Tras muchos meses de negociación, los Estados Unidos y Taiwán anunciaron que habían alcanzado un acuerdo comercial que reduce los aranceles sobre muchas de las exportaciones de la isla, pero exige que los fabricantes de chips y las empresas tecnológicas taiwanesas inviertan cientos de miles de millones de dólares para aumentar la producción en los Estados Unidos.
Como parte del acuerdo, las empresas taiwanesas de semiconductores y tecnología realizarán nuevas inversiones directas por un total de al menos 250.000 millones de dólares para construir y ampliar la capacidad de producción e innovación en semiconductores avanzados, energía e inteligencia artificial en los Estados Unidos. No está claro si el compromiso de inversión de 250 mil millones de dólares incluye los 165 mil millones que Taiwan Semiconductor Manufacturing Co. (TSMC) ya tenía comprometidos. El gobierno taiwanés también proporcionará garantías de crédito de al menos 250.000 millones de dólares para facilitar inversiones en dicho país.
A cambio, Estados Unidos limitará los aranceles “recíprocos” sobre Taiwán al 15 %, en lugar del 20 % anterior, y se comprometerá a cero aranceles recíprocos sobre los medicamentos genéricos, sus ingredientes, componentes aeronáuticos y algunos recursos naturales.
En Taipéi se vende el acuerdo como excelente ya que “asegura mejores condiciones” que las negociadas por Japón, Corea del Sur e incluso la UE, y que las nuevas fábricas e inversiones a que compromete, en realidad, “aceleran” la expansión internacional de la economía y las empresas de la isla. El secretario de Comercio de EEUU, Howard Lutnick, aseguró que su objetivo era llevar el 40 por ciento de la cadena de suministro y producción de chips de Taiwán a los EEUU, no ocultando ni las ambiciones ni la satisfacción por el éxito de las presiones a Taipéi.
Análisis recientes de la industria indican que los costos de fabricación en los EEUU pueden ser más del doble de los de Taiwán debido a la ausencia de un grupo de semiconductores maduro y que la fabricación avanzada allí actualmente carece de racionalidad económica.
Por otra parte, el sector agrícola taiwanés teme ser sacrificado por las ambiciones de los EEUU ante la previsible claudicación de las autoridades taiwanesas en las negociaciones aun en curso.
El acuerdo comercial añade otro elemento de tensión a la ya convulsa vida política taiwanesa en un año en cuyo horizonte sobresalen las elecciones locales de noviembre.
La oposición (KMT y PPT), mayoritaria en el Yuan Legislativo, ha denunciado que los términos de este acuerdo tendrán como consecuencia la reconfiguración geográfica de la producción de semiconductores y provocará cambios estructurales a largo plazo en la isla. El KMT ha acusado al gobernante PDP de transferir su industria de chips más competitiva a Estados Unidos, haciendo enormes concesiones con el objetivo político de alinearse con la administración Trump, en la esperanza de contar con su respaldo seguro ante las presiones antisecesión de China continental. Sin embargo, una vez perdido el “escudo de silicio” ante Washington, el desinterés por la protección de Taiwán se elevará en proporción. El acuerdo reducirá la dependencia de los Estados Unidos de Taiwán y hará menos probable su hipotética defensa activa en una situación de crisis grave.
El acuerdo comercial es parte de un compromiso más amplio que, singularmente, afecta al ámbito de la defensa. El Instituto Americano en Taiwán (AIT) ha insistido en la importancia de la aprobación del presupuesto especial de defensa de NT$1.250 billones, que la oposición ha rechazado en varias ocasiones. Las presiones ejercidas sobre el líder del PPT, Huang Kuo-chang, quien recientemente visitó EEUU, para lograr un cambio de postura, podrían manifestar algún impacto en las próximas semanas. Tras “calmar” a los estadounidenses accediendo a sus presiones sobre los chips, se presagian más anuncios de ventas de armas para mayor alegría de la industria de defensa de los EEUU, a pesar de acumular un muy significativo retraso en las entregas no así en los cobros.
El acercamiento de Taiwán a los EEUU se traduce en una creciente dependencia en todos los ámbitos centrales, ya nos refiramos a la tecnología o la defensa. Si bien esta dinámica reduce la interdependencia y aleja a la isla del continente, al aumentar exponencialmente la vulnerabilidad frente a Washington, convierte en quimera cualquier propósito soberanista. Todo ello de incierto resultado teniendo en cuenta la volatilidad de los compromisos de una administración, la de Donald Trump, para la que no hay más valor supremo y defendible que la obtención del beneficio propio.
A este paso, es más probable que Lai Ching-te acabe implorando una invasión de Taiwán por parte de los EEUU, antes que expresar su solidaridad con esos habitantes de Groenlandia que rechazan las amenazas imperiales de Donald Trump.


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