Shenzhen y la disputa por el futuro de la globalización, por Xulio Ríos

El 18 y 19 de noviembre, Shenzhen acogerá la 33.ª Reunión de Líderes Económicos de APEC, una cita que permitirá tomar el pulso a las posibilidades de cooperación en una economía mundial sometida a fuertes tensiones geopolíticas, rivalidades tecnológicas y crecientes tentaciones proteccionistas. La elección de China como anfitriona no es un detalle menor. En un momento en que su ascenso se presenta frecuentemente en Occidente como un desafío que debe contenerse, la cumbre ofrece una oportunidad para discutir otra perspectiva, la de China como actor indispensable para afrontar los problemas compartidos del desarrollo global.

La agenda de Shenzhen: cooperar para crecer

“Construir una comunidad de Asia-Pacífico para prosperar juntos” es el lema escogido por China para su año al frente de APEC. Apertura, innovación y cooperación constituyen sus tres prioridades. No se trata de una formulación abstracta. La agenda comprende cuestiones decisivas para el futuro económico de la región como la integración comercial, conectividad, inteligencia artificial, transformación digital, energía limpia o desarrollo inclusivo.

La importancia de estos asuntos trasciende el espacio asiático. Las cadenas de suministro, los mercados tecnológicos, la transición energética y el comercio digital son ámbitos en los que las decisiones de las economías de APEC repercuten directamente sobre el conjunto del planeta. Con 21 economías miembros, el foro representa una parte sustancial de la producción y del comercio mundiales. Su capacidad para generar acuerdos pragmáticos resulta especialmente relevante cuando el sistema multilateral atraviesa dificultades.

En este contexto, la integración económica no debería interpretarse como una concesión a China ni como una victoria de Occidente, sino como un interés compartido. La perspectiva de avanzar hacia un Área de Libre Comercio de Asia-Pacífico, reforzar las conexiones regionales y reducir obstáculos innecesarios al intercambio apunta precisamente en esa dirección. El reto consiste en compatibilizar la apertura con unas reglas transparentes, una competencia efectiva y la capacidad de las economías para gestionar sus vulnerabilidades.

China, de objeto de controversia a protagonista imprescindible

La significación de Shenzhen reside también en el lugar que ocupa China en la transformación de la economía mundial. La ciudad fue creada como zona económica especial en 1980 y pasó de ser una localidad periférica a convertirse en uno de los principales centros industriales, comerciales y tecnológicos del país. Su evolución simboliza una trayectoria singular e ilustra la capacidad china para combinar experimentación institucional, inversión, infraestructura e integración en los mercados internacionales.

Esta experiencia no convierte automáticamente el modelo chino en una fórmula universal ni Beijing lo pretende. Sus resultados conviven con desafíos relacionados con el consumo interno, el envejecimiento, las desigualdades territoriales y los desequilibrios de determinados sectores. Pero tampoco resulta razonable reducir su desarrollo a una amenaza o explicarlo exclusivamente mediante prácticas desleales. Una evaluación rigurosa exige distinguir entre problemas concretos, diferencias de modelo económico y discursos que presentan cualquier avance tecnológico chino como un riesgo en sí mismo.

En los últimos años, las preocupaciones occidentales sobre las subvenciones industriales, el acceso al mercado, la propiedad intelectual, la seguridad económica y la dependencia de suministros estratégicos han adquirido un peso creciente. Algunas merecen respuestas verificables y negociación. El problema aparece cuando el diagnóstico se transforma en una presunción generalizada de incompatibilidad según la cual China sería un competidor ilegítimo por definición, sus tecnologías entrañarían riesgos por su origen y sus interdependencias comerciales deberían reducirse incluso cuando no se demuestra un hipotético y específico perjuicio.

Frente a esa lógica, Shenzhen puede reivindicar la sencilla idea de que competir no obliga a renunciar a cooperar. La seguridad económica necesita instrumentos proporcionados y criterios comprobables, no una desconfianza indiscriminada que termine encareciendo las transiciones tecnológica y energética o fragmentando mercados que podrían generar prosperidad compartida.

Innovación y transición verde, dos ámbitos de interés común

La inteligencia artificial y las tecnologías digitales constituyen otra dimensión central de la cumbre. China dispone de una amplia base industrial y de capacidades relevantes en sectores que van desde la movilidad eléctrica hasta las energías renovables. Su escala productiva puede contribuir a extender tecnologías que reduzcan costes y aceleren la transformación de los sistemas energéticos. A la vez, la cooperación internacional resulta necesaria para afrontar cuestiones como la seguridad de los datos, la interoperabilidad, la protección de los usuarios y la gobernanza de la inteligencia artificial.

La cuestión no consiste en sustituir una dependencia por otra ni en ignorar los riesgos. Consiste en evitar que la rivalidad entre grandes economías cierre espacios de colaboración que benefician a terceros países y a la comunidad internacional. Una transición verde más rápida, una digitalización accesible y una inteligencia artificial orientada a mejorar la productividad pueden convertirse en objetivos compartidos, siempre que existan mecanismos adecuados para gestionar sus costes y riesgos.

Para las economías en desarrollo, esta perspectiva tiene una relevancia particular. La cooperación tecnológica, la formación, la financiación y el acceso a infraestructuras pueden ampliar sus oportunidades de crecimiento. Una agenda regional que atienda esas necesidades tendrá más posibilidades de traducir las declaraciones diplomáticas en beneficios tangibles para las sociedades.

Más allá de la confrontación

La competencia entre Estados Unidos y China, las diferencias sobre las reglas comerciales y las controversias de seguridad seguirán condicionando la relación entre las principales economías. No cabe ignorar las contradicciones. Tampoco basta con invocar el multilateralismo pues su credibilidad depende de que las instituciones permitan abordar los desacuerdos, escuchar a los participantes y producir resultados concretos. La organización de la propia cumbre deberá demostrarlo mediante un diálogo sustantivo y una participación efectiva de sus miembros.

Precisamente por ello, APEC tiene un valor que no conviene subestimar. No es una alianza política ni exige uniformidad ideológica. Es un espacio para buscar convergencias entre economías distintas, con intereses a veces contrapuestos, sin hacer depender toda cooperación de la resolución previa de sus diferencias estratégicas.

China puede hacer valer su presidencia para demostrar que su propuesta de apertura y cooperación se traduce en compromisos útiles para el conjunto de la región. Su responsabilidad no termina en defender su propio desarrollo, también consiste en facilitar acuerdos, reconocer las preocupaciones legítimas de sus socios y contribuir a que las diferencias no paralicen los asuntos comunes.

Shenzhen representa, en este sentido, algo más que una sede. La ciudad condensa una experiencia de transformación económica y una ambición de futuro. En un mundo donde la rivalidad tiende a imponerse sobre la cooperación, su mensaje potencial es que el desarrollo de unos no tiene por qué convertirse en la pérdida de otros.

La energía positiva que necesita la economía mundial no consiste en negar los conflictos ni en idealizar o estigmatizar a nadie. Consiste en recuperar la capacidad de identificar intereses comunes, establecer reglas negociadas y transformar la competencia en incentivos para innovar y mejorar. Si Shenzhen contribuye a ese propósito, APEC habrá demostrado que todavía existe espacio para una gobernanza económica basada no en la exclusión, sino en la prosperidad compartida.

(Para Reporte Asia)


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