¿Fue Jiang un “buen” o un “mal” dirigente? En verdad, la formulación correcta de la pregunta sería qué problema histórico resolvió y qué problemas dejó abiertos.
Jiang resolvió uno enorme: cómo mantener vivo el denguismo después de la tragedia de Tiananmen y convertir la reforma en una dinámica irreversible de crecimiento e integración internacional. Pero dejó otros clave en la agenda presente y futura como la desigualdad, corrupción, debilitamiento de determinados mecanismos redistributivos, creciente poder económico privado, tensiones territoriales y sociales, autonomía de intereses dentro del Partido, y una organización política cuya cohesión dependía cada vez más de mecanismos de control.
Jiang recibió un denguismo herido y lo transformó en denguismo institucionalizado y globalizado. Deng había proporcionado las grandes categorías -reforma, apertura, economía de mercado socialista, enriquecerse primero-, pero Jiang tuvo que convertirlas en políticas capaces de funcionar a gran escala y en un contexto internacional mucho más complejo. Es por tanto la figura que convierte el denguismo en un modelo de estabilización, integración y aceleración.
Su legado resulta especialmente interesante visto desde el tiempo de Xi Jinping ya que muchas de las correcciones introducidas por Xi pueden leerse, en parte, como una respuesta a los límites y contradicciones acumulados durante el ciclo Jiang-Hu Jintao.
Desde el presente, Xi Jinping no ha desmontado los principales logros del período Jiang. La “economía de mercado socialista” continúa siendo una pieza esencial del modelo, China sigue profundamente integrada en la economía mundial, la apertura internacional continúa formando parte de su estrategia y la incorporación de las nuevas fuerzas productivas al desarrollo sigue siendo una prioridad.
Lo que si ha cambiado es la jerarquía entre esos elementos. Durante Jiang, podría resumirse el orden de prioridades como crecimiento, reforma, apertura y estabilidad. Bajo Xi, la secuencia parece haberse invertido: Partido, seguridad, cohesión y desarrollo. Se trata, naturalmente, de una simplificación, pero permite comprender la diferente sensibilidad de ambas etapas.
Xi parece considerar que algunos de los fenómenos acumulados durante las décadas anteriores -corrupción, desigualdad, autonomía de determinados intereses económicos, debilitamiento de la disciplina interna o pérdida de centralidad ideológica- podían terminar comprometiendo la propia capacidad del Partido para dirigir la modernización. La campaña anticorrupción, el énfasis en la disciplina, la “autorrevolución” del Partido, la recuperación del discurso ideológico y la subordinación de los distintos actores económicos a objetivos políticos y sociales más definidos pueden interpretarse también como una respuesta a los desequilibrios generados durante el ciclo de apertura acelerada.
Por tanto, más que hablar de una ruptura entre Jiang y Xi, resulta más preciso hablar de corrección y reencuadramiento. Xi ha conservado buena parte de la arquitectura construida por Deng, Jiang y Hu, pero ha cambiado el lugar que ocupa cada pieza. El Partido debe recuperar la primacía sobre la economía, la sociedad y el Estado; el crecimiento ya no puede justificar por sí mismo cualquier coste; la seguridad adquiere una dimensión transversal y la cohesión ideológica vuelve a ocupar un espacio que durante el período Jiang había quedado parcialmente desplazado por la prioridad concedida al desarrollo.
Incluso las Tres Representaciones han quedado integradas en la genealogía oficial del socialismo con características chinas. Así las cosas, Jiang no ha sido borrado de la historia del Partido. Su legado ha sido incorporado a una narrativa acumulativa en la que cada generación desarrolla y corrige la anterior.
Xi, por ejemplo, no ha eliminado tampoco esa incorporación del sector privado; de hecho, sigue formando parte activa del modelo. Pero ha insistido mucho más en que el capital debe quedar subordinado a objetivos políticos y sociales definidos por el Partido. La prosperidad común, la regulación de las plataformas digitales, la disciplina del sector privado o la recuperación de la centralidad del Partido expresan, entre otras cosas, una reacción ante algunos desequilibrios acumulados durante aquella fase. Por eso no cabe presentar el xiísmo como una simple “rectificación anti-Jiang”. Es más preciso hablar de reencuadramiento.
Quizá esa sea la mejor manera de entender el significado histórico de Jiang Zemin a los cien años de su nacimiento. No fue un segundo Deng, ni tampoco un simple dirigente de transición entre Deng y Hu Jintao. Fue quien convirtió el denguismo en una etapa histórica plenamente operativa después de Tiananmen. Si Deng había abierto la puerta de la reforma, Jiang convirtió esa apertura en un proceso de transformación económica e integración internacional de una magnitud extraordinaria.
Su legado contiene, por tanto, una doble dimensión. Por una parte, la estabilización del sistema después de 1989, el crecimiento acelerado, la integración en la OMC, la recuperación de Hong Kong y Macau, la consolidación de las relaciones con Rusia y la aparición de nuevos instrumentos regionales como la OCS. Por otra, las contradicciones de ese éxito: corrupción, desigualdad, costes sociales, emergencia de nuevos grupos de interés y una sociedad cada vez más compleja que el Partido debía gobernar sin renunciar a la hegemonía política.
Jiang representa así una paradoja fundamental de la modernización china: el éxito de la reforma creó una China demasiado poderosa, rica y socialmente compleja para seguir siendo gobernada exactamente con las mismas fórmulas que habían permitido iniciar la reforma.
Deng había planteado la gaige-kaifang como una cuestión de supervivencia y desarrollo. Jiang la convirtió en una dinámica de expansión. Xi ha asumido buena parte de sus resultados, pero también ha intentado recuperar el control sobre algunas de las fuerzas que aquella expansión puso en movimiento.
Cien años después de su nacimiento, el lugar de Jiang Zemin en la historia de China puede resumirse en esa condición de arquitecto de la continuidad denguista y, al mismo tiempo, como evidencia de los límites de esa continuidad. Esa doble condición explica tanto su importancia histórica como la necesidad de revisitar su legado desde la China de Xi Jinping.


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