Jiang Zemin, cien años después: el arquitecto de la continuidad denguista (I), por Xulio Ríos

Se cumplen cien años del nacimiento de Jiang Zemin (1926-2026), una efeméride que invita a revisar la trayectoria de un dirigente cuyo papel en la historia contemporánea de China ha quedado en ocasiones eclipsado entre dos figuras de mayor relieve: Deng Xiaoping, el gran impulsor de la reforma y la apertura, y Xi Jinping, artífice de una nueva etapa de centralización política, recuperación ideológica y afirmación internacional. Sin embargo, entre ambos se encuentra Jiang, el dirigente que tuvo que convertir el denguismo en un sistema capaz de sobrevivir a la crisis de Tiananmen, acelerar la transformación económica y conducir a China hacia su plena inserción en la economía mundial.

Jiang Zemin asumió la Secretaría General del Partido Comunista de China (PCCh) en junio de 1989, en circunstancias excepcionales. La crisis de Tiananmen había provocado una profunda conmoción política, el aislamiento internacional de China y un debate sobre el propio futuro de la reforma. Su elección por Deng Xiaoping respondió, en buena medida, a la necesidad de encontrar un dirigente capaz de evitar simultáneamente dos peligros: un giro conservador que paralizara la reforma y una liberalización política que pudiera reproducir la crisis. Jiang reunía algunas condiciones particularmente adecuadas para ello. Había dirigido Shanghái en los meses turbulentos de 1989, manteniendo la ciudad relativamente al margen de la contestación de Beijing, y representaba una generación de dirigentes tecnócratas comprometidos con la modernización.

En 1989, Deng pretendía impedir que la crisis política liquidara la reforma económica y que el aislamiento internacional cerrara las puertas a la modernización. Jiang fue, en ese sentido, una solución de compromiso extraordinariamente eficaz. Su ascenso no fue, por tanto, una ruptura con Deng, sino una operación de continuidad. Deng había tenido dos experiencias fallidas con sus sucesores inicialmente escogidos, Hu Yaobang y Zhao Ziyang. Jiang sería uno de sus grandes aciertos, junto con Hu Jintao, aunque por razones diferentes. El primero debía garantizar la continuidad inmediata de la reforma después de Tiananmen; el segundo acabaría protagonizando la sucesión posterior. La apuesta de Deng por Jiang tenía además una dimensión internacional: frente a las incertidumbres generadas por 1989, su presencia debía transmitir que China no abandonaría el camino de la reforma y la apertura. El propio Deng se encargaría de despejar cualquier duda en 1992, con su célebre gira por el Sur, que relanzó políticamente el proceso reformista.

Jiang fue, en este sentido, el gran administrador de la continuidad denguista. Si Deng había establecido las grandes orientaciones, Jiang tuvo que convertirlas en una estrategia de gobierno. Sus años al frente del Partido y del Estado coincidieron con una extraordinaria aceleración del crecimiento económico, la industrialización y la urbanización. La economía china se transformó a una velocidad desconocida y el país comenzó a adquirir una dimensión internacional acorde con su creciente peso económico.

Dos acontecimientos simbolizan particularmente aquel período. El primero fue la recuperación de la soberanía sobre Hong Kong en 1997 y sobre Macao en 1999. El segundo, probablemente de mayor trascendencia económica, fue el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001. Este último acontecimiento coronaba una estrategia de apertura que obligó a profundizar reformas internas de enorme alcance. La transformación de las empresas estatales, la reestructuración del sistema financiero y la reducción de plantillas provocaron costes sociales considerables.

En este proceso, Jiang no estuvo solo. La estrecha colaboración con Zhu Rongji resulta fundamental para comprender el período. Si Jiang aportaba la dirección política y una particular capacidad para moverse entre las distintas corrientes del Partido, Zhu encarnaba el impulso reformista de la gestión económica. Ambos representan la misma convicción de que la modernización económica exigía asumir costes y acelerar la transformación estructural.

Contradicciones y conceptos

Pero el balance de aquellos años no puede reducirse a las cifras del crecimiento. El denguismo tardío generó profundas contradicciones. La prioridad concedida a la eficacia económica sobre la justicia social produjo nuevas desigualdades, desempleo asociado a las reformas, debilitamiento de determinados mecanismos de protección social y una formidable acumulación de riqueza. La corrupción se extendió por numerosos niveles de la administración y del Partido, al tiempo que la aparición de nuevos intereses económicos transformaba la propia estructura social del país.

