De Pedro Sánchez a China, por Xulio Ríos

La visita del Presidente Pedro Sánchez a China ha dado lugar a todo tipo de comentarios, más de lo habitual. No es cosa de analizarlos ahora, pero sí se debe significar que la relación con China, a pesar de los pesares, debiera seguir siendo política de Estado. Lo es desde hace casi medio siglo. China, en la práctica, siempre ha estado por encima de las alternancias. Y aun cuando un líder político español en la oposición critique a un presidente en ejercicio por cuidar la relación con China, lo cierto es que allá donde es gobierno, hace lo propio. La coherencia no es una virtud fácilmente reconocible en la política actual.

El clima político en España adolece de tanto exceso que hasta se juega con las cosas más elementales. Con tal de erosionar al gobierno y dejarle quedar como un desnortado incompetente, todo parece valer. No hay margen para el acierto. Si Sánchez va a China, es malo per se. Si quien va es Alfonso Rueda o Moreno Bonilla, la cosa cambia. Aunque todos vayan a lo mismo, realmente. 

La relación de España con China, como con cualquier otro país, no es perfecta. No obstante, como se ha enfatizado muchas veces, hay sintonía. No es un detalle menor, porque ese punto de partida da el tono de la relación. Y no es cosa de Sánchez, se remonta, como poco, a los años ochenta. Todos los presidentes del Gobierno de España han intentado no bajar de ese nivel. Pero si antes se decía que habíamos llegado demasiado tarde, ahora que Sánchez va demasiado deprisa.

En China, una buena relación política es esencial para avanzar en otros dominios. Si eso no ocurre en la medida deseada, puede que no sea solo por trabas de todo tipo en su maquinaria burocrática, sino, simplemente, porque no hacemos los deberes como debiéramos. Un poco de autocrítica no nos vendría mal.

¿Hay problemas estructurales? Por supuesto, algunos relativamente solucionables, otros no tanto. Si hablamos de déficit comercial, llevará su tiempo equilibrarlo y no será tarea fácil dada la estructura de nuestra economía. No somos Alemania, pero pueden arbitrarse compensaciones vía inversión, como ya se está haciendo. Si hablamos de componentes sistémicos, en el horizonte no se atisba perspectiva de cambio político en China de signo liberal. En China está bastante claro: si lo que han construido, a pesar de las contradicciones, les funciona, ¿por qué cambiar? Puede haber intereses comunes sin compartir valores o modelos de sociedad.

El actual contexto global ha influido mucho en esta visita, aunque se ha intentado quitar hierro apelando a los contenidos comerciales. Pero es indudable que, atendiendo a ciertos principios característicos de nuestra política exterior de larga data, pese a la “rivalidad sistémica”, es más fácil acordar cosas con China que, por ejemplo, con la Administración Trump, instalada trágicamente en el disparate continuo. Aquí sí ha habido pérdida de sintonía. Esto no significa que se deban quebrar las relaciones con aliados fundamentadas en vínculos de mayor profundidad y amplitud, sino aceptar el surgimiento de China como socio clave en muchos asuntos globales que nos preocupan.

China es estratégica para España. Y diría que para cualquier país en el mundo de hoy. Dilapidar el capital acumulado en esa relación es absurdo; por el contrario, debemos desarrollarlo y enriquecerlo. Esa es la tarea de cualquier gobierno con independencia de las circunstancias internas.

Europa y Occidente, las multinacionales de diverso calibre, han hecho grandes negocios en China y obtenido pingües beneficios. China ha sido inteligente: se ha abierto sin desarmarse en su soberanía y ha logrado, con mucho esfuerzo, alcanzar objetivos impensables. Ahora nos encontramos con que nos han pasado por delante y todo son quejas por nuestra parte porque el equilibrio ha cambiado y no podemos dictar las reglas como antaño. Antes íbamos con la idea de enseñar; ahora debiera ser la de aprender.

Quizá debiéramos dejar cierta soberbia atrás y esforzarnos más por conocer y comprender. Nuestra capacidad para dar lecciones se ha resentido mucho. El suyo no es un proceso acabado, ni mucho menos. Ni de lejos tampoco es equiparable su identidad política a modelos ideológicos de otro tiempo: es más complejo y ecléctico. Hay margen para el cambio, más sustentado en su cultura que en nuestro liberalismo. Su norte principal es la preservación de la soberanía, más determinante que el propio molde ideológico de origen.

Todo esto no significa que el gobierno deba desentenderse de su hábitat natural. Pero sí importa, y mucho, leer bien lo que está ocurriendo y tomar decisiones con visión constructiva y de futuro. Podemos sumarnos a quienes argumentan la seguridad para trabar el comercio o anteponer la ideología con el vano propósito de salvar una hipotética hegemonía. No va a funcionar porque la escala y la relevancia de China no tiene retorno.

Claro que, aun así, sonará a justificación para quienes les cuesta alzar la vista más allá de los Pirineos y atisbar, aunque sea intuitivamente, los profundos cambios que se avecinan en el orden internacional y en los que China desempeñará un papel clave. 


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