La gran oscilación demográfica china, por Xulio Ríos

La cuestión demográfica china, cada vez de más actualidad, cabe abordarla no como un problema aislado, sino como un fenómeno inseparable del proceso de modernización. En cierto modo, la evolución poblacional resume muchas de las tensiones de esa transformación histórica marcada por el paso de una sociedad agraria tradicional a una potencia industrial, urbana y tecnológica. La paradoja actual es que China afronta ahora los problemas demográficos típicos de las sociedades más avanzadas cuando todavía está completando algunas tareas fundamentales de su modernización.

A finales de la dinastía Qing, China era ya uno de los países más poblados del mundo. Entre los siglos XVIII y XIX la población había crecido de forma espectacular, pasando de unos 150 millones de habitantes a más de 400 millones. Este crecimiento se sustentaba en una economía agraria de baja productividad, donde los hijos constituían una fuente de trabajo y una garantía de sustento para la vejez. Las elevadas tasas de natalidad coexistían con una elevada mortalidad, frecuentes hambrunas y una gran vulnerabilidad social. La presión demográfica fue, de hecho, uno de los factores que contribuyó a las tensiones económicas y sociales que acompañaron la crisis final del imperio.

Durante la etapa republicana (1912-1949), las guerras civiles, la invasión japonesa y la fragmentación política impidieron la implementación de cualquier política demográfica coherente. La población continuó creciendo, aunque de forma irregular, mientras la mortalidad seguía siendo elevada. Los intelectuales modernizadores comenzaron a debatir la relación entre población y desarrollo, pero la supervivencia estatal era entonces una prioridad mucho más urgente que la planificación demográfica.

La llegada de la República Popular en 1949 inauguró una nueva etapa. La historia demográfica de la Nueva China refleja una constante del proceso de modernización, es decir, la búsqueda de equilibrio entre planificación estatal y dinámicas sociales. Durante décadas, el Estado creyó poder dirigir la evolución demográfica mediante instrumentos administrativos. Hoy descubre que las preferencias individuales, los costes económicos y los cambios culturales poseen una fuerza propia que limita la capacidad de intervención gubernamental. De alguna manera, la cuestión demográfica muestra los límites de la ingeniería social incluso en un sistema político con una capacidad de planificación extraordinariamente desarrollada.

En sus primeros años, el liderazgo de Mao Zedong consideró que una población numerosa constituía un activo estratégico. La idea de que “cuanta más gente, más fuerza” respondía tanto a una lógica ideológica como geopolítica. La rápida expansión de los servicios sanitarios básicos y la mejora de las condiciones de vida redujeron drásticamente la mortalidad, mientras la natalidad permanecía muy elevada. El resultado fue una explosión demográfica sin precedentes. Entre 1949 y finales de los años setenta, la población china pasó de aproximadamente 540 millones a cerca de mil millones de habitantes.

Sin embargo, a partir de los años setenta comenzó a imponerse una visión diferente. Los dirigentes chinos llegaron a la conclusión de que el crecimiento demográfico podía convertirse en un obstáculo para la modernización económica. La primera campaña de control de la natalidad (“más tarde, más espaciado y menos hijos”) redujo significativamente la fecundidad incluso antes de la introducción de la política del hijo único. No obstante, tras el inicio de la reforma y apertura, Deng Xiaoping y los nuevos dirigentes optaron por una medida mucho más radical. La política del hijo único, implantada en 1979, pretendía acelerar el desarrollo económico limitando el crecimiento de la población.

Desde una perspectiva histórica, resulta difícil exagerar la magnitud de esta decisión. Ningún otro Estado había intervenido de manera tan profunda y prolongada en las decisiones reproductivas de cientos de millones de personas. La política contribuyó a reducir la presión sobre recursos, educación, vivienda y empleo, facilitando en cierta medida el despegue económico de las décadas posteriores. Pero también generó importantes costes sociales y demográficos como el envejecimiento acelerado, reducción de la población activa, desequilibrios territoriales y un fuerte sesgo de género derivado de la preferencia tradicional por los hijos varones.

Durante mucho tiempo, estos efectos quedaron ocultos por el extraordinario crecimiento económico. China disfrutó durante décadas del llamado “dividendo demográfico”, es decir, una enorme población en edad de trabajar y relativamente pocos dependientes. Ese dividendo fue uno de los pilares invisibles del milagro económico chino. Sin embargo, a medida que la población comenzó a envejecer, las ventajas del modelo empezaron a agotarse.

El sexto censo nacional de 2010, organizado bajo los auspicios de Hu Jintao y Wen Jiabao, marcó un punto de inflexión. Los datos mostraron claramente el envejecimiento de la población, la caída de la natalidad y el desequilibrio entre hombres y mujeres: 180 millones de personas mayores de 60 años (el 13,26% de la población, 3 puntos más que en 2000); el desplome de la natalidad, con una disminución del 16,6% en la proporción de niños de 0 a 14 años, y el enorme desequilibrio entre sexos, marcado por un déficit catastrófico de mujeres de entre 30 y 40 millones.

