En China, la modernización representa un proyecto histórico que se remonta a la crisis terminal de la dinastía Qing en el siglo XIX. A diferencia de las sociedades occidentales en las que el proyecto de modernidad se articula esencialmente en torno a la ambición del progreso, en China, además, el aguijón decisivo nos remite a la superación de la decadencia y la humillación histórica propiciada por la agresión del imperialismo de las grandes potencias desarrolladas de Occidente.
Es por ello también que esa modernización, concebida de forma integral, no se limita a los avances materiales de todo tipo sino que incluye la superación de las heridas territoriales de aquel periodo. Así, dificilmente se dará por completada la modernización del país en tanto no se resuelvan asuntos como Taiwán, cuya problemática hunde sus raíces más allá de la contienda civil (la ocupación japonesa en virtud del Tratado de Shimonoseki).
Hoy día, inmersos en la última fase de ese proceso de modernización, el PCCh se afana en resaltar las singularidades chinas, comenzando por ese origen histórico excepcional que lejos de ofrecer un argumento oportunista para edulcorar las especiales características de su modelo, evidencia una magnitud añadida de alto valor simbólico.
Pero hay, además, un particular empeño en teorizar una “tercera modernización” capaz de trascender los paradigmas liberal o marxista asociados a la idea de modernidad auspiciada por Occidente. El propósito, firmemente anclado en aquellas raíces históricas pero también culturales -en el pasado vilipendiadas como causa del atraso y hoy selectivamente recuperadas para blindar la idoneidad de un tránsito heterodoxo-, apunta a la línea de flotación que ha marcado la evolución global en los últimos dos siglos. Para el PCCh, es posible una modernización sin occidentalización, ya sea esta cultural o política.
Desde su fundación en 1921, el PCCh avaló el proyecto de modernización. Inicialmente fue tan contrario al enfoque liberal como deudor del ideario marxista. No obstante, como es bien sabido, ya en los años 30, la defensa de la sinización empujaba a los comunistas chinos hacia una senda propia que se agrandaría tras la ruptura sino-soviética en los años 60. Las reformas denguistas en los 80 auspiciaron una densa combinación de enfoques, aparentemente contradictorios, que han derivado en un hibridismo sistémico en permanente transición. El chino no es un modelo, es un proceso.
La modernización que alienta el xiísmo no abjura de la idea de modernidad, por supuesto, ni tampoco hace ascos al completo de las tradiciones occidentales en ambas versiones. De hecho, reconoce que el gran impulso que ha experimentado el país en las últimas décadas es inseparable del equilibrio construido a partir de unas categorías que en Occidente se aplican de manera excluyente. China, por el contrario, las integra en un marco jerárquico liderado por el PCCh como garantía de culminación de su proyecto histórico.
Esa recombinación del papel del Estado o del mercado, de las diversas propiedades, o de la tradición y la modernidad, entre otros, ofrece una concepción sin duda diferente y por el momento exitosa, aspirando a vertebrar un paradigma alternativo que pueda plasmar una nueva ruta hacia la modernidad en la cual los países del Sur Global muy especialmente puedan abrigar espectativas.
La desuniversalización de la modernidad significa en lo político que el PCCh puede perseverar legitimamente en la exploración de una senda propia para alcanzar el desarrollo y el bienestar. El poder económico, comercial y científico-tecnológico hoy son lo suficiente sólidos como para sustentar ese esfuerzo, retroalimentando no solo el nacionalismo cultural sino también su defensa acérrima de la soberanía. Porque, en el fondo, se trata también de justificar la legitimidad de su derecho a articular vías propias sin subordinación a imperativos exteriores del tipo que sean.
En lo geopolítico, esa apuesta por la “multimodernidad” es el correlativo de la “multipolaridad”. Las trayectorias históricas o culturales de cada país influyen en la adaptación de la ambición de la modernidad a cada realidad. Lo que singulariza a China es, además, que su éxito material le brinda la oportunidad de sistematizar una teoría alternativa al respecto. ¿Cuajará esto?
Oficialmente, la respuesta no puede ser más que afirmativa. No hay duda al respecto. La “modernización de estilo chino” es, desde 2022 sobre todo, una marca política reivindicada intensamente por Xi Jinping. De una parte, blinda el modelo chino frente a las exigencias occidentales de que el desarrollo debe desembocar en la liberalización según nuestros parámetros, hoy tan agrietados. De otra, la profundización de sus “singularidades” (desde la gobernanza del mercado a la persistencia de la planificación pero igualmente el liderazgo hegemónico del Partido, el control estatal en todos los ámbitos, etc.) dispone del potencial para transitar desde la recombinación actual de dichos parámetros a la plasmación de una modernidad de nuevo tipo.
Wang Huning, ideólogo principal, lleva lustros ensayando y teorizando este enfoque, defendiendo a la vez la incorporación de elementos de la modernidad occidental pero compensándolos con aditivos que preserven la especificidad política y cultural país, disociando modernización y occidentalización. Es, en cierto modo, una actualización de la formulación de Zhang Zhidong que a finales del siglo XIX promovía la “modernización híbrida”, la idea de adoptar las tecnologías occidentales para preservar la identidad china, el yong y ti.
Por su parte, Wang Hui ha enfocado la modernidad como problema histórico, resaltando que incluso en la modernización occidental no debiera hablarse de una experiencia única y homogénea pues siempre ha sido plural. Esto brinda un argumento adicional para justificar que China pueda seguir una trayectoria diferenciada que, sin ser del todo novedosa desde el punto de vista de la alternativa, reabra el horizonte del debate hacia la multiplicidad de vías de modernización.
Otros teóricos chinos, como Zhang Chenggang, amparan ese esfuerzo en la necesidad de sumar lo que Occidente separó, lo cual, paraójicamente, segrega por efecto la identificación entre modernización y occidentalidad. Lo que Zhang sugiere es sumar transformación y continuidad, China y el mundo, tradición y modernidad, universalidad y particularidad, o globalización y autonomía. El “desarrollo integrado” de estos parámetros es para Chai Baoyong o Zhang Xing expresión de lo que Occidente ha santificado como categorías progresivamente incompatibles cuando en realidad no son sino complementarias.
Desde el ideario marxista, Jiang Youfu, sugiere que esta propuesta de modernidad de sello chino es una innovación más en la teoría marxista alejándose de aquella ortodoxia que preceptúa que todas las sociedades deben atravesar las mismas etapas históricas que las sociedades occidentales.
Que esta vía china resulte en una nueva forma de modernidad está por ver. En muchos aspectos, hay fórmulas ciertamente inéditas que rebajan la trascendencia del monopolio occidental de la modernidad. Por lo pronto, parece que la voluntad política, sustentada en un poder material tan ingente como al alza, tiene aquí una de sus misiones teóricas de mayor calado para los próximos años.
(Para InfoLibre)


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