológico y político se diversifica; emergen nuevos actores con capacidad para influir en la gobernanza global; las instituciones internacionales afrontan crecientes dificultades para responder a desafíos comunes; y el eje de la economía mundial continúa desplazándose hacia Asia.

Durante décadas, gran parte del debate internacional estuvo articulado alrededor de conceptos elaborados en el ámbito occidental. Liberalización, democratización, gobernanza, seguridad cooperativa, interdependencia compleja o globalización fueron categorías que marcaron la agenda intelectual de finales del siglo XX. Su influencia fue tan amplia que con frecuencia llegaron a confundirse con la propia realidad, como si constituyeran el único lenguaje posible para interpretar el sistema internacional.

Sin embargo, la historia nunca permanece inmóvil. El ascenso de nuevas potencias no solo modifica los equilibrios materiales; también transforma los marcos intelectuales desde los que esos equilibrios son interpretados. La emergencia de China como actor global no consiste únicamente en el crecimiento de su producto interior bruto, en el desarrollo de sus capacidades tecnológicas o en la expansión de su influencia diplomática. Supone también la irrupción de nuevas categorías de análisis, nuevos lenguajes políticos y nuevas propuestas para pensar el orden internacional.

Comprender la política mundial del siglo XXI exige, por tanto, algo más que medir capacidades económicas o militares. Requiere comprender los conceptos que los distintos actores emplean para definir sus intereses, justificar sus iniciativas y proyectar su visión del futuro. Porque los conceptos, igual que los mapas, no son neutrales y revelan cómo cada sociedad imagina el mundo y cuál cree que debe ser su lugar en él.

Este libro parte precisamente de esa convicción. Aspira, sobre todo, a explorar el universo conceptual que acompaña la creciente proyección internacional de China y el diálogo que esas ideas mantienen con los desafíos del Sur Global. En un momento de transición histórica, comprender esos conceptos equivale a recorrer algunos de los caminos que están configurando la geografía política del siglo XXI.

De hecho, hoy nos hallamos ante la paradoja de que la China que aprendía del mundo ahora nos propone conceptos. Indudablemente esto es reflejo de una profunda transformación internacional protagonizada por China durante las últimas siete décadas. No se trata únicamente de un extraordinario proceso de desarrollo económico o de modernización tecnológica. También es la historia de una evolución intelectual, la de un país que pasó de estudiar las experiencias ajenas para acelerar su propio desarrollo a convertirse en un productor de modelos destinados a influir en la comprensión del orden internacional.

En la etapa de Mao Zedong, la política exterior china estuvo profundamente condicionada por las circunstancias de la revolución, la Guerra Fría y la necesidad de afirmar la soberanía de un Estado recién constituido. La defensa de la independencia nacional, la solidaridad con los movimientos de liberación del llamado Tercer Mundo y la oposición simultánea a las dos superpotencias marcaron buena parte de su actuación internacional. Conceptos como la coexistencia pacífica, la autosuficiencia o la teoría de los Tres Mundos reflejaban una visión del sistema internacional centrada en la emancipación política y en la preservación de la autonomía estratégica.

La llegada de Deng Xiaoping abrió una etapa radicalmente distinta. La prioridad pasó a concentrarse en la modernización. El desarrollo económico pasó a convertirse en el eje de la estrategia del Estado y, en consecuencia, la política exterior adquirió un carácter marcadamente pragmático. La célebre recomendación de “ocultar las capacidades y esperar el momento oportuno” (taoguang yanghui) sintetizaba una actitud orientada a crear un entorno internacional estable que facilitara el crecimiento interno. China aprendía del mundo cuando atraía inversión extranjera, incorporaba tecnologías, enviaba millones de estudiantes al exterior y observaba con extraordinaria atención las experiencias internacionales de desarrollo.

Durante los mandatos de Jiang Zemin y Hu Jintao ese proceso alcanzó una nueva dimensión. La incorporación a la Organización Mundial del Comercio en 2001 simbolizó la plena inserción de China en la economía global. Al mismo tiempo, comenzaron a aparecer las primeras formulaciones conceptuales que buscaban tranquilizar a la comunidad internacional acerca del significado de su ascenso. Expresiones como “desarrollo pacífico”, “ascenso pacífico” o “mundo armonioso” pretendían transmitir la idea de que el crecimiento chino no reproduciría las lógicas expansionistas asociadas a otras potencias emergentes en la historia.

Aquellas formulaciones representaban un paso importante, pero seguían siendo esencialmente reactivas. China respondía a las inquietudes que despertaba su ascenso; todavía no aspiraba plenamente a definir la agenda conceptual del sistema internacional.

