Del acercamiento económico al desacoplamiento estratégico: quince años del ECFA y el cambio de paradigma en las relaciones a través del Estrecho, por Xulio Ríos

Cuando se cumplen quince años de la entrada en vigor del Acuerdo Marco de Cooperación Económica (ECFA, siglas en inglés), firmado en 2010 entre Beijing y Taipéi durante la presidencia de Ma Ying-jeou, el balance no puede resultar más paradójico. Concebido como la piedra angular de una creciente integración económica destinada a generar confianza mutua y facilitar, a largo plazo, un acercamiento político entre ambas orillas del Estrecho, el acuerdo sobrevive hoy en un contexto caracterizado precisamente por la progresiva desvinculación económica entre China continental y Taiwán.

El ECFA fue la expresión más acabada de una etapa de distensión sin precedentes. Durante el gobierno del Kuomintang (2008-2016), el incremento de los intercambios comerciales, las inversiones cruzadas, el turismo, las comunicaciones directas y la cooperación empresarial alimentaban la expectativa de que una interdependencia económica cada vez mayor terminaría reduciendo los incentivos para la confrontación política. Aquella estrategia respondía plenamente al planteamiento de Beijing de promover una reunificación pacífica sustentada en la creciente convergencia de intereses económicos y sociales, adobada, a mayores, con la “tregua diplomática”.

Sin embargo, la llegada al poder del Partido Democrático Progresista (PDP) en 2016 tras naufragar el complementario Acuerdo de Comercio de Servicios, supuso un profundo cambio de orientación. Tanto bajo la presidencia de Tsai Ing-wen como, posteriormente, con Lai Ching-te, el objetivo dejó de ser gestionar la creciente integración con China continental para pasar a reducir sistemáticamente la dependencia económica de la isla respecto del continente. El argumento central ha sido que la elevada interdependencia acumulada durante décadas generaba vulnerabilidades estratégicas susceptibles de ser explotadas por Beijing en un escenario de creciente rivalidad geopolítica.

En consecuencia, el desacoplamiento económico ha dejado de ser únicamente una cuestión comercial para convertirse en una política explícita de seguridad. Programas como la Nueva Política hacia el Sur impulsaron la diversificación de inversiones y cadenas de suministro hacia el Sudeste Asiático, India, Australia o Estados Unidos, mientras las autoridades endurecían progresivamente los mecanismos de control sobre las inversiones procedentes de China continental en sectores considerados estratégicos.

Los resultados comienzan a ser visibles. Las inversiones en Taiwán se encuentran sometidas a un escrutinio regulatorio mucho más estricto que hace una década, especialmente en sectores tecnológicos sensibles. Paralelamente, también se ha reducido significativamente la inversión taiwanesa al otro lado del estrecho. Según datos del Ministerio de Asuntos Económicos de Taiwán, las nuevas inversiones dirigidas al continente representan hoy menos del uno por ciento del total de la inversión exterior aprobada, encaminándose hacia uno de los niveles más bajos desde que comenzaron a liberalizarse los intercambios económicos entre ambas orillas.

Esta evolución responde tanto a decisiones políticas como a cambios estructurales en la propia economía china. En los años noventa y dos mil, China continental era el gran receptor de capital, tecnología y conocimiento procedente de Taiwán. El espectacular diferencial de costes laborales que durante décadas convirtió al continente en el principal destino de la industria taiwanesa ha desaparecido en buena medida. Hoy, en numerosos sectores, especialmente en manufacturas avanzadas, China ya no necesita el capital taiwanés en la misma medida.

Por otra parte, la transición del modelo económico hacia actividades de mayor valor añadido, el incremento de los salarios, las crecientes tensiones comerciales con Estados Unidos y la incertidumbre geopolítica han llevado a numerosas empresas taiwanesas a replantear sus estrategias internacionales. En muchos casos, la relocalización habría terminado produciéndose incluso sin las iniciativas impulsadas por el gobierno de Taipéi, aunque estas han acelerado claramente el proceso. El desacoplamiento responde, por tanto, a una decisión política de Taipéi pero también a una transformación estructural de la economía china.

Los principales beneficiarios de este desplazamiento han sido, ante todo, Estados Unidos y Japón. Washington ha conseguido -no sin presiones harto abusivas- atraer inversiones estratégicas de empresas taiwanesas, especialmente en el sector de los semiconductores, en línea con su estrategia de reconstrucción industrial y reducción de dependencias tecnológicas respecto de China. Washington persigue tres objetivos simultáneos: reducir su dependencia tecnológica de China; dificultar el acceso chino a tecnologías punteras; e integrar a Taiwán en una arquitectura industrial compartida que incremente los incentivos estadounidenses para preservar la estabilidad del Estrecho. El desacoplamiento no es solo económico, sino también geopolítico.

Japón, por su parte, ha reforzado su cooperación industrial y tecnológica con Taiwán, mientras países del Sudeste Asiático como Vietnam también han recibido una parte significativa de las nuevas inversiones manufactureras taiwanesas.

