La visita de Cheng Li-wun a Estados Unidos, entre el 1 y el 16 de junio, constituye probablemente la prueba internacional más importante de su liderazgo desde que asumió la presidencia del KMT. Si su viaje a Beijing en abril sirvió para demostrar que puede dialogar con los dirigentes continentales, el periplo estadounidense busca algo mucho más complejo: convencer a Washington de que un eventual retorno del KMT al poder no implicaría un alejamiento estratégico de Estados Unidos ni una aproximación a China incompatible con la seguridad regional.
Más que una gira protocolaria, se trata de una operación de reposicionamiento político. El itinerario revela esa intención. Las visitas a San Francisco, Nueva York, Boston y Los Ángeles permiten conectar con la diáspora taiwanesa y con los círculos académicos, mientras que las reuniones en Washington con congresistas republicanos y demócratas, funcionarios del Instituto Americano en Taiwán (AIT) y centros de pensamiento como el CSIS apuntan directamente al núcleo de la comunidad estratégica estadounidense. Cheng llega a Estados Unidos en un momento en que el interés por la evolución ideológica del KMT es mayor que en años anteriores y cuando en determinados círculos de Washington se ha instalado la percepción de que el partido podría estar desplazándose hacia posiciones excesivamente próximas a las defendidas por Beijing.
Precisamente esa será la principal inquietud que deberá disipar. El reto de Cheng consiste en persuadir a sus interlocutores de que la apuesta del KMT por el diálogo con China continental no supone una convergencia política con el PCCh. Durante los últimos meses, diversos observadores estadounidenses han expresado dudas acerca de si el partido sigue siendo la fuerza centrista tradicional que buscaba combinar una sólida relación con Washington y una gestión pragmática de los vínculos con Beijing, o si ha comenzado a asumir planteamientos coincidentes con los defendidos por la República Popular en cuestiones estratégicas sensibles. Su mensaje previsiblemente insistirá en que el KMT continúa defendiendo la Constitución de la República de China, rechazando la independencia formal de Taiwán y apostando por la preservación del statu quo mediante la reducción de tensiones.
Sin embargo, la cuestión más delicada no será la diplomacia sino la defensa. En Washington existe una preocupación creciente por la actitud del KMT respecto al gasto militar y las capacidades de disuasión de Taiwán. La oposición de Cheng a determinadas partidas extraordinarias de defensa, especialmente las relacionadas con drones y sistemas antimisiles, ha generado dudas sobre hasta qué punto un futuro gobierno del KMT estaría dispuesto a asumir el esfuerzo necesario para equilibrar el fortalecimiento del Ejército Popular de Liberación. Los congresistas estadounidenses probablemente le exigirán definiciones concretas en los términos al uso, es decir, si considera a China una amenaza estratégica, qué capacidades militares considera prioritarias y cómo piensa compatibilizar el diálogo político con una disuasión creíble.
En este terreno emerge una diferencia sustancial respecto al gobierno de Lai Ching-te. Mientras el PDP ha convertido el fortalecimiento militar y la cooperación estratégica con Estados Unidos en el eje central de su política de seguridad, el KMT intenta enfatizar que la verdadera garantía de estabilidad reside en reducir el riesgo de confrontación mediante la reanudación de canales políticos y económicos con Beijing. Cheng deberá convencer a Washington de que ambas dimensiones -disuasión y diálogo- son complementarias y no excluyentes. Si fracasa en ese empeño, reforzará la impresión de que el KMT no comprende plenamente las preocupaciones de seguridad que predominan actualmente en Estados Unidos.
La coyuntura política estadounidense, sin embargo, podría jugar parcialmente a su favor. La posición de Donald Trump respecto a Taiwán sigue siendo objeto de incertidumbre. Aunque la importancia estratégica de Taipéi dentro de la primera cadena de islas continúa siendo reconocida por amplios sectores de la administración y del Congreso, Trump ha mostrado últimamente que su prioridad es evitar que la cuestión taiwanesa interfiera con otros objetivos de su relación con China. En este contexto, el discurso de Cheng centrado en la paz, la estabilidad y la reducción de riesgos puede encontrar receptividad entre quienes consideran que la gestión de las tensiones debe prevalecer sobre cualquier lógica de confrontación permanente.
Además, Cheng puede apoyarse en un argumento de peso procedente de la propia opinión pública taiwanesa. Las encuestas recientes muestran un respaldo abrumador al mantenimiento de la paz y la estabilidad en el Estrecho como prioridad fundamental. Sin cuestionar el compromiso democrático de la isla ni su capacidad de autodefensa, la dirigente del KMT intentará presentar su propuesta como una respuesta más ajustada a las preferencias mayoritarias de la sociedad taiwanesa. La idea subyacente es que una política centrada exclusivamente en la disuasión militar corre el riesgo de ignorar la demanda social de estabilidad y previsibilidad.
Otro aspecto crucial será la discusión sobre el horizonte político de las relaciones entre ambas orillas. Muchos expertos estadounidenses asumen que, si el KMT regresara a la presidencia en 2028, Beijing intentaría abrir conversaciones políticas más ambiciosas que las mantenidas durante la etapa de Ma Ying-jeou (2008-2016). Washington querrá conocer hasta dónde estaría dispuesto a llegar el partido en ese terreno. Las preguntas sobre el futuro estatus de la República de China, la eventual apertura de negociaciones políticas formales o los mecanismos de ratificación de posibles acuerdos constituirán probablemente algunos de los asuntos más sensibles de las reuniones a puerta cerrada.
La visita será observada igualmente con atención desde Beijing. Para los dirigentes chinos, Cheng se enfrenta a la difícil tarea de demostrar que el KMT puede mantener simultáneamente canales de confianza con ambas grandes potencias. El contraste con su reciente estancia en China será notable. En Beijing recibió una acogida cuidadosamente diseñada para subrayar las afinidades históricas y políticas entre ambas partes. En Washington encontrará un ambiente mucho más escéptico, donde las preguntas serán menos ceremoniales y mucho más exigentes. Allí no bastará con invocar la paz; deberá explicar cómo piensa preservarla en un contexto de creciente competencia estratégica entre Estados Unidos y China.
En definitiva, el viaje representa una transición simbólica de Beijing a Washington y una prueba de credibilidad para la nueva dirección del KMT. Cheng intentará proyectar la imagen de una fuerza política capaz de mantener el vínculo estratégico con Estados Unidos sin renunciar al diálogo con China continental. La cuestión es si logrará convencer a sus interlocutores de que ese equilibrio es todavía viable en una etapa marcada por la creciente polarización geopolítica. Las respuestas que ofrezca durante estas dos semanas contribuirán decisivamente a configurar la percepción estadounidense sobre la viabilidad de un futuro gobierno liderado por el KMT y, por extensión, sobre las opciones estratégicas de Taiwán en los próximos años.
(Para Descifrando la Guerra)


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