Ese salto se produce con la llegada de Xi Jinping. A partir de 2012, la diplomacia china deja de limitarse a explicar el ascenso del país para comenzar a formular una visión integral del orden internacional. China ya no se presenta únicamente como un participante responsable del sistema existente, sino como un actor dispuesto a contribuir activamente a su reforma y evolución.

Esta transformación guarda una estrecha relación con el propio desarrollo del país. Tras varias décadas de crecimiento sostenido, China considera que ha acumulado suficiente capacidad económica, tecnológica, institucional y diplomática para desempeñar un papel más activo en los asuntos internacionales. Pero ese nuevo protagonismo no se expresa únicamente mediante inversiones, comercio o infraestructuras. Se manifiesta también a través de un esfuerzo sistemático por construir un lenguaje propio de las relaciones internacionales.

No es casualidad que, paralelamente al fortalecimiento de su presencia internacional, se haya intensificado el desarrollo de una escuela china de relaciones internacionales. Autores como Qin Yaqing, Zhao Tingyang, Yan Xuetong o Wang Yiwei participan en un debate intelectual que busca articular categorías capaces de dialogar con las teorías occidentales sin limitarse a reproducirlas. No se trata de sustituir un paradigma por otro, sino de ampliar el repertorio conceptual disponible para comprender una realidad internacional cada vez más plural.

Si las etapas anteriores de la política exterior china estuvieron definidas por la prudencia o la adaptación, el período encabezado por Xi Jinping se caracteriza por una extraordinaria capacidad de innovación conceptual. En apenas una década, China ha construido un conjunto de iniciativas, principios y categorías que conforman una auténtica gramática de las relaciones internacionales.

La expresión no es casual. Una gramática no determina el contenido de un discurso, pero establece las reglas mediante las cuales ese discurso adquiere coherencia. Del mismo modo, las distintas iniciativas impulsadas por China durante los últimos años no constituyen propuestas aisladas. Forman parte de una arquitectura conceptual que pretende ofrecer una interpretación integrada de los principales desafíos del siglo XXI.

El punto de partida de esa arquitectura es la noción de Comunidad de Futuro Compartido para la Humanidad. Elevada progresivamente al rango de eje central de la diplomacia china e incorporada a numerosas resoluciones internacionales, esta idea parte de una constatación sencilla pero de profundas implicaciones: en un mundo crecientemente interdependiente, los grandes desafíos ya no pueden resolverse desde perspectivas exclusivamente nacionales. La seguridad, el desarrollo, la salud pública, el cambio climático o la estabilidad financiera constituyen problemas compartidos que exigen respuestas cooperativas.

Sobre esa base se articula una secuencia de iniciativas que buscan traducir ese principio general en diferentes ámbitos de actuación: la Iniciativa de la Franja y la Ruta, la Iniciativa para el Desarrollo Global, la Iniciativa para la Seguridad Global, la Iniciativa para la Civilización Global, la Iniciativa para la Gobernanza Global.

Observadas aisladamente, estas iniciativas pueden parecer programas sectoriales. Consideradas en conjunto, revelan una ambición que aspira a ofrecer una narrativa alternativa sobre la gobernanza global. Una narrativa en la que el desarrollo precede al conflicto, la cooperación sustituye a la confrontación como principio organizador y la diversidad de sistemas políticos deja de concebirse como un obstáculo para la colaboración internacional.

Naturalmente, esta gramática internacional suscita debates. Sus críticos cuestionan el grado de correspondencia entre el discurso y la práctica, la posible instrumentalización estratégica de algunos conceptos o la existencia de intereses nacionales detrás de propuestas formuladas en términos universales. Sus defensores, por el contrario, sostienen que estas iniciativas representan una contribución necesaria para adaptar la gobernanza global a una realidad multipolar y más representativa del peso creciente del Sur Global.

Sea cual sea la valoración que merezcan, es difícilmente discutible que China ha dejado de limitarse a participar en el lenguaje de las relaciones internacionales para convertirse en uno de sus principales productores. Esa transformación constituye probablemente uno de los cambios intelectuales más relevantes del siglo XXI. Entender el mundo contemporáneo exige, por tanto, comprender también la gramática con la que China intenta nombrarlo y contribuir a ordenarlo.

Un nuevo sinocentrismo también conceptual

A medida que China recupera una posición central en la economía y la política mundiales, resulta inevitable que resurja una vieja pregunta: ¿estamos asistiendo al retorno del Reino del Centro?

