China y América Latina: ¿Cambio coyuntural o prueba de estrés?, por Xulio Ríos

Durante las últimas décadas, Beijing ha construido su presencia en la región latinoamericana procurando desvincularla de los ciclos ideológicos. La reciente sucesión de victorias electorales de fuerzas conservadoras -en algunos casos claramente alineadas con la agenda estratégica de Washington- permite evaluar hasta qué punto esa apuesta por la “desideologización” de las relaciones exteriores resulta sostenible.

Lo llamativo es que, hasta el momento, la alternancia política no ha supuesto una alteración sustancial de la posición económica de China en América Latina. Incluso gobiernos que llegaron al poder con un discurso muy crítico hacia Beijing han terminado diferenciando entre la confrontación política y los intereses económicos nacionales. El caso argentino es probablemente el más ilustrativo ya que, pese a la dureza inicial de la retórica, las inversiones, el comercio, el swap financiero y numerosos proyectos de cooperación han continuado siendo considerados activos demasiado relevantes como para sacrificaros en aras de una redefinición ideológica de la política exterior.

En realidad, el balance muestra que la traducción práctica del giro político ha sido mucho más limitada de lo que cabía prever. Hasta la fecha, únicamente Panamá ha decidido abandonar la Iniciativa de la Franja y la Ruta, mientras que el resto de los gobiernos ha optado, con diferentes matices, por preservar los vínculos económicos con China incluso cuando estrechan simultáneamente sus relaciones estratégicas con Estados Unidos.

Ello responde también a la propia naturaleza de la presencia china en la región. A diferencia de otras potencias, Beijing ha procurado presentarse como un socio eminentemente económico antes que como un aliado político o ideológico. Su principio de no injerencia en los asuntos internos constituye no solo un elemento doctrinal de su política exterior, sino también una herramienta diplomática especialmente útil en un continente caracterizado por frecuentes alternancias gubernamentales. Desde esta perspectiva, el interlocutor de China no es un determinado signo político sino el Estado. Por ello, la diplomacia china suele reaccionar con rapidez tras cada elección presidencial, felicitando al vencedor, expresando su disposición a continuar la cooperación y evitando cualquier identificación con los gobiernos salientes.

No obstante, esa flexibilidad encuentra un límite muy definido. Beijing distingue claramente entre los aspectos negociables de la relación y aquellos que considera intereses fundamentales. Entre estos últimos ocupa un lugar absolutamente central el principio de una sola China. Las recientes aclaraciones del Gobierno de Honduras negando cualquier negociación para restablecer relaciones diplomáticas con Taiwán ilustran hasta qué punto Beijing permanece extremadamente vigilante ante cualquier posible retroceso en este terreno. La rápida reacción de la diplomacia china refleja que, mientras acepta sin excesiva preocupación los cambios de orientación económica o ideológica de los gobiernos latinoamericanos, difícilmente toleraría una revisión de los reconocimientos diplomáticos alcanzados durante los últimos años. Tiempo atrás, también la Argentina de Milei recibió el mensaje.

Patrón de conducta

En consecuencia, puede identificarse un patrón relativamente estable en la conducta de las autoridades chinas frente a las alternancias políticas latinoamericanas.

En primer lugar, una notable prudencia discursiva. China evita intervenir en los debates internos o expresar preferencias electorales, consciente de que la estabilidad de su presencia depende precisamente de mantener una imagen de neutralidad.

En segundo término, una rápida adaptación institucional. Cada nuevo gobierno recibe inmediatamente señales de continuidad, buscando transmitir que la cooperación bilateral puede mantenerse con independencia de las diferencias ideológicas.

En tercer lugar, una separación deliberada entre la economía y la política. Beijing procura preservar las cadenas comerciales, las inversiones, la financiación y las infraestructuras incluso cuando surgen tensiones diplomáticas o declaraciones hostiles.

Y, finalmente, una firme defensa de sus intereses esenciales. Todo aquello relacionado con Taiwán, la integridad territorial o la legitimidad internacional de la República Popular constituye una auténtica línea roja cuya protección activa no admite concesiones.

Ello no significa, sin embargo, que el nuevo panorama regional carezca de consecuencias para China. El principal riesgo probablemente no radique en un desmantelamiento inmediato de su presencia económica, sino en un entorno político menos favorable para su expansión futura. Gobiernos más próximos a Washington pueden ralentizar nuevos proyectos de infraestructuras estratégicas, introducir mayores controles sobre inversiones en sectores sensibles como telecomunicaciones, minerales críticos, puertos o energía, favorecer proveedores occidentales y coordinar posiciones diplomáticas más cercanas a la estrategia estadounidense de competencia con China.

Estados Unidos ha recuperado a marchas forzadas una implicación regional que durante años fue percibida como insuficiente. Si Washington acompaña esa renovada atención con mayores inversiones, financiación e iniciativas económicas creíbles, algunos países latinoamericanos podrían disponer de un margen de maniobra mayor para diversificar socios y reducir parcialmente su dependencia de la financiación o del mercado chino. En ese escenario, la competencia sino-estadounidense dejaría de ser una cuestión principalmente comercial para extenderse también al terreno tecnológico, financiero y de las cadenas de suministro.

Con todo, tampoco conviene sobreestimar el impacto de la alternancia política. La estructura económica que China ha construido en América Latina posee ya una notable profundidad. En numerosos países, Beijing se ha convertido en uno de los principales mercados de exportación, un inversor relevante y una fuente significativa de financiación e infraestructuras. Esa realidad limita el margen de maniobra de cualquier gobierno, independientemente de su orientación ideológica. De ahí que muchos ejecutivos opten por una estrategia dual: reforzar la alianza política con Estados Unidos sin renunciar a los beneficios económicos derivados de la relación con China.

En definitiva, el ciclo político latinoamericano abre una etapa más compleja para la diplomacia china, pero no necesariamente una etapa de retroceso. La principal adaptación de Beijing parece consistir en profundizar una lógica cada vez más pragmática aceptando la alternancia como una constante estructural de las democracias latinoamericanas, preservando escrupulosamente la neutralidad respecto de la política interna de cada país y concentrando sus esfuerzos en blindar aquellos intereses que considera irrenunciables. En ese sentido, la competencia estratégica entre Estados Unidos y China en América Latina probablemente se librará menos sobre la continuidad de las relaciones existentes que sobre la capacidad de cada potencia para condicionar las decisiones de inversión, las opciones tecnológicas y las futuras orientaciones del desarrollo regional.

La resiliencia del modelo chino dependerá, por tanto, no tanto de la afinidad ideológica de los gobiernos como de su capacidad para seguir ofreciendo ventajas económicas que los distintos ejecutivos, sean de un color u otro, consideren demasiado valiosas para prescindir de ellas.

(Para Reporte Asia, Argentina)


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