León XIV y la herencia china de Francisco, por Xulio Ríos

La secuencia de las dos ordenaciones episcopales celebradas en julio -la de Mons. Chang Yanfeng como obispo de Chifeng y la de Mons. Francisco Javier Duan Yongkun como obispo coadjutor de Bameng- probablemente no marque un punto de inflexión en las relaciones entre China y el Vaticano. Sin embargo, sí parece aportar una evidencia significativa de que el mecanismo establecido por el Acuerdo Provisional sobre el nombramiento de obispos ha entrado en una fase de funcionamiento relativamente normalizado, incluso tras la transición pontificia.

El dato más relevante quizá no sea tanto el contenido de los nombramientos como su continuidad. Con frecuencia, los cambios de pontífice introducen incertidumbres sobre la orientación de la política exterior de la Santa Sede. En este caso, sin embargo, León XIV parece haber optado por preservar la línea impulsada por Francisco, confirmando que el diálogo con Beijing constituye una política institucional más que una iniciativa estrictamente personal del pontífice anterior.

La ordenación de Chang Yanfeng reviste además un simbolismo particular. La diócesis de Chifeng permanecía vacante desde hacía dos décadas, reflejo de las dificultades que durante años caracterizaron las relaciones entre ambas partes. Su cobertura evidencia que el acuerdo sigue ofreciendo un marco operativo para resolver gradualmente situaciones heredadas, aunque de forma lenta y prudente. A ello se añade el nombramiento de Francisco Javier Duan Yongkun como obispo coadjutor de Bameng apenas una semana después, reforzando la impresión de que ambas partes desean transmitir una imagen de continuidad y estabilidad.

Resulta igualmente significativo que las dos ordenaciones realizadas a finales de 2025 -las de Ignacio Wu Jianlin en Shanghái y Francisco Li Jianlin en Xinxiang- correspondieran a obispos elegidos durante el período de sede vacante, entre la muerte de Francisco y la elección de León XIV. El hecho de que esos nombramientos hayan sido finalmente asumidos por el nuevo pontífice sugiere que tampoco durante la transición institucional se interrumpió la cooperación entre Roma y Beijing, consolidando la percepción de que el acuerdo ha adquirido una cierta inercia administrativa y política.

Todo ello no significa que hayan desaparecido las diferencias. El Acuerdo Provisional continúa siendo objeto de críticas dentro y fuera de la Iglesia católica, tanto por quienes consideran excesivas las concesiones realizadas a las autoridades chinas como por quienes estiman insuficientes los avances alcanzados. Tampoco se han resuelto cuestiones sensibles relacionadas con la organización eclesiástica, la situación de algunas comunidades católicas o el reconocimiento pleno de determinadas estructuras diocesanas. Pero precisamente por ello, la continuidad del mecanismo adquiere mayor relevancia al indicar que ambas partes consideran más útil administrar sus discrepancias mediante el diálogo que regresar a una lógica de confrontación.

Esta continuidad posee además una dimensión geopolítica que trasciende el ámbito estrictamente religioso. Las relaciones entre China y la Santa Sede constituyen uno de los pocos espacios donde Beijing mantiene una negociación estable con un actor diplomático que, al mismo tiempo, conserva relaciones oficiales con Taiwán. El Vaticano sigue siendo el único Estados europeo -aunque de naturaleza singular- que reconoce diplomáticamente a la República de China, circunstancia que convierte cualquier evolución de este vínculo en un asunto de gran sensibilidad para las dos partes.

El contexto internacional añade nuevos elementos de interés. En los últimos meses se ha intensificado la competencia diplomática entre Beijing y Taipéi, manifestada en escenarios diversos. La controversia con Sudáfrica sobre el estatus de la oficina de representación taiwanesa, las tensiones con Lituania derivadas de la apertura de la representación de Taiwán en Vilna o las dificultades surgidas tras el cambio de gobierno en Honduras ilustran una nueva fase de competencia por el espacio diplomático internacional. En ese escenario, la Santa Sede adquiere un valor estratégico muy superior al que correspondería a su reducido peso territorial.

Sin embargo, sería precipitado interpretar estas ordenaciones como el preludio de un establecimiento inminente de relaciones diplomáticas plenas entre Beijing y el Vaticano. Persisten obstáculos importantes, comenzando por la propia cuestión del reconocimiento de Taiwán, cuya resolución exigiría decisiones de enorme trascendencia política y pastoral. Más bien parece que ambas partes continúan aplicando una lógica gradualista: ampliar la confianza mediante la cooperación práctica antes de abordar las cuestiones más sensibles.

En realidad, el principal significado político de estas dos ordenaciones reside precisamente en esa normalización silenciosa. El acuerdo deja de percibirse como un experimento excepcional para convertirse progresivamente en un procedimiento habitual de gestión de la vida de la Iglesia católica en China.

Desde esa perspectiva, León XIV no parece haber inaugurado una nueva política hacia China, sino haber asumido la continuidad de una estrategia cuyo objetivo consiste en preservar un canal estable de interlocución con Beijing. En un momento de creciente polarización internacional y de intensificación de la rivalidad diplomática en torno a Taiwán, mantener abierto ese espacio de diálogo representa, tanto para China como para la Santa Sede, un activo político de considerable valor. La evolución de las relaciones bilaterales seguirá siendo gradual y probablemente exenta de grandes anuncios, pero cada nueva ordenación episcopal realizada de común acuerdo contribuye a consolidar una dinámica de confianza que, aunque todavía limitada, parece hoy más sólida que hace apenas una década.


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