Resumen
La reunificación nacional se afianza como una de las estrategias políticas determinantes del PCCh con el horizonte de 2049, cuando se celebre el primer centenario de la República Popular China. A medida que la modernización del país escala en sus objetivos, la trascendencia de la reunificación, con la atención centrada en Taiwán, se proyecta en una agenda asociada al rejuvenecimiento nacional y se vuelve menos periférica. Tras las experiencias de Hong Kong y Macao, la culminación histórica del proceso de reparación de las humillaciones del pasado discurre en paralelo a la reestructuración del orden internacional emergente. No es solo un problema territorial sino profundamente civilizatorio y emocional dentro de la cultura política china contemporánea
Palabras clave: Reunificación, Modernización, Hong Kong, Macao, Taiwán, Orden internacional
Abstract
China’s national reunification is consolidating as one of the defining political strategies of the CPC, with a horizon set for 2049, when the first centenary of the People’s Republic will be celebrated. As the country’s modernization advances toward its goals, the significance of reunification—with its focus centered on Taiwan—is projected within an agenda tied to national rejuvenation and becomes less peripheral. Following the experiences of Hong Kong and Macau, the historical culmination of the process of redressing past humiliations runs parallel to the restructuring of the emerging international order. It is not merely a territorial issue but a deeply civilizational and emotional one within contemporary Chinese political culture.
Keywords: Reunification, Modernization, Hong Kong, Macao, Taiwan, International Order
Introducción
La cuestión de la reunificación ocupa hoy un lugar central en la arquitectura ideológica y estratégica de la República Popular China. No se trata únicamente de un problema diplomático, militar o territorial en sentido estricto, sino de una pieza fundamental dentro de la narrativa histórica mediante la cual el Partido Comunista de China (PCCh) legitima su autoridad, interpreta el pasado nacional y proyecta el futuro del país. En la China contemporánea, modernización, soberanía y reunificación aparecen crecientemente entrelazadas hasta formar parte de un mismo relato político que abunda en la idea de que el ascenso de China como gran potencia es inseparable de la superación definitiva del ciclo histórico de fragmentación y subordinación iniciado en el siglo XIX. Comprender esa conexión resulta indispensable para interpretar no solo la política hacia Taiwán, Hong Kong o Macao, sino también el propio sentido histórico atribuido a la era de Xi Jinping.
La dirigencia china no interpreta Hong Kong, Macao y Taiwán como expedientes distintos, surgidos de contextos separados, sino como manifestaciones diferentes de un mismo proceso histórico de debilitamiento y desmembramiento parcial de la soberanía china durante el llamado “siglo de humillación” (Gernet, 1991; Wang, 2012; Callahan, 2010). Esa memoria histórica se encuentra condensada en conceptos recurrentes dentro del vocabulario político chino contemporáneo, especialmente guochi (国耻), literalmente “humillación nacional”, expresión que remite a las derrotas militares, las concesiones coloniales y las pérdidas de soberanía sufridas por China desde las guerras del Opio hasta la invasión japonesa.
En este marco conceptual, la reunificación –tongyi (统一)- adquiere un significado mucho más amplio que la mera absorción territorial de espacios políticamente separados. Se convierte en un proceso de reparación histórica y restauración nacional. Del mismo modo, nociones como lingtu wanzheng (领土完整), “integridad territorial”, o hexin liyi (核心利益), “intereses fundamentales”, no aluden únicamente a categorías estratégicas comparables a las utilizadas por otras potencias contemporáneas. En el discurso chino incorporan una dimensión emocional, civilizatoria e incluso moral. Defender la integridad territorial significa impedir la repetición de la experiencia histórica de subordinación y fragmentación que marcó la crisis del antiguo imperio chino y el traumático tránsito hacia la modernidad.
Por ello, la reunificación aparece estrechamente vinculada a otra de las nociones cardinales del pensamiento político chino actual: fuxing (复兴), generalmente traducido como “rejuvenecimiento” o “renacimiento nacional”. La idea del “gran rejuvenecimiento de la nación china”, convertida bajo Xi Jinping en auténtico eje ideológico, presupone no solo prosperidad económica o modernización tecnológica, sino también la restauración plena de la soberanía histórica china. Desde esta perspectiva, mientras existan fracturas territoriales pendientes, el rejuvenecimiento nacional permanecerá necesariamente incompleto. El problema territorial no pertenece únicamente al pasado y actúa como frontera simbólica entre dos eras históricas diferentes. De un lado, la China debilitada, fragmentada y subordinada del siglo XIX y primera mitad del XX; del otro, la China moderna, poderosa y plenamente soberana que aspira a ocupar una posición central en el orden internacional del siglo XXI.
Esa continuidad narrativa ayuda a entender por qué Hong Kong, Macao y Taiwán son percibidos en Beijing como partes sucesivas de un mismo proceso histórico (Ríos, 2021). La devolución de Hong Kong en 1997 y de Macao en 1999 fueron presentadas oficialmente no solo como éxitos diplomáticos concretos, sino como hitos simbólicos en la reversión del legado colonial. En esa lógica, Taiwán constituye el último gran capítulo pendiente del ciclo histórico iniciado con las guerras del Opio. Para la dirigencia china, la reunificación no representaría simplemente el final de un conflicto heredado de 1949, sino el cierre definitivo de la larga era de decadencia y deshonra. Ahí radica buena parte de la extraordinaria sensibilidad política que despierta la cuestión.
