Jiang Zemin, cien años después: las siete herencias (y III), por Xulio Ríos

Xi Jinping no ha cerrado la puerta que abrió Deng ni ha destruido la arquitectura construida por Jiang; ha colocado, eso sí, más Partido, más ideología y más Estado detrás de ella.

La China de Xi no es una China post-Jiang, sino una China que ha conservado buena parte del modelo construido durante Jiang, aunque haya cambiado sustancialmente la relación entre sus componentes.

Por último, el Xi Jinping de hoy parece considerar que algunas de las dinámicas generadas durante las décadas de Jiang y Hu podían acabar comprometiendo la propia supervivencia del Partido.

Sobre esas tres coordenadas se dibujan los trazos del xiísmo en el que cabría enfatizar la proyección singular de las siguientes siete herencias.

En primer lugar, la economía de mercado socialista. Esta es probablemente la herencia más importante. Jiang ayudó a convertir la fórmula denguista de la “economía socialista de mercado” en una estructura estable de funcionamiento. La resolución histórica del Partido de 2021 atribuye precisamente a la etapa posterior a 1989 la definición de la economía socialista de mercado como objetivo de la reforma y la consolidación de un sistema en el que coexisten propiedad pública y diversas formas de propiedad.

Xi no ha regresado a una economía estatal pura. Al contrario, las empresas privadas, la competencia, los mercados, la inversión extranjera, el comercio internacional y los mecanismos de mercado siguen siendo esenciales. Lo que ha cambiado es quién establece las condiciones y cuáles son los límites. En cierto modo, Jiang normalizó el mercado dentro del socialismo, mientras Xi pretende normalizar el mercado bajo una autoridad política mucho más fuerte del Partido. En este sentido, el xiísmo no representa una ruptura económica con el denguismo.

En segundo lugar, la incorporación de las nuevas fuerzas sociales.  Las Tres Representaciones dejaron una huella mucho más profunda de lo que parece. Jiang resolvió un problema histórico: ¿cómo podía un Partido que se definía como vanguardia de la clase obrera incorporar a empresarios privados, profesionales, técnicos y nuevas élites económicas surgidas de la reforma? La respuesta (Wang Huning dixit) fue convertir al Partido en representante de las “fuerzas productivas avanzadas”.

Xi no ha revocado esa operación. De hecho, el XX Congreso sigue colocando expresamente las Tres Representaciones dentro de la genealogía ideológica que conduce hasta el pensamiento de Xi. Pero sí ha cambiado el equilibrio. La época Jiang decía, en cierto modo: incorporemos a las nuevas élites al Partido. La época Xi añade: incorporemos, pero sometamos esas élites a la dirección del Partido.

La campaña contra determinados excesos del capital privado, la regulación de las grandes plataformas digitales o el discurso sobre la prosperidad común pueden leerse desde esta perspectiva.

En tercer lugar, la apertura internacional. La China de Xi sigue siendo, en buena medida, la China internacionalizada por Jiang. La entrada en la OMC en 2001 no fue simplemente un episodio comercial. Contribuyó a insertar profundamente a China en las cadenas productivas, financieras y comerciales internacionales. El crecimiento posterior habría sido difícilmente imaginable sin aquella apertura.

Xi no ha renunciado a ella. Habla de “apertura de alto nivel”, promueve la internacionalización económica y continúa considerando el comercio y la inversión exterior elementos esenciales. Pero la relación psicológica con el exterior ha cambiado: Jiang veía la globalización fundamentalmente como una oportunidad de desarrollo. Xi la contempla simultáneamente como oportunidad y como espacio de competencia estratégica.

En cuarto lugar, la modernización militar. Xi ha acelerado extraordinariamente la modernización del Ejército Popular de Liberación, pero no parte de cero. Jiang ya había comprendido que la transformación militar mundial exigía adaptar las fuerzas armadas a la revolución tecnológica y a la guerra informatizada y, a la par, acorde con una China que dejaba de ser una potencia regional débil. En el discurso pronunciado tras su muerte, Xi destacó expresamente esa contribución de Jiang a la modernización de la defensa y al cambio de orientación militar.

En quinto lugar, la idea de que China debe ser una gran potencia, no simplemente un país que se desarrolla. Durante Jiang se produce la transición entre una China todavía obsesionada con “no llamar la atención” y una China que empieza a asumir un papel propio en la arquitectura internacional. Hong Kong, Macao, la relación con Rusia, la OCS, la OMC, la diplomacia multilateral… Todo ello pertenece a esa transformación. 

Xi ha llevado esa lógica mucho más lejos, pero la infraestructura mental de la China como actor internacional autónomo ya estaba ahí. Xi intenta transformar la internacionalización de Jiang en capacidad de configuración del orden internacional.

En sexto lugar, la centralidad del Partido como condición de la modernización. A primera vista, Jiang representa liberalización, mercado, apertura y pragmatismo, mientras Xi representa Partido, ideología y control. Pero Jiang dejó una conclusión política muy importante: la reforma económica no debía conducir a la pérdida de la hegemonía política del PCCh. El episodio de Falun Gong, las restricciones a la autonomía social y la propia teoría de las Tres Representaciones muestran que el Partido estaba dispuesto a flexibilizar su composición y su relación con la sociedad, pero no a ceder su posición dirigente. Xi radicaliza esa premisa reforzando la capacidad del Partido para gobernar la sociedad.

Y finalmente, la propia idea de “continuidad”. La China actual continúa presentándose como una cadena histórica acumulativa:  de Mao a Deng, a Jiang, a Hu, a Xi. No es casual que en el discurso de Xi tras la muerte de Jiang (2022), este fuera presentado como el núcleo de la tercera generación y como el principal fundador de las Tres Representaciones. Xi subrayó que los logros de aquellos años eran indisociables de su liderazgo.  Y esto significa que Xi no necesita negar a Jiang para superarlo.

En términos de progreso acumulativo, Deng resolvió el problema de sacar a China del estancamiento; Jiang resolvió el problema de estabilizar y acelerar la reforma después de 1989; Hu gestionó la creciente complejidad social; Xi resuelve ahora el problema de convertir esa potencia económica y social en una potencia cohesionada, segura y políticamente disciplinada.

Jiang, en suma, posibilitó una China que había ganado casi todo lo que el denguismo se había propuesto conseguir: crecimiento, riqueza, industria, apertura, integración internacional y capacidad estatal. Pero también legó una China más desigual, más compleja, más plural en sus intereses y más expuesta a la corrupción y a la autonomía de los poderes económicos.

Por eso Xi no destruye el legado de Jiang sino que lo reordena. El mercado permanece, pero el Partido pesa más. La apertura permanece, pero la seguridad pesa más. El sector privado permanece, pero la dirección política pesa más. La globalización permanece, pero la autonomía estratégica pesa más. La modernización permanece, pero ahora se formula como modernización china y se enfatiza “sin occidentalización”.

En buena medida, Jiang hizo posible que China se hiciera grande; Xi considera que el desafío consiste en garantizar que, al hacerse grande, China no pierda el control político de sí misma.


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