La “no cumbre” Xi – Trump, por Xulio Ríos

La guerra contra Irán ha obligado a aplazar la esperada cumbre Xi-Trump en Beijing. Un efecto colateral nada desdeñable. Entusiasta de la cirujía geopolítica cada vez más transmutado en una especie de Nerón del siglo XXI, Donald Trump, un ganador donde los haya, no podía presentarse ante Xi con problemas tan delicados en su agenda. Esa es la principal razón “logística” que ha llevado a su administración a demorar unas semanas el encuentro. Pero nada asegura que dentro de un mes la situación sea mejor.

En el tiempo transcurrido desde la cumbre de Busán, Corea del Sur, en octubre del año pasado, ambos países han intentado estabilizar los lazos bilaterales propiciando diálogos al máximo nivel, muy especialmente en el orden económico y comercial. Ambas partes proyectan, en general, una postura más conciliadora, sin que ello signifique que los problemas de fondo que les acucian hayan encontrado vías de solución. No la habrá en tanto no muden las percepciones estratégicas recíprocas: para China, EEUU se empeña en trabar su desarrollo; para EEUU, China quiere finiquitar su hegemonía global.

Las rondas de negociación llevadas a cabo en Ginebra, Londres, Estocolmo, Madrid, Kuala Lumpur y París han dado algunos frutos, pero esa sorpresa cotidiana de nuevos acontecimientos y medidas a la que Trump nos tiene acostumbrados, erosionan la garantía de confianza de estos encuentros. No obstante, en esta cumbre este sería el ámbito más trabajado. Ambas partes parecen compartir el convencimiento que nadie gana lo suficiente con esta dinámica como para compensar las pérdidas y que, por más que se intente, el desacoplamiento, hoy por hoy, es inviable.

La estabilización de las relaciones económicas y comerciales entre China y EEUU no es un proceso fácil pero el simple hecho de que el diálogo se mantenga y que ambas partes reconozcan la inevitabilidad de los desacuerdos, es crucial. La tregua comercial parece mantenerse y la Casa Blanca habrá interiorizado ya que las posibilidades de doblegar a China con guerras comerciales y tecnológicas son menores de las imaginadas. A cada intento de ahogamiento, reflota como un corcho.

La clave más sensible de las relaciones bilaterales sigue siendo Taiwán. Xi quiere que Trump verbalice públicamente su oposición a la independencia de la isla y, en consecuencia, actúe limitando ventas de armas, contactos institucionales y otros apoyos, etc. Ansía un giro tranquilizador y quizá por ello, en un gesto simbólico, ha cesado la actividad militar en el Estrecho. También la inteligencia de EEUU ha certificado que no hay en el horizonte ninguna perspectiva de invasión de Taiwán en 2027. El ambiente, sin embargo, no es propicio para que las expectativas de Xi puedan verse consumadas. A lo sumo, cabría esperar acuerdos comerciales, empresariales, de inversión, pero las espadas de la geopolítica siguen en alto. Y, con independencia de cuanto pueda ocurrir en otros lares, Taiwán es el nodo hipersensible en el que China no dejará nunca de insistir.

Tras las dos macrosesiones parlamentarias de este marzo y la aprobación del XV Plan Quinquenal, la política de Xi Jinping para Taiwán se adentra en una nueva fase, más incisiva en el plano de la integración en las dinámicas de desarrollo del continente, confiando en que en las elecciones locales de noviembre próximo se consolide un vuelco en la opinión pública y en la cooperación entre las fuerzas de la oposición para expulsar al independentismo en el poder en 2028. Ese cambio permitiría a China insuflar esperanzas de hallar soluciones pacíficas. “Es mejor ganar sin luchar”, dejó escrito Sun Zi en El Arte de la Guerra. Es probable que antes de que se celebre el encuentro con Trump, Xi se reúna con la nueva presidenta del Kuomintang, Cheng Li-wun.

A estas alturas, tanto EEUU como China reconocen que, por más que lo intenten, ninguno puede cambiar al otro y deben encontrar formas de coexistencia que a la vez preserven los intereses centrales de cada parte y potencien aquellas áreas de cooperación posibles. En verdad, sería una excelente noticia para el mundo dada la importancia global de ambas economías.

El aplazamiento de la cumbre resume la debilidad de la posición de Trump y podría resultar ventajoso para China. Si la guerra contra Irán se prolonga, Beijing podría capitalizar buena parte del descontento global por el proceder imperial de Washington. Múltiples encuestas reflejan una mejora sustancial de la imagen de China.

Con Trump, EEUU se ha desapegado del orden internacional de posguerra, sacrificado en el altar de la satisfacción exclusiva de sus propios intereses. China, por el contrario, paradójicamente acusada de potencia revisionista, ha convertido su defensa en seña de identidad.

¿Ayudará China a EEUU a resolver esta situación crítica? Si ello no le compromete ante Irán y la región, estabiliza la relación con Washington y refuerza su credibilidad internacional como actor responsable, no se descarte. Como bien sabemos, el pensamiento estratégico, del que Trump carece, es casi asignatura de primaria en China. Beijing puede ayudar a EEUU si ello no le crea otros problemas más graves. En esta hora, su diplomacia en la región opera full time.

(Para Diario El Correo)


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