Mao y la modernización china, por Xulio Ríos

El 9 de septiembre se cumplen cincuenta años de la muerte de Mao Zedong. Medio siglo después, su figura sigue ocupando un lugar singular en China siendo objeto simultáneo de objeto de crítica histórica, símbolo nacional, fundador de la República Popular y referencia política. Pocas figuras del siglo XX han conseguido mantener una presencia semejante después de que el sistema que construyeron haya experimentado transformaciones tan profundas.

La paradoja resulta especialmente evidente si se observa la China actual. La economía, la sociedad, la estructura productiva, las relaciones internacionales y hasta buena parte de las condiciones de vida de sus ciudadanos se encuentran muy lejos de la China maoísta. Sin embargo, Mao continúa presente en Tiananmen, en los billetes, en el paisaje monumental de numerosas ciudades y en la memoria oficial del Partido Comunista de China (PCCh). No es una supervivencia puramente sentimental. Mao sigue desempeñando una función en la comprensión que el propio sistema hace de su historia y, sobre todo, de su proceso de modernización.

La clave continúa siendo la resolución de 1981 sobre algunas cuestiones de la historia del Partido desde la fundación de la República Popular. Su fórmula, convertida en una especie de regla de equilibrio -los méritos de Mao fueron principales y sus errores secundarios, en la conocida proporción 70-30- permitió resolver una cuestión tan extraordinariamente delicada como reconocer los desastres provocados por determinadas políticas sin poner en cuestión la legitimidad histórica de la revolución ni la continuidad del Partido.

El Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural podían y debían ser criticados. Mao podía ser considerado responsable de graves errores. Pero esa crítica no podía convertirse en una impugnación del proceso histórico que había conducido a 1949. La operación tenía una enorme importancia política, separando al Mao histórico, con sus aciertos y errores, del Mao fundador, cuya centralidad debía permanecer intacta.

Deng Xiaoping necesitaba esa distinción para emprender las reformas. El denguismo suponía una ruptura profunda con numerosos aspectos de la experiencia maoísta, pero no podía presentarse como una negación de Mao ni de la revolución. La reforma y apertura necesitaban, precisamente, legitimarse como una nueva etapa de la República Popular y no como el comienzo de una nueva China.

Con Xi Jinping se ha producido, sin embargo, una recuperación mucho más visible de Mao y de determinados elementos de su pensamiento. No significa un regreso al maoísmo económico o social. Significa una reivindicación de la continuidad histórica. Mao, Deng y Xi aparecen cada vez más integrados en una misma secuencia: Mao funda la nueva China; Deng la reforma y desarrolla; Xi conduce su revitalización y su transformación en una gran potencia.

Esta lectura permite comprender mejor qué significa Mao para la modernización china. Mao no modernizó China en el sentido económico en que lo haría posteriormente Deng. Pero creó las condiciones políticas y estatales desde las cuales esa modernización posterior pudo producirse. La revolución puso fin a la fragmentación política, consolidó la soberanía del Estado, reunificó el país y estableció un poder central capaz de movilizar recursos a una escala desconocida. La China que emprendió las reformas en 1978 no partía de cero al contar con una estructura estatal construida durante las décadas maoístas.

Aquí reside una de las claves de la memoria de Mao. Para una parte de la sociedad china, su atractivo tampoco procede necesariamente de una nostalgia por la economía planificada o por las condiciones sociales de aquella época. Mao representa, sobre todo, el momento en que China dejó de ser objeto de la historia para recuperar la condición de sujeto de su propio destino. Encierra la memoria de la soberanía recuperada, de la reunificación y del final del llamado “siglo de humillación”.

Esa dimensión explica que Mao pueda ser reivindicado incluso por generaciones que no vivieron la China maoísta. Para unos representa igualdad y justicia social frente a las desigualdades producidas por el enriquecimiento posterior; para otros, dignidad nacional y la demostración de que un país pobre y debilitado podía recuperar su posición en el mundo. Son significados diferentes, incluso contradictorios, pero todos contribuyen a mantener su capacidad simbólica.

Por eso resulta tan significativa la presencia material de Mao. Su retrato en Tiananmen, su mausoleo, las estatuas y su imagen en los billetes no son simples elementos decorativos. Constituyen parte de la iconografía fundacional de la República Popular. El sistema puede condenar la Revolución Cultural y reconocer los errores del Gran Salto Adelante sin renunciar a esos símbolos porque, desde su propia lógica, no existe contradicción entre condenar determinadas actuaciones del fundador, y reconocerle tal condición.

El caso del artista Gao Zhen, condenado este agosto por unas esculturas satíricas sobre Mao, ayuda a comprender dónde se encuentra hoy una de las fronteras. La crítica histórica puede ser aceptada dentro de ciertos límites; la ridiculización de la figura de Mao resulta mucho más problemática. Existe una suerte de sacralización política de su imagen. No porque el Partido sostenga oficialmente que Mao fue infalible, sino porque su figura se encuentra estrechamente vinculada a la legitimidad histórica del Estado y del propio Partido.

Cincuenta años después de su muerte, Mao sigue siendo, por tanto, mucho más que un personaje histórico. Es el primer capítulo de la narrativa oficial de la modernización china. La secuencia que conduce de la revolución a la reforma y de la reforma a la revitalización necesita un origen. Ese origen es Mao.

Quizá por eso la China de Xi no necesita volver al maoísmo para recuperar a Mao. Le basta con reivindicarlo como fundador de una trayectoria histórica que continúa. El mensaje es que las transformaciones de China no son sucesivas rupturas, sino etapas de un mismo proceso de reconstrucción nacional.

La verdadera vigencia de Mao, medio siglo después, reside precisamente ahí. No tanto en lo que China sigue siendo de Mao como en aquello que el Partido sostiene que China ha llegado a ser gracias a la continuidad de la historia que él inauguró.


Comentarios

Podes deixar aquí un comentario sobre o artigo