La relación entre reunificación y legitimidad del PCCh también ha evolucionado a lo largo del tiempo. En la etapa maoísta, la reunificación formaba parte de la aspiración revolucionaria general vinculada a la culminación de la revolución china. Taiwán era concebido fundamentalmente como un territorio pendiente de liberación dentro del marco todavía abierto de la guerra civil. Sin embargo, las prioridades estratégicas del maoísmo -la consolidación interna del nuevo Estado, las campañas revolucionarias y posteriormente la rivalidad sino-soviética- hicieron que la cuestión quedase subordinada a otros imperativos políticos y militares.
Con Deng Xiaoping se produjo un desplazamiento significativo. La reunificación siguió siendo un objetivo irrenunciable, pero pasó a concebirse como una cuestión estratégicamente aplazable. La prioridad central dejó de ser la movilización revolucionaria y pasó a ser la modernización económica. La estabilidad regional y el acceso a los mercados internacionales exigían evitar una confrontación prematura. En ese contexto nació la fórmula “un país, dos sistemas”, diseñada inicialmente pensando en Taiwán y posteriormente aplicada a Hong Kong y Macao. Durante las décadas de reforma y apertura, Beijing pudo aceptar implícitamente una cierta dilación temporal de la cuestión territorial porque el objetivo prioritario consistía en acumular capacidades económicas, tecnológicas y militares.
Sin embargo, el ascenso de China como potencia global ha alterado progresivamente esa percepción temporal. Cuanto más aumenta el peso internacional chino, menos periférica aparece la cuestión territorial. Hace veinte o treinta años, Taiwán podía presentarse todavía como un problema heredado y relativamente contenido dentro de la lógica regional asiática. Hoy, en cambio, emerge cada vez más como una cuestión estructural del orden internacional contemporáneo. La isla ocupa una posición crítica en la rivalidad tecnológica, militar y geopolítica entre China y Estados Unidos, especialmente en ámbitos como los semiconductores avanzados, las cadenas globales de suministro y el equilibrio estratégico del Indo-Pacífico.
En la era de Xi Jinping, la reunificación comienza a percibirse crecientemente como un objetivo ligado al horizonte histórico de la recuperación de la grandeza perdida. El propio xiismo ha reforzado notablemente la articulación entre soberanía, rejuvenecimiento nacional y legitimidad política del Partido integrando modernización tecnológica, fortalecimiento militar y cohesión territorial dentro de una misma narrativa histórica (Ríos, 2018; Economy, 2018). En este contexto, la cuestión territorial deja de ser un expediente susceptible de gestión indefinida y pasa a integrarse en la propia definición histórica del éxito nacional. La modernización ya no consiste únicamente en alcanzar determinados niveles de desarrollo económico o tecnológico, sino en culminar el proceso histórico de restauración nacional iniciado tras el colapso del viejo orden imperial.
Por ello, la narrativa oficial china conecta de manera orgánica historia larga, cultura política, legitimidad estatal y geopolítica contemporánea. No se trata de un ensamblaje artificial construido únicamente con fines propagandísticos sino que dentro de la cultura política china contemporánea, todos esos elementos forman efectivamente parte de una misma secuencia histórica. La reunificación aparece así no solo como un objetivo territorial, sino como una condición simbólica de plenitud nacional. En última instancia, para la dirigencia china, resolver definitivamente la cuestión territorial equivaldría a certificar que China ha dejado atrás de manera irreversible la era de la debilidad y ha regresado plenamente al centro de la historia mundial.
La génesis contemporánea de la reunificación china
Lejos de tratarse únicamente de una aspiración nacionalista reciente o de una estrategia vinculada al ascenso internacional de la República Popular China, la idea de reunificación hunde sus raíces en la traumática experiencia histórica de la decadencia del imperio Qing, la penetración de las potencias occidentales, la agresión japonesa y la progresiva fragmentación de la soberanía china entre mediados del siglo XIX y la primera mitad del XX (Mengin, 1998). Desde la perspectiva de las élites políticas chinas actuales, la reunificación no representa simplemente un objetivo territorial pues simboliza esa reparación histórica de un largo período de debilidad nacional, subordinación internacional y pérdida de control político sobre espacios considerados parte inseparable de la civilización china. Precisamente por ello, Hong Kong, Macao y Taiwán ocupan un lugar central en la narrativa del “renacimiento nacional” impulsada por el PCCh.
La génesis contemporánea de la cuestión de la reunificación debe situarse en el contexto de la crisis terminal del orden imperial chino (Gernet, 1991). Durante siglos, la dinastía Qing había mantenido un sistema político relativamente estable basado en la superioridad demográfica, económica y cultural del imperio frente a sus vecinos regionales. Aunque el poder Qing enfrentó rebeliones internas y tensiones fronterizas, China seguía percibiéndose como el centro civilizatorio de Asia oriental. Esa percepción comenzó a resquebrajarse de forma irreversible a partir del siglo XIX, cuando la expansión industrial y militar de las potencias occidentales alteró radicalmente el equilibrio global de poder.
Las guerras del Opio marcaron el inicio simbólico y material de esa ruptura histórica. La derrota china frente al Reino Unido en la primera guerra del Opio (1839-1842) reveló la enorme distancia tecnológica y militar que separaba al imperio Qing de las potencias industriales europeas. El Tratado de Nankín de 1842 no solo abrió puertos chinos al comercio extranjero y estableció condiciones económicas profundamente desiguales, sino que implicó además la cesión de Hong Kong a Gran Bretaña. Desde la perspectiva china contemporánea, ese episodio posee un valor profundamente simbólico al representar el comienzo del llamado “siglo de humillación”, un período caracterizado por la pérdida de soberanía, la imposición de tratados desiguales y la erosión progresiva del control territorial del Estado chino.
