El anuncio por parte de La Habana de un amplio paquete de reformas económicas constituye probablemente el movimiento más relevante de la política cubana de las últimas décadas. Las 176 propuestas aprobadas en el seno del Partido Comunista de Cuba y avaladas por la Asamblea Nacional y por Raúl Castro apuntan hacia una transformación profunda del modelo económico, inspirada explícitamente en las experiencias de construcción socialista desarrolladas en China y Vietnam. No se trata de una ruptura con el sistema político, sino de un intento de redefinir sus bases económicas para garantizar su supervivencia.
La decisión refleja, ante todo, la convicción de que el modelo actual ha agotado gran parte de su recorrido histórico. La combinación de bajo crecimiento, escasez crónica de bienes básicos, deterioro energético, falta de divisas y pérdida continuada de capital humano ha situado al país ante una situación límite. De hecho, muchas de las medidas ahora anunciadas no son nuevas. Forman parte de debates mantenidos durante años y de decisiones aprobadas anteriormente cuya aplicación fue sucesivamente aplazada. El problema no ha estado tanto en identificarlas como necesarias, sino en la incapacidad o la falta de voluntad para ejecutarlas. Ese tiempo parece haber terminado.
La referencia a China y Vietnam resulta inevitable. La reforma y apertura iniciada por China en 1978 y la política de Doi Moi impulsada por Vietnam desde 1986 demostraron que era posible introducir mecanismos de mercado, fomentar la iniciativa privada y atraer inversión sin alterar la hegemonía política de los respectivos partidos comunistas. La Habana parece asumir ahora que la preservación del proyecto socialista pasa precisamente por aumentar la eficiencia económica, ampliar los espacios para la actividad privada y redefinir el papel del Estado en la economía.
Sin embargo, las similitudes no deben ocultar las diferencias. China y Vietnam iniciaron sus procesos de reforma en contextos internacionales más favorables, con sociedades menos envejecidas, mayores reservas de capital humano y administraciones preparadas para gestionar transformaciones de gran escala. Cuba afronta este desafío en circunstancias mucho más complejas. La economía atraviesa una de las peores crisis de su historia reciente, carece de recursos financieros suficientes y necesita simultáneamente energía, inversión, bienes de equipo y credibilidad internacional para poner en marcha los cambios anunciados.
Por ello, el principal interrogante no es la voluntad política de reformar, sino las capacidades reales para hacerlo. Los nuevos actores económicos deberán demostrar que poseen el músculo empresarial necesario para dinamizar la producción y los servicios. La administración estatal, tradicionalmente burocratizada y poco flexible, tendrá que adaptarse a funciones distintas de las que ha desempeñado durante décadas. Y la sociedad cubana deberá asumir que la reforma no traerá mejoras inmediatas ni automáticas de las condiciones de vida. Habrá más oportunidades para emprender y generar riqueza, pero también un largo periodo de aprendizaje, ajustes y dificultades. La experiencia china y vietnamita demuestra que estos procesos exigen perseverancia, capacidad de corrección y una considerable tolerancia a los costes de transición. Y que cualquier país se puede inspirar en ellas pero no copiarlas miméticamente.
Cabe recordar que China inició la reforma desde una posición de pobreza, mientras que Cuba la emprende desde una situación de deterioro. Son circunstancias psicológica y políticamente distintas. Los chinos de finales de los setenta percibían que casi cualquier cambio podía representar una mejora; muchos cubanos de hoy experimentan las reformas después de años de pérdida de bienestar, emigración masiva y frustración acumulada. Eso puede generar expectativas desmesuradas y, al mismo tiempo, una menor paciencia social ante los inevitables costes de transición.
También resulta interesante la dimensión generacional. Durante años, el principal freno no fue la falta de conocimiento de las experiencias china o vietnamita -que son bien conocidas en La Habana- sino la dificultad política y emocional de abandonar un modelo que había formado parte de la identidad de la Revolución. En ese sentido, el aval de Raúl Castro tiene una importancia histórica singular pues simboliza que la reforma ya no aparece como una rectificación de la Revolución, sino como un instrumento para preservarla. Para una generación política formada bajo los parámetros del modelo revolucionario clásico, asumir la necesidad de una transformación de esta naturaleza no resulta sencillo. Precisamente por ello, el respaldo de Raúl contribuye a neutralizar resistencias internas y a ofrecer cobertura política a una estrategia que, en otros momentos, habría encontrado mayores obstáculos.
Las principales reticencias parecen concentrarse hoy en sectores ideológicamente minoritarios que siguen contemplando cualquier ampliación de los mecanismos de mercado como una amenaza al proyecto socialista. Sin embargo, la gravedad de la situación económica ha reducido considerablemente el margen para ese tipo de posiciones. La discusión ya no gira en torno a si reformar o no, sino sobre cómo hacerlo y a qué velocidad.
China, expectante
China lleva años esperando este momento. Diversos diplomáticos chinos con experiencia en la isla han transmitido reiteradamente que Beijing observaba con interés la posibilidad de que Cuba adoptara un camino similar al suyo, a riesgo de naufragar. Sin embargo, durante mucho tiempo encontró en La Habana una resistencia que dificultó avances significativos. Ahora, con el cambio de orientación, China aparece como el socio mejor situado para proporcionar asesoramiento técnico, inversión, financiación y acompañamiento político durante la transición. La experiencia acumulada por Beijing en la gestión de reformas económicas dentro de un sistema socialista constituye un activo difícilmente sustituible.
El contexto internacional, no obstante, seguirá siendo determinante. Marco Rubio representa la continuidad de una visión profundamente hostil hacia el sistema cubano y difícilmente renunciará a mantener la presión política y económica sobre la isla, que ha retorcido significativamente durante este mandato de Donald Trump. Queda por ver si Washington considerará suficiente una apertura económica al estilo chino o vietnamita para revisar su política hacia Cuba o si, por el contrario, seguirá condicionando cualquier cambio a transformaciones de carácter político. La respuesta estadounidense influirá directamente sobre las posibilidades de éxito de las reformas.
En este escenario, España debería aspirar a desempeñar un papel más activo. Los vínculos históricos, culturales y humanos que unen a ambos países constituyen un capital político singular que ningún otro actor europeo posee. Lejos de contemplar los cambios desde la distancia, Madrid podría contribuir a facilitar intercambios empresariales, formación técnica, cooperación institucional y canales de diálogo que acompañen la modernización económica cubana. Una Cuba más próspera, estable e integrada en los circuitos económicos internacionales constituye también un interés estratégico para España.
Las reformas anunciadas no garantizan el éxito. Existen dudas legítimas sobre la capacidad de ejecución, la disponibilidad de recursos, la reacción de la burocracia y la resistencia social ante los inevitables costes de la transición. Pero precisamente porque llegan tras años de aplazamientos y porque responden a necesidades estructurales acumuladas, resulta difícil imaginar un retorno al punto de partida. Más que una opción entre varias alternativas posibles, la reforma parece haberse convertido en una necesidad histórica inapelable. El verdadero debate ya no es si Cuba cambiará, sino si será capaz de hacerlo con la rapidez y la eficacia que exige la magnitud de la crisis actual.
A mayores, la gran incógnita no es si Cuba se parecerá algún día a China o Vietnam, sino si será capaz de encontrar una vía propia que combine apertura económica, estabilidad política y cohesión social en uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. La reforma ya no parece una opción entre varias posibles, sino la condición necesaria para evitar que terminen imponiéndose cambios mucho más traumáticos.
(Para El Diario)


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