Taiwán: De “una sola China” a “una sola familia”, por Xulio Ríos

El principio de “una sola China” ha sido la piedra angular de las políticas internas y externas de Beijing desde la proclamación de la República Popular China en 1949. Según este principio, Taiwán y China continental son partes inalienables del mismo Estado, y cualquier acción destinada a crear condiciones para el reconocimiento oficial de la República de China (Taiwán) como Estado independiente es considerada una amenaza a la soberanía y la integridad territorial de China, el único Estado legítimo y soberano que representa a toda China.

Desde el momento en que Taiwán no pudo ser reabsorbida por China tras el estallido de la Guerra de Corea y el envío por parte de Estados Unidos de la Séptima Flota al Estrecho de Taiwán, este principio ha sido el elemento estructurador básico de la cuestión de Taiwán por parte del Partido Comunista (PCCh).

Complementariamente, el llamado “Consenso de 1992” suscrito informalmente por el PCCh y el Kuomintang, KMT, vino a certificar el acuerdo de ambos contendientes de la guerra civil: en efecto, solo existe una China en el mundo, si bien cada cual tiene su propia interpretación de cuál es esa China, para el KMT, la República de China, para el PCCh, la República Popular China.

Con el paso del tiempo y las mutaciones de la política taiwanesa, en especial, la terciarización de su mapa político con el surgimiento de los “blancos”, el Partido Popular de Taiwán (PPT), a sumar a “azules” (unionistas) y “verdes” (secesionistas), más las nuevas tendencias sociales que apuntan otras vibraciones en las nuevas generaciones (con 16 años de gobiernos “verdes” en lo que llevamos de siglo XXI), un nuevo enfoque parece abrirse camino.

Ko Wen-je, el líder fundacional del PPT, ha defendido en su etapa de alcalde de Taipéi la formulación de pertenencia a “una misma familia” como principio aglutinador que soslayaría otras enunciaciones planteadas desde el continente. Wang Huning, el máximo responsable de las relaciones a través del Estrecho en el Comité Permanente del Buró Político del PCCh, ha apelado también a la imagen conceptual de que “ambas orillas del Estrecho son una familia”. Esta convergencia es de gran importancia para unir a “azules” y “blancos” frente al secesionismo de los verdes.

Una misma familia

La idea de “pertenencia a una misma familia” aplicada a las relaciones a través del Estrecho de Taiwán remite a un registro político-cultural muy característico del discurso del PCCh cuando aborda la cuestión de Taiwán. Más que un concepto jurídico o institucional, funciona como metáfora civilizatoria, con varias implicaciones interesantes.

De una parte, sugiere más un marco cultural antes que jurídico. La metáfora familiar desplaza el debate desde el terreno de la soberanía estrictamente legal hacia el ámbito de la cultura y la identidad compartida. Bien es sabido que en la tradición política china, profundamente influida por el confucianismo, la familia constituye la unidad básica del orden social y político. Aplicada al Estrecho, esta lógica sugiere que las diferencias entre ambas orillas no equivalen a la relación entre Estados extranjeros, sino a desavenencias internas dentro de una misma comunidad histórica. De ahí también la insistencia frecuente en expresiones como “compatriotas de ambos lados del Estrecho”.

El lenguaje de la familia tiene también una función política nada despreciable pues suaviza y hasta despolitiza el conflicto. Si las partes son miembros de una misma familia, el desacuerdo se presenta como algo gestionable mediante diálogo, paciencia y reconciliación, no como un enfrentamiento entre identidades irreconciliables. Xi Jinping ha insistido en la idea de “lazos de sangre y cultura” entre ambas sociedades.

La metáfora familiar, por otra parte, refuerza la narrativa de una nación china amplia y pluriforme, que incluiría a la población de Taiwán aunque existan sistemas políticos diferentes (un país, dos sistemas, como enunciara Deng Xiaoping). Aquí aparece la idea de continuidad histórica y cultural que el discurso oficial vincula al proyecto de “rejuvenecimiento nacional”.

En este sentido, la pertenencia familiar funciona como argumento identitario frente a la posibilidad de una identidad taiwanesa completamente separada.

La imagen familiar subraya afinidad, responsabilidad mutua y destino compartido, aunque también puede ser interpretada por la sociedad taiwanesa como una metáfora jerárquica o paternalista, donde el “hermano mayor” o el “padre” tendría mayor autoridad.

En términos estratégicos, el concepto cumple una función clara de apuesta por mantener abierta la posibilidad de reunificación sin recurrir necesariamente a la vía coercitiva. Es una forma de afirmar que la separación actual es históricamente contingente, no una ruptura definitiva.