La cuestión no carece de fundamento histórico. Durante buena parte de su historia imperial, China articuló un orden regional basado en una concepción jerárquica de las relaciones internacionales. El denominado sistema tributario situaba al Imperio como referencia política, económica y cultural de Asia Oriental. Aquella centralidad descansaba sobre la convicción de que China representaba el principal foco de civilización, mientras los territorios circundantes ocupaban posiciones variables dentro de un orden cuya legitimidad emanaba precisamente de ese centro.

Sin embargo, identificar el ascenso contemporáneo de China con la restauración de aquel modelo conduciría a una simplificación histórica considerable.

La China del siglo XXI no puede aspirar a reproducir el antiguo sinocentrismo porque el mundo en el que actúa ha cambiado radicalmente. La globalización, las cadenas internacionales de producción, la revolución digital, la integración financiera y la creciente complejidad de los desafíos globales han configurado un sistema profundamente interdependiente en el que ninguna gran potencia puede alcanzar sus objetivos de forma aislada.

China constituye probablemente el mejor ejemplo de esa paradoja. Su peso en el comercio internacional, en la industria manufacturera, en la innovación tecnológica, en las infraestructuras, en la transición energética o en las cadenas globales de suministro resulta hoy determinante para el funcionamiento de la economía mundial. Sin embargo, esa creciente centralidad no reduce su dependencia respecto del resto del mundo; por el contrario, la intensifica.

China necesita mercados exteriores para sostener buena parte de su crecimiento; necesita estabilidad financiera internacional; necesita materias primas procedentes de múltiples continentes; necesita cooperación científica; necesita corredores marítimos seguros; necesita instituciones internacionales relativamente funcionales; necesita, en definitiva, un entorno internacional estable para culminar su proceso de modernización.

Pero la relación es igualmente recíproca. La economía mundial depende crecientemente de la capacidad productiva china, de sus inversiones, de sus infraestructuras, de sus avances tecnológicos, de su mercado interno, de su liderazgo en sectores estratégicos como las energías renovables o los vehículos eléctricos y de su participación en la resolución de problemas globales como el cambio climático o la gobernanza digital.

Quizá sea precisamente aquí donde resida una de las principales novedades del momento histórico actual. La centralidad internacional de China ya no puede entenderse como una relación de subordinación jerárquica, sino como una red extraordinariamente compleja de dependencias mutuas. 

Podría hablarse, en este sentido, de un sinocentrismo interdependiente.

No se trata de la restauración del antiguo orden tributario ni de la construcción de una nueva hegemonía clásica. Se trata de una centralidad profundamente condicionada por la propia globalización. China ocupa una posición cada vez más influyente, pero su capacidad de liderazgo depende también de la estabilidad de un sistema internacional del que forma parte inseparable.

Esta característica explica, en buena medida, la insistencia de la diplomacia china en conceptos como cooperación, conectividad, desarrollo compartido o comunidad de futuro. Más allá de su dimensión normativa, estos conceptos reflejan también esa realidad objetiva de una prosperidad china y una estabilidad internacional que han pasado a ser variables crecientemente inseparables.

En este contexto, la relación entre China y América Latina es un laboratorio de la nueva multipolaridad. Si la transformación internacional impulsada por China constituye uno de los grandes procesos históricos del siglo XXI, pocos espacios permiten observarla con tanta claridad como América Latina y el Caribe. Durante mucho tiempo, la presencia china en la región fue interpretada casi exclusivamente a través de indicadores económicos asociados al crecimiento del comercio bilateral, la inversión en infraestructuras, la financiación del desarrollo o la creciente demanda de materias primas. Sin embargo, esa lectura, aunque necesaria, resulta hoy claramente insuficiente.

Las relaciones entre China y América Latina han adquirido una densidad política, institucional, tecnológica y cultural que trasciende ampliamente el ámbito económico. La cooperación científica, la transición energética, la economía digital, la inteligencia artificial, la seguridad alimentaria, la conectividad, la educación superior o los intercambios culturales forman parte ya de una agenda extraordinariamente amplia que refleja el grado de madurez alcanzado por unos vínculos que difícilmente pueden seguir interpretándose mediante categorías propias de las tradicionales relaciones Norte-Sur.

Más aún, América Latina se ha convertido en uno de los escenarios donde mejor puede observarse la transformación del orden internacional. La región ya no constituye únicamente un espacio de proyección de las grandes potencias; es también un actor cuya autonomía estratégica adquiere creciente importancia en un contexto de transición hacia una configuración más plural del poder mundial.

