Realismo y culturalismo en los dilemas estratégicos contemporáneos de China, por Xulio Ríos

La invocación de la época de los Reinos Combatientes se ha convertido en una metáfora recurrente en la reflexión estratégica china contemporánea. No es una evocación retórica sin contenido; por el contrario, remite a un momento de fragmentación, competencia sistémica y transformación estructural que terminó desembocando en un nuevo orden político bajo la unificación de la dinastía Qin. Para muchos analistas chinos, el sistema internacional actual atraviesa una fase comparable en la que convergen una transición hegemónica, una redistribución del poder y una pugna por la configuración normativa del orden global.

El precedente histórico y su lectura estratégica

Durante los siglos V-III a.n.e., los principales estados chinos compitieron en un entorno de guerra constante y sofisticación estratégica. Fue también una época de extraordinaria efervescencia intelectual, con confucianos, legistas y estrategas militares debatiendo sobre el poder, la legitimidad y la organización del Estado. Autores clásicos como Sunzi (tradicionalmente vinculado al periodo anterior, pero influyente en esta época) sentaron bases duraderas sobre la primacía de la estrategia indirecta, la economía de la fuerza y la centralidad de la inteligencia política.

En el pensamiento contemporáneo, uno de los académicos que más explícitamente ha recuperado esa analogía es Yan Xuetong, quien argumenta que las transiciones de poder históricas muestran que la clave no es solo la capacidad material, sino la autoridad moral y la capacidad de liderazgo normativo. Para Yan, la competencia entre China y Estados Unidos no se decidirá únicamente por PIB o tecnología, sino por la capacidad de construir legitimidad internacional.

La comparación con los Reinos Combatientes también dialoga indirectamente con la célebre “trampa de Tucídides”, popularizada por Graham Allison, aunque desde una perspectiva cultural distinta. Allison advierte del riesgo estructural de guerra entre potencia ascendente y establecida, mientras la tradición china enfatiza la posibilidad de gestión estratégica prolongada del conflicto sin derivar en una confrontación directa.

El retorno del sinocentrismo en un mundo interdependiente

En paralelo, en las últimas décadas ha reaparecido una cierta conciencia sinocéntrica -no como reivindicación del proyecto tributario imperial, sino como convicción de centralidad civilizatoria-. Intelectuales como Zhao Tingyang han recuperado el concepto de “Tianxia” como marco alternativo al sistema westfaliano, proponiendo una visión del orden mundial basada en inclusión jerárquica y armonía más que en soberanías enfrentadas.

Sin embargo, este renacimiento discursivo coexiste con una realidad radicalmente distinta a la premoderna pues la China de hoy es profundamente interdependiente. Desde las reformas de Deng Xiaoping, la inserción en la economía global ha sido el motor de su desarrollo. A diferencia del antiguo sinocentrismo, el actual no puede sostenerse sin redes comerciales, financieras y tecnológicas globales.

Ahí reside una de las grandes tensiones contemporáneas: ¿cómo compatibilizar una narrativa de centralidad histórica con una estructura material de interdependencia que limita la autonomía estratégica absoluta?

Ascenso material y poder blando

El crecimiento industrial, tecnológico y comercial de China ha superado muchas previsiones occidentales de los años noventa. La influencia global de China ha crecido de forma acelerada. Su poder industrial, económico y tecnológico se ha consolidado de forma espectacular y sectores como la manufactura, la infraestructura, la energía y las telecomunicaciones están entre los más competitivos y decisivos del mundo. El peso de China en el comercio mundial supera muchas predicciones de hace apenas dos décadas, y propone una alternativa a modelos de dominación hegemónica tradicional. Autores como Martin Jacques en “When China Rules the World” sostienen que estamos ante el retorno de un Estado-civilización más que ante el simple ascenso de una potencia clásica.

En el terreno del poder blando, el debate es más complejo. El concepto, acuñado por Joseph Nye, ha sido aplicado a China con ambivalencia. En esta dimensión, China también ha ganado terreno, aunque con matices. Por un lado, su cultura milenaria, desde Confucio hasta la literatura y las artes, goza de un reconocimiento global amplio. Por otro, propuestas como la Iniciativa Franja y Ruta, articulan cooperación económica, cultural y educativa con múltiples países, ofreciéndose como alternativa al orden liderado históricamente por Occidente.

Y si bien Beijing ha invertido en instrumentos culturales y diplomáticos, su atractivo también se ha visto reforzado indirectamente por los errores estratégicos de Occidente, especialmente durante la presidencia de Donald Trump, cuya política exterior errática deterioró en forma mayúscula la percepción global del liderazgo estadounidense.

Sin embargo, el poder blando chino, aunque avanza a buen paso, sigue siendo limitado en comparación con su poder económico. La narrativa de estabilidad y desarrollo compite con críticas sobre gobernanza, derechos humanos y transparencia.

Reveses estratégicos y límites de la no injerencia

Aquí emerge el núcleo del dilema. China ha defendido históricamente el principio de no injerencia, formulado como reacción a las humillaciones coloniales del siglo XIX. Pero en un entorno de competencia sistémica, esa prudencia puede convertirse en vulnerabilidad. Aunque China ha consolidado su posición económica y diplomática, no ha logrado neutralizar todos los desafíos estratégicos.

