Takaichi y el renacer estratégico japonés ante la China de Xi, por Xulio Ríos

En Japón, la primera ministra Sanae Takaichi obtuvo un importante triunfo en las elecciones anticipadas en un contexto de creciente polarización estratégica en Asia oriental. Su victoria no puede entenderse sin atender al peso que adquirieron los desacuerdos con China durante la campaña. En una coyuntura marcada por la percepción de un entorno de seguridad más adverso, Takaichi supo capitalizar una narrativa de firmeza frente a China que conectó con sectores conservadores y con amplios segmentos de la opinión pública.

Su declaración de que cualquier contingencia en el estrecho de Taiwán constituiría una “situación que amenaza la supervivencia” -categoría jurídica clave para activar el derecho de autodefensa colectiva reconocido en la reinterpretación constitucional de 2015- marcó un punto de inflexión. Es la primera vez en los ochenta años transcurridos desde el final de la Segunda Guerra Mundial que un primer ministro japonés formula de forma tan explícita la disposición de Tokio a implicarse en un eventual conflicto en torno a Taiwán. Aunque la doctrina de seguridad japonesa ya había evolucionado en esa dirección, la claridad del mensaje elevó el perfil político de la cuestión y la situó en el centro del debate electoral.

Taiwán y el fantasma del militarismo: los dos ejes de la crisis

La nueva crisis sino-japonesa presenta dos rasgos distintivos. El primero es Taiwán. Para China, la isla constituye una línea roja absoluta, una cuestión de soberanía y de culminación del proceso de reunificación nacional. Para Japón, sin embargo, Taiwán posee una dimensión estratégica directa: su proximidad a las islas Ryukyu y a Okinawa, donde se concentran importantes bases estadounidenses, convierte cualquier alteración del statu quo en una amenaza inmediata para su seguridad. La hipótesis de que una crisis en el estrecho pueda bloquear rutas marítimas esenciales o arrastrar a Japón a un conflicto mayor es percibida como plausible en los círculos estratégicos de Tokio.

El segundo eje es el renacer del debate sobre el militarismo japonés, un recuerdo de infausta memoria para China. Takaichi, representante del ala más conservadora del gobernante Partido Liberal Democrático, se ha comprometido a aumentar el gasto de defensa al 2% del PIB dos años antes de lo previsto, acelerar la adquisición de capacidades de contraataque y culminar la revisión de los documentos estratégicos clave antes de fin de año. Aunque estas medidas se enmarcan en una tendencia ya iniciada por gobiernos anteriores, el tono ideológico y simbólico de su liderazgo -incluyendo referencias a la necesidad de “normalizar” plenamente a Japón como potencia militar- reaviva en China viejas suspicacias.

En anteriores crisis bilaterales, las fricciones se centraban en cuestiones históricas: manuales escolares, visitas al santuario Yasukuni o, como mucho, disputas en torno a las islas Senkaku/Diaoyu. Hoy, el desacuerdo es más estructural y más sensible. Taiwán no es solo un asunto de memoria histórica -Japón fue potencia colonial en la isla entre 1895 y 1945- sino un vector central de la rivalidad estratégica entre China y Estados Unidos. Su incorporación explícita a la agenda japonesa modifica la naturaleza del diferendo y lo inserta en la lógica de los bloques.

La reacción china: presión económica y narrativa internacional

China ha elevado el tono y exigido una rectificación que no se ha producido ni parece probable. Desde Beijing, el Ministerio de Exteriores ha reiterado que Japón debe “aprender de la historia” y ceñirse estrictamente al principio de una sola China. En foros internacionales, figuras como Wang Yi han subrayado las incongruencias entre la retórica pacifista japonesa y el incremento de sus capacidades militares, evocando comparaciones históricas que en Europa -como señaló en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich- resultan incómodas por la memoria del nazismo y el militarismo nipón.

