Brasil, entre Washington y Beijing, por Xulio Ríos

En las elecciones brasileñas del próximo octubre está en juego no solo la continuidad o relevo del gobierno de Lula da Silva, sino el equilibrio geopolítico de América Latina cuando la rivalidad entre Estados Unidos y China se proyecta intensamente  sobre el Sur Global. Brasil constituye hoy una pieza central de ese tablero. Para Washington, recuperar su alineamiento supondría consolidar una arquitectura continental favorable a sus intereses estratégicos; para Beijing, preservar la autonomía brasileña significa mantener uno de los principales pilares de su presencia política y económica fuera de Asia.

La administración de Donald Trump no ha ocultado sus preferencias. Su respaldo público a fuerzas conservadoras en distintos países latinoamericanos se ha convertido en un rasgo habitual de su política. El apoyo explícito se acompaña de un sistema de incentivos y presiones para condicionar las decisiones de los gobiernos y sociedades de la región. Desde Honduras hasta Colombia, desde Argentina hasta Chile, Washington ha hecho valer con claridad sus preferencias.

Resulta, por ello, paradójico que la Casa Blanca insista en denunciar una supuesta interferencia china en la política estadounidense. La propia diplomacia norteamericana asume con naturalidad una participación activa en campañas electorales ajenas. Así, lo que Washington considera legítimo para sí mismo pasa a ser inadmisible cuando podría favorecer a su principal competidor.

Para Trump, Brasil representa mucho más que la mayor economía latinoamericana. Es el principal contrapeso a una eventual homogeneización conservadora del continente. Un Brasil plenamente alineado con Washington modificaría sustancialmente la correlación regional de fuerzas y debilitaría espacios como los BRICS, precisamente cuando este grupo busca ampliar su peso en la gobernanza internacional.

La reciente conversación telefónica entre Xi y Lula refleja precisamente esa relevancia. Beijing ha reiterado que concede una “gran importancia” a la influencia global de Brasil. No es una fórmula protocolaria. China entiende que la estabilidad de la relación bilateral posee un significado estratégico que trasciende ampliamente el extraordinario volumen comercial alcanzado entre ambos países. Desde 2009, China es su principal socio comercial, y los intercambios han crecido hasta alcanzar nuevos máximos históricos. Pero la dimensión económica constituye únicamente una parte de la ecuación.

Durante años, el gobierno chino ha intentado ampliar esa relación hacia una asociación política más profunda. Brasil, sin embargo, ha preferido mantener una posición de prudente autonomía.  Lula ha procurado preservar márgenes de maniobra.

Sin embargo, el contexto internacional está cambiando. Las crecientes presiones comerciales de Estados Unidos y, en menor medida, de Europa sobre China incrementan el valor estratégico del Sur Global como espacio económico alternativo. Para Beijing, América Latina deja de ser únicamente un mercado prometedor para convertirse también en un componente relevante ante una eventual fragmentación de la economía mundial. La presión ejercida por Washington sobre Brasil podría, paradójicamente, acelerar el acercamiento político que hasta ahora ha avanzado con relativa lentitud.

Es precisamente aquí donde emerge un debate cada vez más visible entre académicos y analistas chinos. La doctrina tradicional de no injerencia ha constituido durante décadas uno de los pilares de la política exterior de la República Popular. Sin embargo, algunas voces consideran que ese principio necesita adaptarse a un escenario internacional mucho más competitivo. Entre quienes defienden una actitud más activa pueden encontrarse analistas vinculados a instituciones como las universidades Renmin o Fudan, así como especialistas como Yan Xuetong, que desde hace años sostienen la necesidad de combinar el crecimiento económico con una mayor capacidad de liderazgo político internacional. Sin defender una intervención al estilo occidental, sí argumentan que China debería proteger de forma más decidida los entornos políticos favorables a sus intereses estratégicos.

Frente a ellos, otros especialistas, entre ellos Wang Jisi, o buena parte de los expertos vinculados a la Academia de Ciencias Sociales, consideran que abandonar la prudencia tradicional supondría erosionar uno de los principales activos internacionales de China: su imagen como socio respetuoso de la soberanía ajena. Desde esta perspectiva, la influencia china debe seguir descansando fundamentalmente sobre el atractivo económico, la cooperación tecnológica y el desarrollo compartido, evitando reproducir las prácticas intervencionistas que Beijing critica en Occidente.

Es probable que esta segunda posición continúe predominando. La experiencia del mandato de Jair Bolsonaro demostró que incluso gobiernos ideológicamente próximos a Washington difícilmente pueden alterar los fundamentos de la relación económica con China. El comercio bilateral siguió creciendo porque responde a complementariedades estructurales difíciles de sustituir. Beijing sabe que esa interdependencia constituye su mejor garantía de continuidad.

No obstante, conforme aumentan sus intereses globales, aumenta igualmente la presión para asumir responsabilidades políticas acordes con su peso internacional. Muchos gobiernos del Sur Global valoran a China como un contrapeso diplomático capaz de ampliar sus márgenes de autonomía frente a Estados Unidos. Cuando Washington intensifica sus presiones, algunos de esos dirigentes esperan de Beijing algo más que neutralidad.

Este gran dilema estratégico acompañarán la próxima etapa de la política exterior china. Brasil puede convertirse así en un laboratorio donde Beijing deba decidir hasta qué punto sigue siendo suficiente la tradicional no injerencia o si ha llegado el momento de desarrollar formas más sofisticadas de respaldo político a aquellos socios cuya estabilidad considera esencial para el nuevo equilibrio internacional.

(Para Diario El Correo)


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