La presión estadounidense sobre países como Venezuela, Cuba o Irán, por citar algunos de los más relevantes, muestra que Washington está dispuesto a utilizar sanciones, alianzas militares y coerción financiera para mantener su primacía. China, en cambio, reacciona principalmente con retórica diplomática y apoyo económico limitado, evitando la confrontación directa.

Algunos académicos chinos, como Yan Xuetong, han sugerido que China debe desarrollar alianzas más sólidas si aspira a competir estratégicamente. Otros defienden que abandonar la no injerencia erosionaría la base moral diferenciadora de su política exterior.

El contraste con la tradición soviética es evidente. A diferencia de la URSS, China no exporta revolución ni impone bloques ideológicos cerrados. Su instrumento preferente es la interdependencia económica. Pero esta herramienta, aunque poderosa, no siempre basta para proteger intereses estratégicos frente a la coerción militar o financiera.

Debate interno: ¿paciencia estratégica o giro asertivo?

La cultura -tanto histórica como filosófica- influye en el proceder diplomático de China y en su percepción del mundo, pero no hay un consenso unívoco en Beijing o en la academia china sobre cómo traducir esa herencia en acción geopolítica. Dentro de los círculos de política internacional chinos existe un debate sobre si la política exterior debe seguir priorizando la paciencia estratégica, la no confrontación y la no injerencia, o si debe evolucionar hacia un enfoque más proactivo y asertivo que traslade la fuerza económica al terreno estratégico.

Algunos analistas abogan por una reinterpretación del principio de no injerencia que permita un mayor margen de maniobra e instando una adaptación pragmática a nuevos desafíos globales, mientras que otros ven en la continuidad de la doctrina una forma de diferenciarse del modelo hegemónico occidental, preservando la legitimidad moral de China en el Sur Global.

En el ámbito académico chino existen tres grandes corrientes. En primer lugar, los que podríamos llamar “continuistas prudentes”, que defienden la paciencia estratégica heredada de Deng Xiaoping (“ocultar capacidades y ganar tiempo”). En segundo lugar, los “realistas asertivos”, que consideran que el poder económico debe traducirse en mayor capacidad de disuasión. Por último, los “universalistas alternativos”, que proponen redefinir el orden internacional mediante conceptos culturales propios como Tianxia.

 ¿Un giro posible?

¿Es posible que China, a corto plazo, modifique su enfoque diplomático para trasladar su peso económico creciente también al plano estratégico de manera más audaz? La respuesta depende de múltiples factores: la evolución de su economía interna, la percepción de amenazas externas, la capacidad de articular alianzas duraderas, y el grado de confianza que Beijing tenga en su propio modelo de gestión internacional.

Cada una de estas variables está en constante tensión. Por ejemplo, el auge de figuras y discursos más confrontativos en la diplomacia china -a veces descritos como “diplomacia de lobo guerrero”- sugiere un cierto desplazamiento hacia una retórica más firme y menos tolerante con las críticas, aunque no necesariamente una estrategia de confrontación abierta.

No obstante, la consolidación de alianzas estratégicas profundas que trasciendan los lazos comerciales, sería un cambio significativo respecto al pasado reciente. Esto requeriría que China revalúe algunas de sus premisas tradicionales y se involucre con mayor decisión en estructuras de seguridad colectiva o marcos de cooperación estratégico más allá de lo económico.

La probabilidad de un viraje radical parece limitada. La cultura estratégica china valora la gradualidad, la acumulación paciente de poder y la evitación del enfrentamiento frontal prematuro. En este sentido, la metáfora de los Reinos Combatientes vuelve a ser iluminadora. Cabe recordar que el Estado de Qin no venció por precipitación, sino por reformas internas profundas, disciplina organizativa y aprovechamiento estratégico del desgaste ajeno. China parece apostar por un esquema similar al priorizar la consolidación de su base tecnológica, reforzar su autosuficiencia relativa y esperar que la evolución estructural del sistema internacional incline progresivamente el equilibrio a su favor.

China será China

Lo que define a China hoy es precisamente el equilibrio entre poder material, cultura histórica, y la búsqueda de un orden internacional que refleje tanto sus intereses como su visión del mundo. En ese sentido, China está en una fase de transición estratégica, en la que su política exterior no solo debe administrar contradicciones externas, sino también debates internos sobre qué tipo de gran potencia quiere ser en un sistema global cada vez más competitivo y fragmentado.

China no será la URSS. Tampoco reproducirá exactamente el modelo hegemónico occidental. Su identidad diplomática, moldeada por siglos de experiencia histórica y humillación colonial, la inclina hacia la no injerencia y la construcción gradual de influencia. Pero el dilema persiste: en un sistema que algunos perciben como un nuevo periodo de Reinos Combatientes global, ¿bastará la paciencia estratégica? ¿o exigirá el entorno una traducción más directa del poder económico en poder geopolítico? Esa es la discusión que hoy atraviesa no solo los círculos académicos chinos, sino el corazón mismo del debate sobre el futuro del orden internacional.

(Para CTXT)


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