La respuesta conceptual de Jiang a esa transformación fue la teoría de las Tres Representaciones, incorporada al pensamiento oficial del Partido en el XVI Congreso de 2002 tras ser formuladas tan solo dos años antes. El PCCh debía representar las tendencias de desarrollo de las fuerzas productivas avanzadas, la orientación de la cultura avanzada y los intereses fundamentales de la abrumadora mayoría de la sociedad. La primera de estas formulaciones tenía especial importancia pues significaba reconocer que las nuevas fuerzas económicas surgidas de la reforma -incluidos los empresarios privados- formaban parte de la colectividad que el Partido debía representar. Esto puede interpretarse como una de las grandes operaciones de supervivencia política del Partido: en lugar de enfrentarse a las nuevas élites económicas creadas por la reforma, el Partido decidió incorporarlas.

Las Tres Representaciones constituyeron, por ello, una operación de enorme importancia histórica. El Partido no pretendía combatir las nuevas élites económicas creadas por la reforma, sino incorporarlas a su estructura. La revolución social que había dado origen al sistema dejaba paso a una organización política que aspiraba a representar a una sociedad mucho más compleja. El PCCh se convertía progresivamente en el partido de la modernización.

Esta transformación contribuyó a la estabilidad, pero también introdujo nuevas tensiones. El desarrollo de redes de intereses económicos y políticos alimentó la percepción de un creciente faccionalismo. Jiang quedó asociado especialmente al denominado “clan de Shanghái”, formado por dirigentes que habían desarrollado sus carreras en esa ciudad o que estaban vinculados políticamente a él. La expresión debe utilizarse con cautela ya que el PCCh no puede reducirse a una suma de clanes, pues en su interior coexistían redes burocráticas, territoriales, tecnocráticas y generacionales. Pero la importancia adquirida por las redes de Shanghái fue real y se convirtió en una de las características de la política de la época.

La centralización del poder fue otra de las respuestas de Jiang a las experiencias de 1989. La concentración de los principales cargos -Secretaría General del Partido, Presidencia de la República y Presidencia de la Comisión Militar Central- pretendía evitar la división de la dirección que había contribuido a agravar la crisis de Tiananmen. Sin embargo, la propia sucesión de Jiang mostró los límites de ese modelo. En 2002 cedió la Secretaría General a Hu Jintao y en 2003 la Presidencia del Estado, pero conservó la Comisión Militar Central hasta septiembre de 2004. El relevo, por tanto, fue gradual y cuidadosamente controlado. La transferencia ordenada del poder solo la completaría, de cabo a rabo, Hu en 2012.

Jiang cultivó además una relación singular con Estados Unidos. Su gusto por cantar, recitar poemas, hablar inglés o establecer una relación personal con dirigentes estadounidenses alimentó una imagen que algunos consideraban excesivamente complaciente y hasta pintoresca. Pero cabe otra interpretación. China necesitaba superar el aislamiento posterior a Tiananmen, atraer inversiones, acceder a tecnología, garantizar mercados y, sobre todo, conseguir la incorporación a la OMC. La diplomacia personal de Jiang podía ser entendida como una herramienta pragmática para reducir resistencias y crear las condiciones internacionales favorables a la modernización.

El resultado contiene una de las grandes ironías de la historia reciente. La integración económica de China en el sistema internacional, alentada en buena medida por Estados Unidos, contribuyó decisivamente a la transformación de China en una potencia económica que, décadas después, cuestionaría algunos de los equilibrios establecidos de ese mismo sistema.

Pero el Jiang internacional no fue solamente el Jiang próximo a Washington. Su mandato estuvo también marcado por una progresiva consolidación de la relación con Rusia y por la creación, en 2001, de la Organización de Cooperación de Shanghái. Esta dimensión euroasiática es significativa porque muestra que la apertura denguista nunca equivalió a occidentalización. China podía integrarse en la economía mundial y, simultáneamente, desarrollar mecanismos regionales de seguridad y cooperación con sus vecinos y con Rusia. El denguismo de Jiang no significaba occidentalización. Era apertura sin alineamiento.

En el terreno interno, sin embargo, los límites de la liberalización económica resultaron especialmente visibles en el episodio de Falun Gong. El movimiento había experimentado un rápido crecimiento durante la década de 1990 y llegó a demostrar una notable capacidad de movilización. La reacción del Partido ante la manifestación de abril de 1999 en Beijing fue contundente y posteriormente se estableció una campaña sistemática de represión. Más allá de la naturaleza específica del fenómeno, el episodio revelaba un problema que acompañaría al sistema chino durante las décadas siguientes: la liberalización económica había producido una sociedad mucho más diversa y compleja, pero el Partido no estaba dispuesto a permitir que esa complejidad se tradujera en organizaciones autónomas capaces de desafiar su hegemonía política.

Jiang auspició una apertura económica ambiciosa que no tendría el equivalente de una liberalización política homologable con el orbe liberal. China podía aceptar una creciente pluralidad económica, profesional y social, pero dentro de unos límites definidos por la supremacía del Partido. Si la liberalización económica produjo una sociedad mucho más compleja, la respuesta política consistió en impedir que esa complejidad se transformara en autonomía organizada. Esta es, en cierto modo, la esencia del denguismo tardío.


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