Cultura política ancestral

La idea de la “pertenencia a una misma familia” en las relaciones a través del Estrecho adquiere una profundidad particular si se interpreta a la luz de la larga continuidad de la cultura política china. En efecto, no se trata solo de una metáfora retórica contemporánea, sino de un recurso que conecta con una concepción histórica del orden político en la que la familia constituye el modelo originario de organización social y moral.

En la tradición intelectual asociada a Confucio, la familia no es únicamente una institución privada; es el núcleo generador del orden social. La estabilidad del Estado depende, en última instancia, de la armonía de las relaciones familiares. Este principio aparece formulado de forma clásica en el esquema moral del Gran Aprendizaje (Daxue) que propone cultivar la persona, ordenar la familia, gobernar el Estado y pacificar el mundo.

En este marco, la familia opera como microcosmos de la comunidad política. Las relaciones jerárquicas -padre e hijo, hermano mayor y menor- no se conciben solo como vínculos afectivos, sino como patrones de autoridad, responsabilidad y reciprocidad que estructuran el conjunto de la sociedad. El poder político, en consecuencia, se legitima no solo por la coerción o la ley, sino por su capacidad de reproducir un orden moral análogo al de una familia bien gobernada.

Durante siglos, el Estado imperial chino proyectó esta lógica sobre el conjunto del territorio. El emperador era concebido simbólicamente como el “padre y madre del pueblo”, responsable del bienestar colectivo. Esta representación paternal no era meramente ornamental ya que implicaba una concepción del gobierno como cuidado, tutela y armonización de la comunidad.

Aunque el colapso del imperio en 1911 transformó profundamente las instituciones políticas, muchos de los códigos culturales que estructuran la percepción del poder sobrevivieron a ese cambio. En el discurso contemporáneo, esta herencia cultural está cada vez más presente y reaparece reinterpretada dentro de un marco moderno de nación y desarrollo.

Así, cuando se afirma que las poblaciones de ambos lados del Estrecho pertenecen a una misma familia, se está apelando a una forma de imaginar la comunidad política profundamente arraigada en la tradición china.

Puliendo la gobernanza

Se ha especulado recientemente con la disminución de la presencia militar del Ejército Popular de Liberación en el Estrecho, atribuyéndola a la celebración de las “Dos Sesiones”, la necesidad de ahorrar combustible a la vista de lo incierto de la guerra en Oriente Medio o incluso a las remodelaciones recientes en su cúpula en virtud de la campaña anticorrupción de Xi; pero bien podría todo ello formar parte de la plasmación de un nuevo enfoque del problema.

En las sesiones parlamentarias, por ejemplo, se ha insistido particularmente en promover el “desarrollo integrado”, es decir, en institucionalizar los vínculos más allá de la economía, apelando a aspectos políticos y culturales -como la novedosa integración de la memoria-, integrando capital e industrias, si, pero también personas en las estrategias de desarrolllo y de gobernanza mediante acuerdos institucionales.

La estrategia de unificación de facto apunta a enfatizar cada vez más los estándares, procedimientos, calificaciones y mecanismos de revisión, normalizando unas operaciones que faciliten esa integración.

Y es que la referencia a la familia tiene también implicaciones en términos de gobernanza. Si la comunidad política se concibe como una gran familia, la legitimidad del poder no se mide exclusivamente por la competencia electoral o por el diseño institucional, sino también por su capacidad para preservar la unidad y el bienestar del conjunto.

Desde esta perspectiva, la reunificación se presenta menos como una cuestión de expansión territorial que como un proceso de restauración de la integridad de la comunidad nacional con fundamentos históricos, culturales y civilizatorios. La metáfora familiar contribuye así a inscribir la cuestión de Taiwán dentro de la narrativa más amplia del rejuvenecimiento nacional chino, uno de los ejes centrales del discurso político del xiísmo.

La metáfora familiar y la cuestión de Taiwán, un destino compartido

Aplicada a la relación entre la China continental y Taiwán, la metáfora familiar cumple varias funciones simultáneas.

En primer lugar, reafirma la continuidad de esa comunidad histórica y cultural. La separación política derivada de la guerra civil y de la evolución posterior de las instituciones no se interpreta como una ruptura definitiva, sino como una escisión dentro de una misma comunidad civilizatoria.