Hong Kong adquirió desde entonces un significado político mucho más amplio que el derivado de su dimensión económica o estratégica. La cesión de la isla simbolizaba la incapacidad del imperio para defender su integridad territorial frente a las potencias extranjeras. Posteriormente, la expansión británica sobre Kowloon y los Nuevos Territorios profundizó todavía más esa percepción de decadencia. El enclave colonial se transformó en una demostración permanente de la debilidad china frente a Occidente. Durante décadas, la mera existencia de Hong Kong bajo soberanía británica operó como recordatorio visible de la subordinación del país a un orden internacional dominado por potencias extranjeras.
Un proceso similar se desarrolló en Macao, aunque con características históricas diferentes (Gonçalves, 1995). La presencia portuguesa en la ciudad se remontaba al siglo XVI, pero fue durante el período de debilitamiento Qing cuando Portugal consolidó un control colonial efectivo sobre el territorio. A finales del siglo XIX, Lisboa obtuvo reconocimiento formal de su ocupación mediante acuerdos impuestos en un contexto de extrema fragilidad china. Aunque Macao poseía una importancia estratégica inferior a la de Hong Kong, su existencia reforzaba igualmente la percepción de una soberanía fragmentada y vulnerada por actores externos.
Sin embargo, el golpe más profundo para la conciencia estratégica china no provino inicialmente de Europa, sino de Japón. La transformación japonesa tras la Restauración Meiji alteró completamente la relación histórica entre ambos países. Durante siglos, Japón había orbitado culturalmente alrededor del universo civilizatorio chino. A finales del siglo XIX, en cambio, el nuevo Estado japonés industrializado comenzó a competir abiertamente por la hegemonía en Asia oriental. La guerra sino-japonesa de 1894-1895 constituyó un punto de inflexión decisivo. La derrota Qing frente a Japón no solo demostró el colapso militar del imperio, sino que destruyó definitivamente la percepción tradicional de superioridad china en la región.
El Tratado de Shimonoseki de 1895 tuvo consecuencias extraordinariamente profundas para la memoria histórica china. En virtud de ese acuerdo, China reconocía la independencia de una Corea que abandonaba la órbita tributaria china para caer progresivamente bajo influencia japonesa y cedía Taiwán y las islas Pescadores a Japón “a perpetuidad”. Además, el imperio Qing debía pagar enormes indemnizaciones y abrir nuevos espacios económicos a la penetración japonesa. La cesión de Taiwán adquirió desde entonces un carácter traumático en la narrativa nacional china (Ríos, 2005). A diferencia de Hong Kong o Macao, territorios relativamente pequeños y periféricos en el imaginario imperial tradicional, Taiwán representaba una provincia formalmente incorporada al aparato administrativo Qing desde finales del siglo XVII. Su pérdida simbolizaba no solo la humillación nacional, sino también la incapacidad del Estado chino para preservar la integridad de su territorio frente a una potencia asiática emergente.
La ocupación japonesa de Taiwán inauguró además una experiencia histórica singular (Lu, 2009) Durante medio siglo, la isla fue integrada en el imperio japonés mediante una combinación de modernización económica, control político y políticas de asimilación cultural. Ese período contribuyó a desarrollar dinámicas sociales y políticas diferenciadas respecto al continente chino. Aunque la narrativa oficial de Beijing insiste en la continuidad histórica de Taiwán como parte inseparable de China, lo cierto es que la experiencia colonial japonesa introdujo elementos de identidad política diferenciada cuya influencia llega hasta el presente.
La afrenta sufrida tras Shimonoseki aceleró la crisis interna del imperio Qing. Las reformas tardías impulsadas por algunos sectores modernizadores resultaron insuficientes para detener el deterioro político y militar del Estado. A comienzos del siglo XX, China se encontraba atrapada entre rebeliones internas, presión extranjera y fragmentación administrativa. La rebelión de los bóxers y la posterior intervención de una coalición internacional profundizaron aún más la percepción de colapso nacional. La caída de la dinastía Qing en 1911 no resolvió esa crisis de soberanía; por el contrario, abrió una nueva etapa de fragmentación política.
La República de China nacida tras la revolución republicana heredó un territorio inmenso, heterogéneo y parcialmente desarticulado (Bianco, 1994). El poder efectivo del gobierno central resultó extremadamente limitado. Diversos señores de la guerra controlaban regiones enteras del país mientras las potencias extranjeras mantenían concesiones, privilegios extraterritoriales y esferas de influencia. Desde la perspectiva de la memoria histórica china contemporánea, ese período consolidó definitivamente la asociación entre debilidad estatal y fragmentación territorial. La incapacidad de las élites republicanas para restaurar plenamente la soberanía nacional reforzó la convicción de que solo un poder central fuerte podía garantizar la supervivencia de China como entidad política unificada.
La invasión japonesa de Manchuria en 1931 y la posterior guerra sino-japonesa iniciada en 1937 profundizaron todavía más esa experiencia traumática. Japón no solo ocupó extensos territorios chinos, sino que promovió gobiernos títeres y explotó las divisiones internas del país. La brutalidad de la ocupación japonesa alimentó una poderosa narrativa nacional de resistencia y humillación colectiva. En ese contexto, la cuestión territorial quedó definitivamente vinculada a la supervivencia nacional. La recuperación de la soberanía dejó de ser únicamente un problema diplomático o militar para convertirse en un imperativo existencial.
La victoria comunista de 1949 transformó radicalmente el panorama político chino (Ríos, 2021). El PCCh presentó su triunfo como el final del siglo de humillación y el comienzo de la restauración nacional. La nueva República Popular se definió desde el inicio como heredera legítima de la misión histórica de reunificar el país y recuperar la plena soberanía territorial. En ese sentido, la revolución fue interpretada no solo como un cambio ideológico o social, sino también como un proceso de reconstrucción estatal tras décadas de fragmentación y subordinación extranjera.
