La gobernanza global en modo China, por Xulio Ríos

En la diplomacia china es harto frecuente el aserto de que las capitales occidentales acostumbran a decir una cosa y hacer otra; en Beijing, por el contrario, se afanarían por hacer lo que dicen. Hay una máxima china recurrente que vien al caso: “Los antiguos hablaban poco por temor a que sus actos no fueran coherentes con sus palabras”. Quizá por eso, para las autoridades chinas, la coherencia, también en la diplomacia, no es cosa menor y procura medir al milímetro sus palabras.

Siguiendo dicho hilo de razonamiento, más allá de acometer la ardua tarea de leer en los posos del café que tantas veces puede resultar necesario para orientarse en la política china, importa especialmente tener en cuenta y tomar en serio las directivas formales que inspiran el proceder de Beijing en áreas clave. Un elemento relevante, por ejemplo, son los libros blancos pues, en gran medida, sintetizan sus diagnósticos y estrategias y, ciertamente, operan como hojas de ruta que es posible no solo seguir sino muy conveniente analizar para preveer conductas y acciones.

Recientemente publicado, el Libro Blanco sobre la Gobernanza Global, ofrece su propia lectura sobre la coyuntura crítica que atraviesa el orden internacional, quizá en su momento más determinante tras el fin de la Guerra Fría. Mientras las instituciones de posguerra se debaten entre sus grandes aspiraciones y las capacidades tradicionalmente pírricas cotizando a la baja, tan agredidas también paradójicamente por las potencias que las inspiraron, los nuevos poderes emergentes pugnan por mejorar su nivel de reconocimiento e influencia.

Hubo un tiempo en que a China, muy centrada en su transformación económica interna, se le recriminaba su falta de compromiso y responsabilidad internacional. Estaba a lo suyo. Pero el incremento de su poder global debería entrañar también la asunción de cometidos y funciones de diverso calibre, de igual modo que asumían otras potencias.

Desde entonces, China ha escalado de forma progresiva  incorporando mayores cotas de responsabilidad y trasladando al orden global su holgada posición en otros ámbitos, en especial los ligados al desarrollo y, ahora, la tecnología. Lo ha venido haciendo desarrollando un discurso y una política propia, lo cual no ha gustado nada a muchos de aquellos que le reclamaban arrimar el hombro. El énfasis en la defensa de otra visión y en la postulación de otra política, sin seguidismos ciegos, sugirieron entonces otra crítica: pasamos de echar en cara el no implicarse a reprobar el implicarse al margen del discurso dominante. Entonces, se dijo que China era “asertiva” y que, en realidad, lo que pretende es aprovechar el actual momento de confusión para desplazar a Occidente del liderazgo global y establecer una nueva hegemonía.

Xi Jinping y el nuevo sinocentrismo

Desde el inicio de su mandato en 2012, Xi Jinping dio un gran impulso a la proyección internacional de China, acelerando significativamente el tránsito de la periferia al centro del sistema internacional. En paralelo, ha multiplicado las propuestas para implementar un sinocentrismo de nuevo tipo, adaptado a la realidad y expectativas del siglo XXI.

Hoy día, podríamos decir que su iniciativa más destacada es la referida a la gobernanza global, un asunto sobre el que versa el citado libro blanco. En él, China bosqueja su crítica a la ansiedad occidental por preservar, al coste que sea, su posición privilegiada en un contexto de grandes transformaciones que apuntan tanto a reequilibrios económicos como al surgimento de nuevos ámbitos de poder que es preciso regular -desde la inteligencia artificial al ciberespacio-, negándose a admitir que otros hagan lo de siempre de forma tan unilateral como impositiva.

Que China quiere destruir “el orden basado en reglas” es el nuevo mantra, muy esgrimido ya durante la atapa de la Administración Biden. Lo cierto es que, en gran medida, ha sido Occidente, eso que algunos llaman pomposamente la “comunidad internacional”, quien ha venido laminando dichas reglas porque el actual orden ya no conviene a sus propios intereses. Donald Trump es muy claro y rotundo en eso. Sin disimulos ni paños calientes.

No obstante, lo que China plantea en sus papeles es una reforma y actualización del sistema internacional, de modo que evolucione en paralelo a la realidad mundial. En tal sentido, por ejemplo, defiende el mantenimiento de la ONU como “núcleo” del sistema -que EEUU pretende finiquitar como si cualquier cosa-. Para China no es imprescindible ni deseable su liquidación sino su amparo y actualización, una tarea, por otra parte, nada fácil.