Esta amplia transformación constituye uno de los pilares fundamentales del proyecto político del PDP. Para el soberanismo taiwanés, la consolidación de una identidad política diferenciada requiere igualmente disminuir los instrumentos de influencia económica de los que dispone Beijing. Reducir la dependencia comercial, financiera y tecnológica respecto del continente persigue aumentar el margen de autonomía política de la isla y limitar la capacidad de presión en un eventual escenario de crisis.

Al mismo tiempo, el desacoplamiento se integra plenamente en la estrategia más amplia promovida por Estados Unidos y sus aliados para construir cadenas de suministro “seguras” o “libres de riesgo”, – “no rojas”, según Taipéi- particularmente en industrias críticas como los semiconductores, la inteligencia artificial o las tecnologías avanzadas. Desde la perspectiva de Taipéi, cuanto más profundamente quede integrada su economía en las cadenas industriales de Estados Unidos, Japón y otras democracias avanzadas, mayores serán los incentivos económicos y estratégicos para que estos países asuman un compromiso activo con la estabilidad del Estrecho. La interdependencia deja así de orientarse hacia China para reorientarse hacia el bloque de las principales economías liberales.

Cambio de paradigma

Para Beijing, esta evolución representa probablemente uno de los mayores condicionantes estratégicos de las dos últimas décadas. Durante años, las autoridades chinas asumieron que la creciente integración económica terminaría generando unas condiciones objetivas favorables para una reunificación pacífica. La lógica apuntaba a que una sociedad cada vez más vinculada económicamente al continente desarrollaría intereses crecientes en preservar una relación estable con China y mostraría menor receptividad hacia proyectos políticos abiertamente independentistas.

La experiencia reciente parece cuestionar esa hipótesis. La interdependencia económica no ha reducido el respaldo social al soberanismo, sino que ha terminado siendo reinterpretada por una parte importante de la sociedad taiwanesa como un factor de vulnerabilidad estratégica. Lejos de constituir un puente hacia la convergencia política, la dependencia económica ha pasado a percibirse como un riesgo que conviene gestionar y reducir.

Ello no significa que el desacoplamiento vaya a culminar en una separación económica completa. China continental continúa siendo un socio comercial principal de Taiwán y las cadenas industriales construidas durante más de tres décadas siguen siendo extraordinariamente profundas y difíciles de sustituir. Más que una ruptura absoluta, el proceso apunta hacia una creciente selectividad con reducción de las dependencias consideradas críticas, diversificación de mercados e inversiones y preservación, al mismo tiempo, de aquellos intercambios cuya sustitución resulta económicamente inviable.

Pero quince años después del ECFA, la principal paradoja es que el instrumento concebido para favorecer la aproximación gradual entre ambas orillas del Estrecho convive con una dinámica política que persigue exactamente el objetivo contrario. El ECFA pretendía hacer que el coste económico de una ruptura política fuera tan elevado que la reunificación pacífica resultara cada vez más plausible. Sin embargo, el deterioro político ha terminado alterando la lógica económica. Es decir, la política ha acabado condicionando a la economía, cuando durante años se pensó que ocurriría justamente lo contrario.

En suma, el desacoplamiento económico se ha convertido en una pieza central de la estrategia soberanista de Taiwán y, al mismo tiempo, en uno de los principales desafíos para la política china de reunificación pacífica. La competencia entre integración y seguridad ha pasado a definir el nuevo equilibrio estratégico del Estrecho, desplazando el optimismo económico que caracterizó la etapa de Ma Ying-jeou hacia una lógica crecientemente determinada por la rivalidad geopolítica.

Si bien el desacoplamiento no invalida completamente la estrategia de reunificación pacífica, sí debilita uno de sus pilares fundamentales. La premisa de que la interdependencia económica generaría, con el tiempo, una convergencia política parece mucho menos sólida, lo que explica que el discurso oficial de las autoridades continentales insista cada vez más en la lucha contra el separatismo y en la necesidad de preservar la capacidad de disuasión militar, sin abandonar formalmente la prioridad de la reunificación pacífica.

En síntesis, entre 2008 y 2016, el debate era cómo gestionar una integración económica que avanzaba más rápido que el diálogo político. En 2026, el debate es exactamente el contrario, es decir, cómo gestionar una rivalidad política que avanza más rápido que la desintegración económica.

En una perspectiva más amplia, el caso del Estrecho de Taiwán puede ser el ejemplo más avanzado de una tendencia que se observa en toda la competencia entre Estados Unidos y China. Durante décadas predominó la idea de que la interdependencia económica reducía el riesgo de conflicto; hoy, tanto Washington como Taipéi -y, en parte, también Beijing- consideran que ciertas interdependencias pueden convertirse en instrumentos relevantes para decantar el signo de un conflicto. Esa mutación intelectual explica por qué conceptos como de-risking, resiliencia o seguridad económica han pasado a ocupar un lugar central en la formulación de las políticas públicas.


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