Sin embargo, la guerra civil dejó una cuestión territorial fundamental sin resolver: Taiwán. La retirada del Kuomintang a la isla consolidó una separación política que Beijing siempre consideró provisional. Para la República Popular, la existencia de un gobierno rival en Taiwán apoyado por Estados Unidos constituía la última gran herida territorial heredada de la guerra civil y de la intervención extranjera en China. Desde entonces, la reunificación de Taiwán pasó a ocupar un lugar central dentro de la legitimidad histórica del PCCh (Cabestan, 1996).
Durante la Guerra Fría, la cuestión taiwanesa quedó integrada en la confrontación estratégica global entre Washington y Beijing. La protección militar estadounidense impidió cualquier intento de reunificación forzosa por parte de la República Popular (Keating, 2008; Roy, 2003; Rigger, 2011). Sin embargo, el reconocimiento internacional progresivo de Beijing desde la década de 1970 reforzó la posición china respecto a Taiwán. La resolución 2758 de Naciones Unidas en 1971, que reconocía a la República Popular como único representante legítimo de China, fue interpretada por Beijing como un paso decisivo en la restauración de la soberanía nacional.
La recuperación de Hong Kong y Macao a finales del siglo XX constituyó hitos fundamentales dentro de esa narrativa histórica. El retorno de Hong Kong en 1997 y de Macao en 1999 fueron presentados oficialmente como el cierre parcial del ciclo de humillación iniciado en el siglo XIX. Más allá de su importancia económica, ambos acontecimientos poseían un enorme valor simbólico al significar que China había recuperado suficiente poder político, económico y diplomático como para revertir las imposiciones coloniales del pasado. La fórmula “un país, dos sistemas”, diseñada inicialmente para facilitar esas reintegraciones, respondía también al objetivo estratégico de crear un modelo potencialmente aplicable a Taiwán.
Precisamente ahí reside una de las claves fundamentales de la política china contemporánea. La reunificación no es concebida únicamente como una cuestión territorial, sino como parte inseparable del “gran rejuvenecimiento de la nación china”. Bajo el liderazgo de Xi Jinping, esta idea ha adquirido una centralidad todavía mayor. El discurso oficial insiste constantemente en que la prosperidad y el ascenso internacional de China solo estarán plenamente consumados cuando se complete la reunificación nacional. Taiwán aparece así como la última gran cuestión pendiente del siglo de decadencia.
Esa dimensión histórica explica en gran medida la intensidad con la que Beijing aborda la cuestión taiwanesa. Desde la perspectiva china, el problema no se reduce a la existencia de diferencias políticas entre ambos lados del estrecho. Lo que está en juego es la credibilidad histórica del proceso de restauración nacional impulsado desde 1949. Permitir una separación permanente equivaldría, en cierto modo, a aceptar la continuidad parcial del legado de fragmentación heredado de las agresiones extranjeras y de la debilidad del pasado.
Por ello, la dirigencia china contemporánea establece una relación directa entre soberanía territorial, fortaleza estatal y legitimidad política. La experiencia histórica de los siglos XIX y XX consolidó la convicción de que la debilidad del poder central conduce inevitablemente a la intervención extranjera, la fragmentación interna y la pérdida de soberanía. Esa lectura histórica condiciona profundamente la política interior y exterior de la República Popular. La insistencia en la estabilidad política, el control centralizado y la integridad territorial responde no solo a consideraciones estratégicas contemporáneas, sino también a una memoria histórica marcada por el trauma de la desintegración nacional.
Al mismo tiempo, esa narrativa posee una dimensión movilizadora fundamental. El PCCh ha construido buena parte de su legitimidad sobre la idea de haber restaurado la dignidad y la soberanía de China. El crecimiento económico, la modernización tecnológica y la expansión internacional del país son presentados como expresiones concretas de ese renacimiento histórico. En consecuencia, cualquier desafío territorial adquiere automáticamente una enorme carga simbólica y política.
La paradoja contemporánea radica en que el extraordinario ascenso de China ha aumentado simultáneamente su capacidad para impulsar la reunificación y los riesgos potenciales asociados a ella. Taiwán se ha convertido en uno de los principales puntos de fricción del sistema internacional. Para Beijing, la cuestión constituye un problema histórico irresuelto cuya prolongación indefinida resulta incompatible con el objetivo del rejuvenecimiento nacional. Para Estados Unidos y buena parte de sus aliados asiáticos, el mantenimiento del statu quo en el estrecho de Taiwán forma parte esencial del equilibrio estratégico regional. Esa tensión convierte la cuestión taiwanesa en uno de los escenarios potencialmente más peligrosos de la política internacional contemporánea (Cabestan, 1995).
En última instancia, la génesis contemporánea de la reunificación china revela hasta qué punto la memoria histórica continúa moldeando el comportamiento estratégico de los Estados. Hong Kong, Macao y Taiwán no son simplemente territorios disputados o símbolos nacionales abstractos. Representan episodios concretos de un largo proceso histórico de declive imperial, intervención extranjera y reconstrucción estatal (Cornejo, 2008). Para la dirigencia china actual, la recuperación de esos espacios forma parte de una narrativa histórica coherente en la que la fortaleza nacional y la soberanía territorial resultan inseparables. El “renacimiento de China” no se concibe únicamente como prosperidad económica o influencia internacional, sino como la superación definitiva de un período histórico asociado a la humillación y la vulnerabilidad. Precisamente por ello, la cuestión de la reunificación continúa ocupando un lugar central en la identidad política de la China contemporánea y probablemente seguirá condicionando de forma decisiva la evolución del orden asiático y global durante las próximas décadas.