En ese escenario, la relación con China obliga a replantear numerosas categorías heredadas. La creciente presencia de Beijing no implica necesariamente la sustitución de una hegemonía por otra ni la reproducción mecánica de nuevas dependencias. Tampoco puede interpretarse exclusivamente como una competencia geopolítica con Estados Unidos. En realidad, introduce un elemento mucho más complejo relacionado con la ampliación del margen de decisión de numerosos países, que encuentran en la diversificación de sus relaciones internacionales nuevas oportunidades de desarrollo, negociación y cooperación.

Desde esta perspectiva, América Latina constituye un auténtico laboratorio de la multipolaridad emergente. Es en esta región donde se ensayan nuevas formas de cooperación Sur-Sur, nuevos mecanismos financieros, nuevas iniciativas de desarrollo y nuevos lenguajes diplomáticos que reflejan una distribución del poder mucho más compleja que la existente hace apenas tres décadas. 

En este contexto adquiere especial relevancia la propuesta china de construir una Comunidad de Futuro Compartido para la Humanidad. Más allá de las distintas interpretaciones que suscita, esta formulación ofrece un marco normativo que intenta responder a una pregunta esencial: ¿cómo organizar la cooperación internacional en un mundo caracterizado simultáneamente por una creciente interdependencia y una intensa competencia estratégica?

Los trabajos reunidos en este volumen constituyen una excelente muestra de la creciente madurez alcanzada por los estudios sobre China y América Latina. Lejos de ofrecer una lectura única, los distintos capítulos dialogan entre sí desde perspectivas metodológicas diversas, enriqueciendo una discusión que exige precisamente pluralidad de enfoques.

El resultado es una obra colectiva que combina rigor académico, diversidad disciplinaria y sensibilidad hacia uno de los procesos más relevantes de nuestro tiempo. Los coordinadores —Li Huailiang, Aníbal Carlos Zottele, Maria Francesca Staiano y Aymara Gerdel— merecen un reconocimiento especial por haber reunido contribuciones capaces de dialogar entre sí sin renunciar a sus respectivas especificidades. Esa capacidad de articular voces diferentes constituye, probablemente, una de las mayores fortalezas de este volumen.

A menudo se afirma que el siglo XXI será el siglo de Asia o, más concretamente, el siglo de China. Tal afirmación, además de prematura, corre el riesgo de reducir un proceso extraordinariamente complejo a una simple cuestión de jerarquías entre potencias.

Quizá la verdadera cuestión no consista en determinar quién ocupará el centro del sistema internacional, sino en comprender cómo está cambiando la propia naturaleza de ese sistema.

La emergencia de China no representa únicamente el ascenso de un nuevo actor global. Expresa también la progresiva aparición de un mundo intelectualmente más plural, donde distintas tradiciones históricas y diferentes experiencias de modernización participan en la construcción de nuevas respuestas a problemas compartidos.

Comprender China ya no significa únicamente estudiar su economía, su política o su desarrollo tecnológico. Significa comprender una manera distinta de formular preguntas sobre la gobernanza, el desarrollo, la seguridad, la cooperación o la modernidad. Significa aceptar que el vocabulario de las relaciones internacionales está ampliándose y que ninguna tradición intelectual posee ya el monopolio de la interpretación del orden mundial.

En este sentido, el mayor mérito de este libro reside precisamente en invitar al lector a recorrer ese nuevo territorio conceptual. No ofrece respuestas definitivas, ni pretende clausurar debates que apenas comienzan. Propone algo mucho más valioso como abrir caminos para pensar un mundo en transformación.

Y una coda final: Durante buena parte de la Edad Moderna, Europa exportó instituciones, normas y conceptos con los que el mundo aprendió a interpretar las relaciones internacionales. En el siglo XX, Estados Unidos consolidó ese predominio intelectual mediante un vocabulario asociado al orden liberal internacional. El siglo XXI no anuncia necesariamente la sustitución de un lenguaje por otro, sino la convivencia entre tradiciones conceptuales diferentes. La aportación más significativa de China quizá no consista únicamente en alterar la distribución del poder mundial, sino en incorporar nuevas categorías al repertorio intelectual con el que pensamos ese poder.

Porque si el siglo XX fue el tiempo en que China aprendió del mundo, el siglo XXI puede ser recordado como el tiempo en que el mundo comenzó a estudiar las categorías con las que China interpreta la política internacional.

Para descargar el libro tan solo tienes que entrar en el siguiente enlace: https://www.bubok.com.mx/link/GbmWn0Nxf


Comentarios

Podes deixar aquí un comentario sobre o artigo