En el plano práctico, la respuesta china ha combinado señales políticas con medidas económicas selectivas. Se ha registrado una caída significativa del turismo chino hacia Japón, se han impuesto restricciones a la exportación de tierras raras y se han cancelado intercambios culturales, incluidos conciertos y eventos bilaterales. Estas acciones evocan precedentes empleados por China en otras ocasiones que, en esta ocasión, podrían ir a más. .

Además el horizonte apunta a una internacionalización creciente del diferendo. Beijing parece inclinarse por integrar la controversia en su discurso más amplio de defensa del orden de posguerra. De este modo, la disputa bilateral con Japón se proyecta como parte de una contienda normativa global.

Japón y la alineación con Trump

El contexto internacional refuerza esta dinámica. Takaichi ha mostrado una marcada sintonía con el presidente estadounidense Donald Trump, cuyo retorno a la Casa Blanca ha supuesto una reafirmación de la competencia estratégica con China. Aunque Trump ha mantenido históricamente una visión transaccional de las alianzas, su discurso sobre la contención de China converge con la agenda de seguridad japonesa. Para Tokio, la alianza con Estados Unidos sigue siendo la piedra angular de su defensa; para Washington, Japón es un pilar esencial de su arquitectura en el Indo-Pacífico.

La alineación con Trump tiene, sin embargo, una doble lectura. Por un lado, fortalece la disuasión frente a China y envía una señal de cohesión estratégica. Por otro, incrementa la percepción en Beijing de que Japón actúa como extensión de la estrategia estadounidense, reduciendo los márgenes para un diálogo bilateral autónomo. En este marco, cualquier gesto japonés en torno a Taiwán adquiere una dimensión geopolítica ampliada.

Escenarios a futuro

Descartada en lo inmediato la desescalada -ninguna de las partes parece dispuesta a dar marcha atrás sin costos políticos internos-, se abren varios escenarios. El primero es una prolongación de la tensión en clave económica y diplomática. China podría intensificar medidas selectivas, ampliando restricciones comerciales o promoviendo campañas de presión internacional, mientras Japón profundiza su cooperación con Estados Unidos y con otros socios regionales como Australia o Corea del Sur, si bien Seúl comparte con China una memoria de severas afrentas por parte de Tokio.

Un segundo escenario es el de la disuasión reforzada sin conflicto abierto. En este caso, el incremento del gasto militar japonés y la consolidación de capacidades de contraataque acentuarían un equilibrio sería frágil y dependiente de la gestión prudente de incidentes en el mar o en el aire.

El tercer escenario, menos probable pero no descartable, es el de una crisis aguda vinculada a Taiwán. Un bloqueo parcial, maniobras militares más incisivas o un error de cálculo podrían situar a Japón ante la disyuntiva de activar su autodefensa colectiva. La mera plausibilidad de esta hipótesis ya transforma la arquitectura de seguridad regional y eleva el riesgo sistémico.

China y Japón son dos pilares fundamentales de la estabilidad en Asia oriental. Su interdependencia económica es profunda y su cooperación resulta indispensable para afrontar desafíos comunes. Sin embargo, las lecturas históricas siguen pesando. La evocación del pasado militarista japonés y la memoria de la ocupación continúan moldeando percepciones en China, mientras en Japón se consolida la idea de que el entorno estratégico ha cambiado de forma irreversible.

La entrada de Taiwán en la ecuación añade el mayor riesgo de inestabilidad. No se trata solo de una disputa territorial, sino de la posible fractura del orden regional construido tras la Segunda Guerra Mundial. Esta vez es diferente ya que la crisis no se limita a agravios históricos ni a islotes disputados, sino que se despliega en múltiples frentes -militar, económico, diplomático y narrativo- y con una profundidad mayor. En ese cruce de memorias, ambiciones y alianzas, el margen para el error se estrecha. Y en Asia oriental, donde convergen las principales potencias del siglo XXI, cualquier error puede tener consecuencias que trasciendan ampliamente la región.


Comentarios

Podes deixar aquí un comentario sobre o artigo