Cuestión territorial y tradición política
La cuestión territorial constituye una de las constantes más profundas y persistentes de la historia china. Mucho antes de que la República Popular China emergiera como potencia global del siglo XXI, la relación entre poder político, espacio y soberanía ya operaba como uno de los ejes vertebradores de la civilización china (Gernet, 1991). La construcción histórica de China no puede entenderse únicamente como la evolución lineal de un Estado nacional moderno, sino como el resultado de un prolongado proceso de integración, expansión, fragmentación y reunificación territorial desarrollado a lo largo de más de dos milenios. Desde los Reinos Combatientes hasta la consolidación imperial bajo Qin y Han, pasando por las sucesivas dinastías de origen han y no han, la historia política china estuvo marcada por una tensión permanente entre la necesidad de preservar la unidad del territorio y las fuerzas centrífugas derivadas de la geografía, las diferencias regionales, la presión de los pueblos fronterizos y las crisis recurrentes del poder central.
En la tradición política china, el territorio nunca constituyó una cuestión meramente administrativa o geográfica. Fue, ante todo, un problema de legitimidad. El “Mandato del Cielo” vinculaba la autoridad del soberano a su capacidad para garantizar el orden bajo el concepto de tianxia, “todo lo que existe bajo el cielo”. El emperador no era únicamente el gobernante de un espacio delimitado, sino el depositario de una autoridad universal vinculada al concepto de tianxia, cuya legitimidad dependía de preservar el orden político y civilizatorio bajo el cielo (Lewis, 2007). Aunque esta concepción no implicaba una soberanía territorial rígida en el sentido westfaliano moderno, sí generó una cultura política profundamente marcada por la centralidad del orden, la estabilidad del centro y la integración progresiva de las periferias. La unidad territorial pasó así a identificarse con la continuidad misma de la civilización china, mientras que la fragmentación adquirió el significado de decadencia política y desorden moral.
La historia imperial puede leerse, en gran medida, como una sucesión de ciclos de expansión y retracción territorial. Algunas dinastías extendieron el control chino hacia regiones muy alejadas del núcleo histórico del valle del río Amarillo, incorporando territorios que hoy forman parte esencial de la geografía política de la República Popular. La expansión hacia Xinjiang, Tíbet, Mongolia Interior o Manchuria respondió tanto a necesidades estratégicas como a dinámicas económicas y demográficas. Paradójicamente, buena parte del espacio territorial que hoy Beijing considera indisociable de la nación china fue consolidado bajo dinastías de origen no han, especialmente los Yuan mongoles y los Qing manchúes. La formación territorial china fue, por tanto, el resultado de una compleja interacción entre conquista, administración imperial, integración cultural y adaptación pragmática a realidades fronterizas extremadamente diversas.
Sin embargo, esos procesos de expansión coexistieron siempre con dinámicas recurrentes de fragmentación. Las crisis dinásticas, las rebeliones campesinas, las invasiones exteriores y las luchas entre señores regionales condujeron repetidamente a períodos de división política. Desde la era de los Tres Reinos hasta las Cinco Dinastías y Diez Reinos, pasando por la fractura entre Song del Norte y Song del Sur, la experiencia histórica china acumuló una memoria profunda del peligro asociado a la desunión territorial. Esa memoria continúa influyendo decisivamente en el pensamiento estratégico contemporáneo. Para las élites políticas chinas, el caos interno y la fragmentación no representan únicamente episodios históricos superados, sino amenazas existenciales susceptibles de reabrir las heridas asociadas a la humillación nacional y a la vulnerabilidad frente a poderes exteriores.
En este sentido, existe una notable continuidad histórica entre la lógica territorial del imperio, el nacionalismo republicano y la narrativa de la República Popular. La preocupación por la integridad territorial no constituye una invención exclusiva del PCCh, sino un elemento estructural de la modernidad política china desde el colapso del orden imperial en el siglo XIX. El “siglo de humillación”, iniciado tras las guerras del Opio, intensificó dramáticamente esa percepción. La cesión de Hong Kong al Imperio británico, la penetración de las potencias occidentales y de Japón, las concesiones extranjeras y la fragmentación de esferas de influencia consolidaron entre las élites chinas la convicción de que la debilidad interna conducía inevitablemente a la pérdida de soberanía y al riesgo de desmembramiento nacional.
La República de China heredó ese problema en condiciones particularmente adversas. El colapso del imperio Qing en 1911 no resolvió la cuestión territorial, sino que la reformuló bajo parámetros modernos de soberanía nacional. El período de los señores de la guerra, la invasión japonesa y la guerra civil reforzaron aún más la percepción de que la supervivencia del Estado chino dependía de su capacidad para reconstruir un poder central efectivo. Tanto el nacionalismo del Kuomintang como el posterior discurso comunista compartieron, pese a sus profundas diferencias ideológicas, una misma obsesión por la reunificación y la restauración de la soberanía nacional.
La victoria comunista de 1949 supuso, en gran medida, una nueva reunificación política del espacio chino bajo un poder central fuerte. Desde sus inicios, el PCCh asumió como misión histórica cerrar definitivamente el ciclo de fragmentación y subordinación exterior. La recuperación del control sobre Xinjiang y Tíbet, la reafirmación de la soberanía sobre las regiones fronterizas y la construcción de un aparato estatal altamente centralizado respondían a esa lógica histórica de reunificación y consolidación territorial. Sin embargo, el enfoque combinó desde el principio elementos ideológicos y pragmáticos. Aunque el Partido proclamaba un discurso abiertamente antiimperialista, orientado a eliminar cualquier vestigio colonial del territorio chino, en la práctica adoptó durante décadas una política flexible respecto a Hong Kong y Macao.