En segundo lugar, la metáfora permite reformular el conflicto en términos morales más que geopolíticos. En lugar de presentar la relación como un enfrentamiento entre entidades que Lai Ching-te y el secesionismo presentan como soberanas equivalentes, el discurso la sitúa en el plano de las relaciones internas de una familia: discrepancias, tensiones o distanciamientos que, en principio, pueden resolverse mediante la reconciliación.

En tercer lugar, siento un asunto de familia, interno, es del todo inaceptable la intervención de terceros que no sea solicitada de mutuo acuerdo por las partes en conflicto. La fortaleza de esa dinámica no solo permitiría avanzar en la reunificación por méritos propios sino debilitar el impacto y la influencia del principal agente distorsionador que China por el momento no puede obviar, los Estados Unidos. En la medida en que este deje de ser un factor de peso, la reunificación avanzaría de forma natural.

Si prolongamos el hilo de la metáfora familiar, aparece una evolución conceptual bastante reveladora en el discurso político chino contemporáneo expresada en el paso desde la familia nacional a la idea de una familia ampliada de la humanidad, expresada en la noción de comunidad de destino compartido.

La idea de una comunidad de destino compartido ha sido promovida de manera sistemática por Xi Jinping y se ha convertido en uno de los conceptos centrales de la diplomacia de la República Popular China. Su lógica obedece a la consideración de que en un mundo profundamente interdependiente, los países no pueden concebirse como unidades aisladas, sino como partes de una comunidad más amplia cuyos intereses están entrelazados.

Desde el punto de vista cultural, este concepto prolonga -aunque en un plano global- la misma matriz que subyace a la metáfora familiar. Si dentro de la nación los ciudadanos forman una gran familia, a escala internacional la humanidad podría concebirse como una comunidad cuyos miembros comparten un destino común.

En este sentido, la noción no surge únicamente de la teoría de las relaciones internacionales contemporánea, sino también de una tradición moral que remite al ideal confuciano de “todo bajo el cielo” (tianxia), asociado históricamente a la aspiración de armonía universal.

Vista desde esta perspectiva, la relación entre la China continental y Taiwán podría interpretarse como un microcosmos de esa lógica más amplia. La metáfora de la familia cumple aquí una doble función.

Por un lado, insiste en que las diferencias políticas no deben borrar la pertenencia a una comunidad histórica común. Por otro, sugiere que los conflictos pueden gestionarse mediante fórmulas de coexistencia y acomodación, evitando la ruptura definitiva.

Esta lectura encaja con esa tendencia más general de la política china contemporánea que privilegia conceptos como armonía, cooperación o destino compartido, expresión de su “sabiduría”, frente a nociones más liberales del orden internacional.

Otro elemento interesante es la temporalidad implícita en esta narrativa. La familia, a diferencia de las alianzas políticas, se concibe como una realidad duradera y transgeneracional.

Aplicada al Estrecho, esta lógica sugiere que las circunstancias actuales -la separación política, la divergencia institucional- no tienen necesariamente un carácter definitivo. La pertenencia familiar remite a una continuidad histórica más profunda que, en teoría, podría reconstituirse en el futuro.

Un lenguaje político profundamente chino

La persistencia de la metáfora familiar muestra hasta qué punto la política china contemporánea continúa recurriendo a categorías culturales de larga duración para interpretar los desafíos actuales.

Lejos de ser un simple recurso retórico, la idea de una comunidad concebida como familia refleja una forma específica de pensar la relación entre historia, identidad y poder político. En el caso del Estrecho de Taiwán, esa narrativa pretende situar el conflicto dentro de una temporalidad histórica más amplia, en la que la separación presente aparece como un episodio transitorio dentro de una continuidad civilizatoria más profunda.

Desde esta perspectiva, el lenguaje cultural cumple la tarea política muy concreta de construir un marco narrativo que legitime determinadas posiciones en la arena internacional. Esta formulación tiene consecuencias importantes en el plano diplomático, pues refuerza la insistencia de Pekín en el principio de “una sola China”.

En definitiva, la idea de la “misma familia” forma parte de una gramática política específica en la que la legitimidad, la identidad y la gobernanza se articulan a través de referencias a la historia, la cultura y la moral social. El escollo a salvar no es baladí: la metáfora familiar presupone una identidad común relativamente incuestionada, pero esa premisa ya no es universalmente compartida.

¿Serán útiles ideas tan hilvanadas para convencer a Trump, devoto de ideas simples donde las haya, de la importancia de que su próxima visita de Estado a Beijing represente un giro de la política estadounidense en este asunto crucial de las relaciones bilaterales? …

(Para Descifrando la Guerra)


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