Hay un corpus muy rico de escritores latinoamericanos a propósito de China: Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano (de manera más indirecta), Miguel Ángel Asturias o Lisandro Otero. Sus miradas permiten rehacer la forma en que China se fue imaginando desde América Latina a lo largo del siglo XX.
En este sentido, las memorias de Lisandro Otero, “Llover sobre mojado”, son mucho más que un ejercicio autobiográfico. Como el propio autor advierte, constituyen “una reflexión personal sobre la historia”, una forma de reconstruir el siglo XX a través de los lugares, las personas y los acontecimientos que marcaron su trayectoria. Entre esos escenarios China ocupa un lugar singular.
Otero visita China en 1968, durante una escala en su viaje a Vietnam, es decir, en un momento de máxima radicalización de la Revolución Cultural. Pero escribe “Llover sobre mojado” ya después de la reforma y apertura de Deng Xiaoping, cuando existe suficiente distancia temporal para reinterpretar aquella experiencia. Eso le otorga a sus memorias un valor añadido ya que no escribe desde la inmediatez ni desde la simple propaganda, sino desde la memoria en una especie de diálogo entre el Otero que observa y el Otero que recuerda.
No permaneció mucho tiempo en Beijing, pero aquella breve estancia coincidió con uno de los momentos más convulsos de la Revolución Cultural. El resultado es un testimonio especialmente valioso porque recoge la impresión de un intelectual latinoamericano que observa desde dentro una revolución distinta de la cubana, aunque nacida de un mismo impulso emancipador.
Lo primero que impresiona a Otero es la profundidad histórica de China. La arquitectura imperial de Beijing le parece incluso más imponente que la de Versalles. No se trata únicamente de una comparación estética. Detrás de esa observación late la conciencia de encontrarse ante una civilización cuya continuidad histórica supera cualquier referencia europea. China aparece como un universo donde la revolución convive con un pasado milenario imposible de borrar.
Pero esa fascinación inicial pronto deja paso a la perplejidad. El capítulo “El Sol del Este” ofrece un retrato de una capital dominada por la efervescencia política de la Revolución Cultural. Las consignas, las movilizaciones y el debate ideológico ocupan todos los espacios públicos. Allí, escribe, comprendió que “la historia busca su justificación en la filosofía”. La frase resume una intuición profunda: en la China maoísta la política no se limitaba a administrar el poder, sino que pretendía fundamentarse constantemente en una elaboración doctrinal que explicaba tanto el pasado como el presente y el futuro.
Esa frase conecta con esa característica permanente de la cultura política china que apunta a la tendencia a dotar la acción política de una fundamentación intelectual, conceptual y moral. Mao lo hacía a través del marxismo sinizado; décadas después, también Deng, Jiang, Hu o Xi acompañaron cada grande cambio con una elaboración teórica específica. Quizá Otero intuía ya ese trazo profundo de la política china, que va más allá de la propia Revolución Cultural.
Sin embargo, esa intensa movilización ideológica convivía con una realidad mucho menos dinámica. Otero observa una China prácticamente paralizada. La enorme conmoción política parecía haber frenado el funcionamiento ordinario del país. No llega a establecer una relación causal definitiva -“quizá como consecuencia de ella”-, pero deja abierta la impresión de que la revolución permanente podía terminar bloqueando la propia capacidad de transformación material.
Una de las observaciones más llamativas de sus memorias es la afirmación de que “en aquella China, la Edad Media aún estaba a flor de piel”. La expresión no debe entenderse como un juicio despectivo, sino como la percepción de que las estructuras mentales, las costumbres y determinadas formas de organización social conservaban una profundidad histórica que la revolución aún no había conseguido alterar completamente. Eran los “cuatro viejos” a combatir sin tregua: las viejas ideas, las viejas costumbres, los viejos hábitos, la vieja cultura. Frente a la rapidez con que Cuba pretendía construir un hombre nuevo sobre una sociedad relativamente joven, China parecía avanzar cargando con varios milenios de tradición. En realidad, Otero está describiendo esa convivencia entre la revolución y una civilización de milenios, algo que también fascinó a otros visitantes como Edgar Snow, Simone de Beauvoir ou María-Antonietta Macciocchi, si bien cada uno llegó a conclusiones diferentes.
Ese contraste adquiría además una dimensión política muy concreta. En aquellos años las relaciones entre Beijing y La Habana atravesaban uno de sus peores momentos. China dirigía duros ataques ideológicos contra la dirección cubana, acusándola de abandonar el impulso revolucionario para concentrarse únicamente en mejorar el nivel de vida de la población y aproximarse excesivamente a la Unión Soviética. Otero conoce perfectamente ese contexto, pero evita convertir sus recuerdos en una respuesta polémica. Prefiere mostrar la paradoja de que mientras Cuba era criticada por privilegiar el desarrollo económico, la China revolucionaria parecía encontrarse inmersa en una movilización política que dificultaba precisamente ese desarrollo.
En este sentido, sus memorias constituyen también una reflexión indirecta sobre los diferentes caminos del socialismo durante la Guerra Fría. Cuba y China compartían una revolución victoriosa nacida en el campo de batalla, pero comenzaban a recorrer trayectorias divergentes. Resulta muy significativa la conversación que Otero recuerda con André Malraux en París, en 1966. El escritor francés subrayaba una similitud histórica poco habitual al indicar que tanto en China como en Cuba fue el ejército revolucionario quien terminó creando el partido, mientras que en la experiencia soviética ocurrió exactamente lo contrario. No era una diferencia menor. Señalaba dos formas distintas de construir el poder revolucionario y de entender la relación entre organización política y lucha armada.
Probablemente esa conversación ayudó a Otero a interpretar la evolución posterior de ambos procesos. La afinidad de origen no impedía que las revoluciones desarrollaran culturas políticas muy diferentes. La experiencia china aparecía marcada por una extraordinaria densidad histórica y filosófica, por una permanente tensión ideológica y por un peso civilizatorio que condicionaba el propio ritmo de la revolución.
China dejó así una huella visible en la reflexión de Lisandro Otero. No tanto como objeto de estudio sistemático, sino como espejo desde el que pensar las posibilidades y las contradicciones de toda experiencia revolucionaria. Sus páginas no ofrecen respuestas definitivas sobre el maoísmo ni sobre las relaciones sino-cubanas. Pero precisamente por eso conservan un gran interés al mostrar el momento en que un intelectual cubano descubre que, detrás de la retórica común de las revoluciones socialistas, existían historias, culturas y tiempos históricos profundamente diferentes. Esa constatación, más que cualquier conclusión ideológica, es quizá el verdadero legado de su encuentro con China.


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