En relación con Hong Kong, prevaleció inicialmente una lógica marcada por consideraciones de soberanía, estrategia, utilidad y seguridad. Mao Zedong llegó a afirmar en 1959 que no existía prisa por recuperar el enclave británico, cuyo estatus seguía siendo útil para la República Popular tanto en términos comerciales como diplomáticos (Denis, 1996). Hong Kong actuaba como punto de contacto económico con Occidente, válvula financiera y plataforma de conexión política internacional en un contexto de aislamiento relativo de China durante la Guerra Fría (Yahuda, 1996). Esa actitud pragmática explica en parte que el Reino Unido fuera una de las primeras potencias occidentales en reconocer diplomáticamente a la República Popular.
La retrocesión de Hong Kong en 1997 introdujo, sin embargo, una dimensión nueva en la cuestión territorial china (Béja, 1997; Ríos, 1997). Por primera vez, Beijing debía integrar bajo soberanía nacional un territorio profundamente conectado con el capitalismo global, dotado de instituciones jurídicas diferenciadas y portador de una cultura política parcialmente liberalizada. La fórmula “un país, dos sistemas” diseñada por Deng Xiaoping no solo pretendía garantizar la estabilidad económica del enclave, sino también convertir Hong Kong en un laboratorio para una futura reunificación con Taiwán (Deng, 1987). La cuestión fundamental consistía en determinar hasta qué punto un sistema socialista podía absorber y administrar un espacio caracterizado por una elevada autonomía económica y por una cultura cívica diferenciada sin poner en riesgo la cohesión política del conjunto.
Ese desafío reflejaba tensiones más profundas presentes en la propia transformación de China. Por una parte, el liderazgo aspiraba a beneficiarse de la integración económica global y de las capacidades financieras y tecnológicas de Hong Kong; por otra, temía que la apertura política y cultural del enclave actuara como vector de difusión de ideas consideradas subversivas para el continente. De ahí el esfuerzo sostenido por promover formas de nacionalismo cultural y de reafirmación identitaria orientadas a fortalecer la cohesión nacional frente a la influencia política occidental.
Las tensiones observadas en Hong Kong durante los últimos años revelan precisamente las dificultades inherentes a ese equilibrio. Para Beijing, la cuestión ya no afecta únicamente al control administrativo de un territorio concreto, sino a la preservación de la autoridad del Estado y a la prevención de cualquier dinámica que pudiera interpretarse como precedente desintegrador. El nacionalismo territorial chino contemporáneo posee, en este sentido, una naturaleza dual. Es defensivo porque nace del trauma histórico de la fragmentación, de la invasión extranjera y del recuerdo persistente de ese periodo de ocaso. Pero es también revisionista, en la medida en que aspira a corregir el orden territorial y geopolítico heredado del siglo XIX y a restaurar una posición central de China en Asia y en el sistema internacional.
En ese marco, Taiwán ocupa un lugar singular dentro del imaginario político chino. Más allá de su importancia estratégica o tecnológica, la isla simboliza la persistencia de una fractura histórica inconclusa derivada de la guerra civil china y de la configuración geopolítica de la Guerra Fría. Durante décadas, la prioridad del liderazgo chino fue la modernización económica y el fortalecimiento del poder nacional. Bajo Deng Xiaoping predominó la idea de que China debía “ocultar capacidades y esperar el momento adecuado”, priorizando el desarrollo antes que la resolución inmediata de las cuestiones territoriales pendientes. Sin embargo, el extraordinario ascenso económico, tecnológico y militar de las últimas décadas ha modificado progresivamente esa ecuación.
Bajo el liderazgo de Xi Jinping, la cuestión territorial ha adquirido una dimensión todavía más central dentro del proyecto político chino (Ríos, 2018). El “rejuvenecimiento nacional” ya no se presenta únicamente como un proceso de modernización económica o recuperación de prosperidad, sino también como la culminación histórica de la reunificación nacional. En consecuencia, la cuestión territorial deja de ser exclusivamente un problema de supervivencia estatal, como lo fue durante buena parte de la etapa republicana y los primeros decenios de la República Popular, para convertirse en un marcador del estatus global de China y de su capacidad para reconfigurar parcialmente el orden internacional surgido tras la hegemonía occidental del siglo XIX y XX.
Precisamente por ello, Taiwán ocupa hoy un lugar prioritario dentro de la narrativa estratégica china que a buen seguro se incrementará en los próximos años. A medida que el liderazgo considera más avanzada la modernización integral del país, la reunificación pasa progresivamente al primer plano político e ideológico. La resolución de la cuestión taiwanesa aparece así vinculada no solo a la legitimidad histórica del Partido, sino también a la demostración de que China ha superado definitivamente la etapa de subordinación y fragmentación asociada al decaimiento secular. El problema de Taiwán ya no es presentado únicamente como una cuestión interna pendiente, sino como una prueba decisiva de la capacidad china para culminar su ascenso como gran potencia.
La paradoja de la China contemporánea reside precisamente en que el país ha alcanzado niveles inéditos de cohesión, poder económico y proyección internacional mientras persisten conflictos territoriales potencialmente capaces de desencadenar crisis de enorme magnitud. Xinjiang, Tíbet, Hong Kong y, sobre todo, Taiwán representan distintas expresiones contemporáneas -con matices muy apreciables de diferenciación cuando se trata de distinguir entre reunificación y recentralización- de la cuestión histórica nunca completamente cerrada de la relación entre territorio, soberanía y legitimidad en la construcción de China. Comprender la trayectoria china exige, por tanto, reconocer que la gestión política del espacio no constituye una cuestión secundaria o coyuntural, sino uno de los fundamentos esenciales de su continuidad civilizatoria y de su actual proyección geopolítica.
