La convulsión geopolítica en torno a Venezuela ha generado, en lo sustancial, dos tipos de interpretaciones respecto a sus consecuencias para China. Según una de ellas, representa un contundente varapalo a la estrategia de implantación de Beijing en la región de América Latina y el Caribe, a expensas de lo que pueda ocurrir en los próximos meses y de las proyecciones complementarias que puedan derivarse. De Panamá a Honduras, Cuba, Colombia, incluso Brasil o Perú, etc., los activos estratégicos de China estarían en el punto de mira de la Casa Blanca. Y los gobiernos deben decidir: o se alinean con Trump o se exponen a las consecuencias, desde la desestabilización injerencista hasta incursiones militares directas. En Venezuela, China tendría que recoger velas en las relaciones económicas, comerciales y de todo tipo, un modelo que Trump extendería a todo su “patio trasero”. Sobra decir que una cosa es el papel y otra muy distinta llevarlo a cabo.
Mucho menos dramática, al menos en lo que atañe estrictamente a Venezuela, es la segunda lectura. En este caso, Trump le habría resuelto un doble problema a China, obligada en los últimos tiempos a hacer cábalas para compensar las dificultades económicas venezolanas y calibrar su apoyo político a un liderazgo que acumulaba importantes críticas no solo en sectores de la derecha global, sino incluso en ámbitos progresistas de la región. Ahora es Estados Unidos quien debe gestionar esos dos “deméritos”: la maltrecha economía -en especial la salud del sector petrolero- y la complicidad con el tan denostado chavismo, hoy representado por la presidenta Delcy Rodríguez. En suma, China podría haber medio perdido un socio, pero también se habría librado de una pesada carga.
Ambas interpretaciones no son en modo alguno excluyentes, especialmente en cuanto atañe a su valor como barómetro regional y global. Como ya ocurrió en otros escenarios, China dejará que la situación se desarrolle, sin descartar, ni mucho menos, recoger hipotéticos beneficios si a la postre la intervención estadounidense desemboca en otro atolladero que exija la atención de Washington, distrayéndolo de lo que se considera verdaderamente decisivo: el entorno inmediato de China.
Sea como fuere, Beijing habrá tomado buena nota de la ambición de Donald Trump, que suma a la guerra comercial y tecnológica una pugna geopolítica susceptible de ocasionar no pocos sobresaltos.
En este contexto, para China la prioridad número uno es mantener y profundizar su estrategia de desarrollo, culminando su transición estructural, en especial mediante el fomento de la innovación tecnológica y manteniendo la apertura al exterior. La mayor garantía para resistir el embate estadounidense es fortalecer su poder económico y su prosperidad. El nuevo plan quinquenal, que será aprobado en marzo, incorporará estas claves a sabiendas de que este lustro será decisivo.
Un segundo eje de respuesta es la diplomacia. Las oportunidades que brinda la estrategia de Trump para exacerbar las contradicciones con muchos de sus principales socios son numerosas, ya se trate de Canadá, México, la UE o Australia. Cierto es que la prioridad de China seguirá siendo su entorno inmediato, con especial atención a Japón, el país más alineado con Trump en la región y cuya renovada senda militarista es percibida como especialmente peligrosa. De ahí el acercamiento de Beijing a Seúl, expresión de una activa diplomacia de vecindad que comienza a perfilarse en el horizonte. La exploración de las grietas en la comunidad occidental resulta hoy más accesible a la vista de los exabruptos imperiales de la Casa Blanca, que provocan un rechazo lógico en numerosas cancillerías y, mutatis mutandis, pueden facilitar acuerdos con China que antes encontraban mayores resistencias.
La relación bilateral con Estados Unidos queda así sujeta a una nueva redefinición de su equilibrio. Hasta la visita de Estado a China prevista para abril, Trump se afanará en mejorar su capacidad de negociación. Pero China también. Y, sin desdeñar un eventual acuerdo, responderá -no cabe duda- allí donde identifique una vulnerabilidad. La línea roja de Taiwán promete aguas muy agitadas en el Estrecho durante los próximos meses.
Un tercer frente es el blindaje político. Para China, la zozobra de la política occidental es fruto tanto de la obsesión hegemónica como una expresión del declive de nuestros propios sistemas políticos, aquejados de taras que no atajándolas se han agravado en los últimos tiempos. En consecuencia, la gobernanza -y, en particular, la capacidad para detectar problemas y adoptar medidas eficaces- resulta crucial: desde la corrupción y la esclerosis institucional hasta la pérdida de confianza cívica o la exacerbación de la división ideológica.
La seguridad política constituye un vector clave y la eliminación de vulnerabilidades sistémicas es una preocupación de primer nivel. Basta observar, por ejemplo, las medidas adoptadas recientemente por las autoridades chinas respecto a altos funcionarios con antecedentes en el extranjero o con vínculos en Occidente, especialmente EEUU, ahora sometidos a un escrutinio reforzado para reducir riesgos de influencia externa o eventuales dudas de lealtad en caso de conflicto. La seguridad política es un imperativo en la China de Xi, y el proceder de Trump no hace sino conferirle un valor supremo y de largo alcance ante la expectativa de una confrontación prolongada y cada vez más aguda.
(Para Diario El Correo)


Podes deixar aquí un comentario sobre o artigo