En paralelo, China ha estado desarrollando una red de asociaciones como los BRICS o la Organización de Cooperación de Shanghái, muy centradas en el tópico del desarrollo o en una visión de la seguridad muy deudora de una cierta concepción del bienestar. Es esta una cuestión clave para diferenciar el eje de proyección de las capacidades chinas frente a las opciones securitarias occidentales que establecen marcos de actuación severamente discriminados: una cosa es la seguridad y otra lo demás mientras para China representan las dos caras de una misma moneda. Y eso, en la práctica, explica también la dificultad que puede encontrar EEUU para subvertir los fuertes vínculos económicos con muchos países, ahora con gobiernos alineados con la peor derecha estadounidense. En América Latina, por ejemplo.

Complementariamente, las iniciativas (sobre Desarrollo, Seguridad, Civilización o Gobernanza) que teorizan a otra escala propuestas como la Franja y la Ruta también ardumanente combatidas  o que dan forma a la “comunidad de futuro compartido”, trazan un sugestivo mapa indicativo de otra manera de interpretar e imaginar el orden mundial. Hay escepticismo sobre todo esto, sin duda, pero sería un error descalificarlo sin más y no reconocer que progresivamente su influencia avanza, muy especialmente en los países del Sur Global, precisamente porque van acompañadas de acciones prácticas que interpretan como un beneficio mutuo.

La adopción de sistemas de gestión de los nuevos ámbitos emergentes y abiertos a la disputa es clave para asegurarse posiciones relevantes en los dominios del futuro. Es por eso que China, por ejemplo, lidera la instalación de sedes como la Organización Mundial de Datos o la Organización Internacional de Mediación. A la vez, incide cada vez más en desafíos que hoy condicionan el futuro de la humanidad como el clima, un aspecto este en el que hoy pocos en Occidente le pueden ya dar lecciones. No hace muchos años era todo lo contrario.

Todo ello puede sonar a mera narrativa persuasiva que oculta aquel propósito hegemónico. Esta China, no obstante, abandonó hace tiempo cualquier intención mesiánica y es consciente de los severos condicionantes de su propia realidad económica, demográfica, etc., quedándole un largo trecho para culminar su modernización. Es la segunda economía del mundo, es verdad, la primera en paridad de poder adquisitivo, pero figura en la posición 73 si el ángulo de análisis es la renta per cápita. Mucho por hacer aún. Pero no solo. Quien conozca su historia y su cultura, puede convenir en que es altamente improbable que China aspire a ser el nuevo EEUU del siglo XXI.

Por contra, es claro el propósito de alentar una gobernanza post-occidental. Eso incluye el rechazo de cualquier implicación en un hipotético G2 o un G7+1. Ese cambio de paradigma por el que aboga se fundamenta en la nueva realidad global. No es un voluntarismo ideológico. La multipolaridad se traza como la base de su modelo de gobernanza global, apostando por abrir espacios mayores a los países en desarrollo y del Sur Global, instituyendo el multilateralismo como mecanismo procedimental para abordar los desafíos globales.

Reforma y no ruptura

El gradualismo que ha caracterizado la transformación de China en los últimos 40 años es el mismo gradualismo que plantea ahora para definir un nuevo sistema internacional a partir del marco institucional existente.

Esto sugiere que no será un proceso lineal. Habrá reveses. Ahora mismo podría parecer que los esfuerzos de Estados Unidos por frenar a China y restaurar su primacía en regiones como América Latina u Oriente Medio están dando sus frutos. Trump ha emprendido iniciativas más agresivas para movilizar a los países del hemisferio occidental en torno a su causa echando mano de las herramientas habituales de su diplomacia, la presión, el poder duro y, en no menor medida, las alianzas económicas -minerales críticos, semiconductores, etc-, para lograr este objetivo. No es solo China quien debe afrontar estas dificultades sino también todos aquellos países que aspiren a ejercer libremente su autonomía estratégica.

Sea como fuere, con independencia de las vicistudes de cualquier coyuntura, cabe esperar que la influencia de China se traslade mucho más y cada vez más velozmente de las instancias económicas a las políticas y a los ámbitos cruciales, asumiendo un mayor protagonismo. Y Occidente, la “comunidad internacional”, deberá aceptar y convivir con esa nueva realidad porque ya no está en su mano el poder imponer otra cosa.

Esta evolución marcará el nuevo estatus global de China y representará uno de los legados más significativos del xiísmo.

(Para CTXT)


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