La reunificación en el discurso político chino
La cuestión de la reunificación constituye, por tanto, uno de los elementos más persistentes y estructurales del discurso político chino contemporáneo. Desde el colapso del imperio Qing hasta la actual etapa del ascenso global de la República Popular China, la idea de restaurar la integridad territorial y superar las fracturas heredadas del “siglo de humillación” ha funcionado como un eje central de legitimación política, movilización nacional y definición estratégica. Precisamente por ello, tanto la República de China como posteriormente la República Popular situaron la cuestión territorial en el núcleo de sus respectivos proyectos políticos, aunque dotándola de significados y estrategias diferentes según el contexto histórico.
En tiempos de la República de China, la cuestión de la reunificación apareció inseparablemente vinculada a la crisis de soberanía provocada por la decadencia del imperio Qing y la presión de las potencias extranjeras. La revolución de 1911 había destruido el viejo orden imperial, pero no logró construir inmediatamente un Estado nacional fuerte y cohesionado. El nuevo régimen republicano heredó un territorio inmenso y profundamente fragmentado, donde el poder central apenas ejercía autoridad efectiva sobre numerosas regiones controladas por señores de la guerra, élites locales o intereses extranjeros. En ese contexto, la reunificación nacional se convirtió en una prioridad política fundamental para las élites republicanas.
La figura de Sun Yat-sen resulta clave para comprender esta etapa. Su nacionalismo revolucionario identificaba la regeneración de China con la necesidad de superar simultáneamente el dominio extranjero y la fragmentación interna. Los “Tres Principios del Pueblo” -nacionalismo, democracia y bienestar- pretendían precisamente sentar las bases de un nuevo Estado chino soberano y unificado. El nacionalismo republicano surgía así como respuesta directa al colapso del orden imperial y a la percepción de humillación nacional causada por las derrotas frente a Occidente y Japón.
Sin embargo, la debilidad estructural de la República dificultó enormemente la realización de ese proyecto. Durante el llamado período de los señores de la guerra, el territorio chino permaneció dividido entre distintas autoridades militares regionales. La Expedición del Norte impulsada por el Kuomintang bajo el liderazgo de Chiang Kai-shek buscó precisamente reunificar el país mediante la consolidación de un poder central fuerte. Aunque la campaña logró avances importantes a finales de la década de 1920, la invasión japonesa y la guerra civil posterior impidieron una estabilización definitiva del Estado republicano.
La cuestión territorial adquirió todavía mayor relevancia tras la guerra contra Japón. La recuperación de Taiwán en 1945, después de medio siglo de ocupación japonesa iniciada tras el Tratado de Shimonoseki, fue presentada por el gobierno nacionalista como un símbolo de restauración de la soberanía china. Sin embargo, la derrota del Kuomintang frente al Partido Comunista en 1949 alteró completamente el panorama político. La retirada del gobierno republicano a Taiwán creó una situación inédita: dos autoridades rivales reclamaban simultáneamente representar a la totalidad de China. Desde entonces, la cuestión de la reunificación quedó definitivamente integrada en la estructura misma del conflicto político chino contemporáneo.
Para la República Popular China fundada en 1949, la reunificación constituyó desde el principio un componente esencial de su legitimidad histórica (Anguiano, 2001). El nuevo Estado se presentó como la fuerza capaz de poner fin al declive, expulsar la influencia extranjera y restaurar la unidad nacional tras décadas de fragmentación y guerra. La victoria revolucionaria no era interpretada únicamente en términos ideológicos o sociales, sino también como una empresa de reconstrucción territorial y soberanía estatal.
En el programa político del Partido, la cuestión nacional ocupó siempre un lugar central. Desde los años revolucionarios, el PCCh combinó el marxismo-leninismo con un fuerte discurso nacionalista adaptado a la experiencia histórica china. La resistencia contra Japón reforzó extraordinariamente esa dimensión patriótica. El Partido consiguió proyectarse como principal defensor de la soberanía nacional frente a la agresión extranjera, lo que posteriormente facilitaría la identificación entre revolución y reunificación del país.
Durante el maoísmo, la cuestión de la reunificación estuvo marcada por las dinámicas de la Guerra Fría y por la prioridad otorgada a la consolidación interna. Mao Zedong concebía la recuperación de Taiwán como parte natural e inevitable de la victoria revolucionaria, pero la intervención estadounidense en la guerra de Corea y la protección militar de Washington sobre Taiwán bloquearon cualquier posibilidad inmediata de reunificación por la fuerza. Las crisis del estrecho de Taiwán en los años cincuenta reflejaron precisamente ese contexto de confrontación geopolítica.
En el discurso maoísta, Taiwán aparecía fundamentalmente como un problema heredado del imperialismo y de la guerra civil inconclusa. La existencia de la República de China en la isla era presentada como resultado directo de la intervención estadounidense en Asia oriental. La reunificación quedaba vinculada así a la lucha contra el imperialismo y a la defensa de la soberanía nacional. Sin embargo, durante décadas la prioridad estratégica de Beijing no fue tanto desarrollar mecanismos concretos de integración como consolidar el nuevo Estado revolucionario y sobrevivir dentro de un entorno internacional hostil.
La etapa reformista iniciada por Deng Xiaoping transformó profundamente el enfoque chino hacia la cuestión de la reunificación. Con el abandono parcial del radicalismo maoísta y la prioridad concedida al desarrollo económico, Beijing comenzó a adoptar una estrategia mucho más pragmática y flexible respecto a Hong Kong, Macao y Taiwán. Deng comprendía que la modernización de China requería estabilidad internacional y apertura económica, pero también entendía que la legitimidad histórica del Partido seguía ligada a la restauración completa de la soberanía nacional.