Desde entonces, las autoridades han ido relajando progresivamente las restricciones. En 2013, se permitió tener dos hijos si uno de los padres era hijo único. En 2015, puso fin oficialmente a la política del hijo único. Todas las parejas casadas pudieron tener dos hijos. En 2021, ante la falta de un repunte en la natalidad, el límite se elevó a tres hijos. Sin embargo, la respuesta social ha sido mucho más limitada de lo esperado.En 2025, el país registró la tasa de natalidad más baja de su historia, con una tasa de fertilidad que había caído drásticamente a un hijo por mujer por debajo de la tasa de reemplazo de 2,1, mientras que los 11 millones de muertes superaron con creces los 7,92 millones de nacimientos. Las previsiones apuntan a que la población mayor de 63 años represente el 39 % para 2050.

La razón de esta dramática evolución radica en que el problema actual ya no es político sino estructural. Durante décadas se asumió que la baja natalidad era consecuencia de las restricciones estatales. Hoy se comprueba que las causas son mucho más profundas y se parecen cada vez más a las observadas en Japón, Corea del Sur o Europa. La urbanización, el aumento del nivel educativo, la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, el retraso del matrimonio y la transformación de las aspiraciones individuales han modificado radicalmente el comportamiento reproductivo. En este sentido, China no constituye una excepción histórica.

A ello se añade un factor especialmente relevante: el extraordinario coste de criar y educar a un hijo. La feroz competencia educativa, la importancia de los exámenes, el precio de la vivienda en las grandes ciudades y las elevadas expectativas familiares hacen que muchos jóvenes perciban la maternidad y la paternidad como una carga económica difícilmente asumible. Paradójicamente, cuanto más ha avanzado China en su modernización, más costoso se ha vuelto tener hijos.

Por eso, el descenso de la natalidad refleja también un profundo cambio cultural. Durante siglos, la familia fue la principal institución de seguridad social en China. Tener hijos era una necesidad económica, un deber moral y una garantía para la vejez. La modernización ha alterado profundamente esa lógica.  Las nuevas generaciones valoran cada vez más la realización personal, la estabilidad profesional y la calidad de vida. Cada vez más jóvenes consideran el matrimonio y la maternidad o paternidad como opciones individuales y no como obligaciones sociales. El problema para las autoridades es que esta transformación cultural resulta mucho más difícil de revertir que una simple regulación administrativa.

En consecuencia, el modelo familiar tradicional de varias generaciones conviviendo bajo un mismo techo se debilita, mientras aumenta el número de personas que retrasan o renuncian al matrimonio. La famosa estructura “4-2-1” -cuatro abuelos, dos padres y un hijo- simboliza esta transformación de la familia china contemporánea.

El desafío para China es enorme. La disminución de la población activa puede afectar al crecimiento económico, aumentar la presión sobre los sistemas de pensiones y sanidad y agravar los desequilibrios territoriales entre regiones dinámicas y zonas en declive. Al mismo tiempo, el envejecimiento acelerado obliga a replantear políticas laborales, sociales y tecnológicas. La apuesta por la automatización, la inteligencia artificial y el incremento de la productividad responde en parte a esta realidad demográfica.

Por tanto, la cuestión demográfica china puede interpretarse como una sucesión de respuestas a problemas que cambiaban con cada fase de la modernización. A finales de la época imperial, el problema era cómo alimentar a una población inmensa con una productividad agraria limitada. En la etapa maoísta, la población numerosa se consideró un recurso para la construcción nacional y el desarrollo socialista. Con Deng Xiaoping, el exceso de población pasó a percibirse como un obstáculo para la modernización económica. Hoy, en cambio, la insuficiencia de nacimientos aparece como una amenaza para la sostenibilidad del crecimiento. En apenas un siglo, China ha transitado por las tres grandes preocupaciones demográficas de la modernidad: exceso de población, equilibrio poblacional y déficit de población.

Otro aspecto importante es que la demografía se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional. La reducción de la población activa afecta a la competitividad económica, al sostenimiento del sistema de bienestar y, potencialmente, a la capacidad de movilización militar. No es casual que el liderazgo actual vincule cada vez más la cuestión demográfica con la estrategia de rejuvenecimiento nacional. La población ya no se contempla únicamente como un factor social, sino como un elemento de poder nacional integral.

En última instancia, la cuestión demográfica ilustra una de las grandes paradojas de la China contemporánea. Durante décadas, el Estado trató de reducir los nacimientos porque consideraba que había demasiada población para alcanzar la prosperidad. Hoy, una vez alcanzados niveles de desarrollo sin precedentes, el problema es precisamente el contrario: cómo convencer a una sociedad cada vez más urbana, educada e individualizada de que tenga más hijos. El reto ya no consiste en controlar la demografía, sino en adaptarse a las consecuencias de una modernización que ha transformado profundamente la relación de los ciudadanos con la familia, el trabajo y el horizonte de futuro.

La caída actual de la natalidad no es consecuencia de un fracaso de la modernización, sino precisamente de su éxito. No es un problema heredado exclusivamente de la política del hijo único, sino la consecuencia de la convergencia entre esa política y los profundos cambios económicos, sociales y culturales producidos por el propio éxito de la modernización china. Esa combinación es la que convierte el envejecimiento y la baja natalidad en uno de las ecuaciones estratégicas más complejas para China durante las próximas décadas.


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