Fue en ese contexto donde surgió la fórmula de “un país, dos sistemas”. Según esta idea, territorios reunificados con China podrían conservar durante un largo período sus sistemas económicos, jurídicos e incluso ciertos niveles de autonomía política, siempre bajo el reconocimiento de una única soberanía china. El retorno de Hong Kong en 1997 y de Macao en 1999 fueron presentados por Beijing como hitos históricos que demostraban la viabilidad de la reunificación pacífica.
En relación con Taiwán, el denguismo introdujo además una aproximación más sofisticada basada en los intercambios económicos, culturales y sociales. Beijing esperaba que la creciente integración económica entre ambos lados del estrecho favoreciera progresivamente una convergencia política. Durante las décadas de 1980 y 1990 se multiplicaron los contactos informales, las inversiones y las relaciones comerciales, creando un nivel de interdependencia sin precedentes.
Sin embargo, el proceso de democratización taiwanés alteró parcialmente las expectativas chinas. La consolidación de una identidad política diferenciada en la isla y el ascenso de sectores favorables a reforzar la autonomía taiwanesa generaron crecientes tensiones con Beijing. Precisamente en ese contexto emergió el llamado “Consenso de 1992”, uno de los conceptos políticos más relevantes en la relación contemporánea entre ambas partes.
El Consenso de 1992 hace referencia a un entendimiento alcanzado entre representantes semioficiales de Beijing y Taipéi según el cual ambas partes reconocían la existencia de “una sola China”, aunque manteniendo interpretaciones diferentes sobre cuál era su gobierno legítimo. Para Beijing, el consenso significaba que Taiwán forma parte inseparable de China y que la reunificación constituye un objetivo irrenunciable. Para el Kuomintang, en cambio, el acuerdo permitía mantener cierta ambigüedad sobre la definición concreta de esa “China”.
Aunque el concepto sigue siendo objeto de debate -especialmente porque sectores independentistas taiwaneses cuestionan incluso su existencia formal-, Beijing lo considera hasta hoy la base política mínima indispensable para cualquier diálogo estable entre ambos lados del estrecho. La negativa del Partido Democrático Progresista a aceptar explícitamente el Consenso de 1992 explica buena parte del deterioro reciente de las relaciones a través del Estrecho.
Bajo el liderazgo de Xi Jinping, la cuestión de la reunificación ha adquirido una centralidad todavía mayor dentro del discurso político chino (Ríos, 2018). El “gran rejuvenecimiento de la nación china” promovido por Xi sitúa explícitamente la reunificación nacional como condición esencial para culminar el ascenso histórico del país. A diferencia de etapas anteriores, el xiismo integra de manera mucho más estrecha el nacionalismo, la modernización militar y la afirmación internacional de China.
En esta nueva etapa, la cuestión taiwanesa ha dejado de ser percibida únicamente como un problema heredado de la guerra civil para convertirse en un componente central de la competencia estratégica entre China y Estados Unidos. Beijing insiste cada vez con más firmeza en que la reunificación no puede aplazarse indefinidamente y rechaza cualquier intento de consolidar una separación permanente de Taiwán respecto al continente.
El discurso de Xi mantiene formalmente la preferencia por una reunificación pacífica y continúa apelando a la fórmula “un país, dos sistemas”. Sin embargo, los acontecimientos en Hong Kong desde 2019 han reducido considerablemente la credibilidad de ese modelo entre amplios sectores de la sociedad taiwanesa. La imposición de la Ley de Seguridad Nacional en Hong Kong reforzó la percepción en Taiwán de que Beijing prioriza el control político centralizado sobre la preservación de autonomías diferenciadas.
Aun así, los conceptos fundamentales que estructuran la posición china permanecen relativamente constantes. El principio de “una sola China” constituye el núcleo doctrinal básico de la política exterior y territorial de Beijing. Según esta idea, existe una única China soberana y Taiwán forma parte inseparable de ella. Este principio condiciona tanto las relaciones diplomáticas chinas como su participación en organismos internacionales. Cualquier Estado que establezca relaciones oficiales con la República Popular debe reconocer formalmente esta posición.
La fórmula denguista de “un país, dos sistemas”, por su parte, representa el intento histórico de compatibilizar la reunificación territorial con la coexistencia de sistemas políticos y económicos distintos. Aunque originalmente diseñada para facilitar una integración gradual y flexible, su evolución reciente refleja las crecientes dificultades de Beijing para gestionar las tensiones entre soberanía, control político y diversidad institucional.
Finalmente, el Consenso de 1992 funciona como un mecanismo político de ambigüedad controlada que permitió durante años mantener cierto grado de estabilidad en las relaciones a través del estrecho. Su importancia radica menos en su formulación jurídica exacta que en su función práctica como base mínima compartida para el diálogo.
Coda final
En conjunto, la cuestión de la reunificación ha condicionado profundamente la evolución del discurso político chino contemporáneo porque sintetiza algunas de las principales obsesiones históricas del país: la soberanía, la unidad nacional, la superación del siglo de humillación y la restauración del poder chino en el sistema internacional.
Desde la República de China hasta la actual etapa del xiismo, diferentes generaciones de dirigentes han interpretado la reunificación como parte inseparable de la construcción nacional china. Precisamente por ello, la cuestión territorial continúa ocupando un lugar central en la identidad política de la República Popular y probablemente seguirá condicionando decisivamente tanto su evolución interna como la estabilidad estratégica de Asia oriental durante las próximas décadas.
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(Para Inter Asia Papers)
Ya está publicado el volumen 18 correspondiente al año 2025, aunque la fecha de publicación que aparece es 2026:
En concreto , la referencia es
Ríos, X. (2026). Reunificación, soberanía y legitimidad en la China contemporánea. Inter Asia Papers, 18, 71–89. https://doi.org/10.5565/rev/interasia.8


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