Taiwán enfrenta un 2026 particularmente intenso, con horizontes problemáticos y desafíos singulares muy especialmente en la vida política interna.
Estas serían las ocho claves principales a tener en cuenta:
Confrontación política de máxima intensidad
La política taiwanesa sufre una intensa polarización entre el gobierno del Partido Democrático Progresista (PDP) y la oposición liderada por el Kuomintang (KMT) -a menudo en coalición con el Partido Popular de Taiwan (PPT)- que ha causado bloqueos en la aprobación de presupuestos y políticas clave, debilitando la capacidad del Ejecutivo para gobernar eficazmente. El parlamento ha bloqueado repetidamente a nominados para el Tribunal Constitucional, dejando la corte con muchas vacantes y elevando el riesgo de una parálisis institucional que podría afectar interpretaciones constitucionales cruciales en un momento de tensión. El Ejecutivo, a su vez, bloquea las decisiones adoptadas por la mayoría en el Yuan Legislativo.
Elecciones locales y estabilización de nuevos liderazgos
Las elecciones locales de noviembre de 2026 serán un termómetro político clave. Las disputas internas sobre candidaturas y plataformas reflejan la fragmentación entre partidos, incluyendo alianzas frágiles entre pequeñas agrupaciones que podrían redibujar equilibrios de poder. De nuevo, la oposición deberá mostrar su capacidad para establecer alianzas que magnifiquen la derrota del PDP, aprendiendo las lecciones del 13 de enero de 2024, cuando su suma del 60% se tradujo en fiasco frente al 40% del elegido presidente Lai Ching-te.
La elección en 2025 de Cheng Li-wun como presidenta del KMT ha suscitado debates internos sobre la orientación del partido frente a China continental y la política doméstica, profundizando tensiones dentro de la coalición opositora. En el PPT, en primavera debería conocerse el fallo por corrupción contra su ex líder Ko Wen-je.
Una economía bajo fuerte impulso
Taiwán proyecta un crecimiento económico sólido en 2026, con estimaciones oficiales elevadas, gracias al auge mundial de la inteligencia artificial (IA) y la fuerte demanda de semiconductores avanzados. Las exportaciones relacionadas con IA, especialmente chips, servidores y componentes de alto rendimiento, seguirán siendo el principal motor del crecimiento y la competitividad global de Taiwán, con expectativas de aumento adicional de las ventas al exterior. El gobierno está promoviendo proyectos estratégicos -como un centro de datos de nube para IA y una infraestructura de computación de alto rendimiento- para posicionar la isla como líder global en tecnología inteligente y reducir la dependencia de la producción tradicional.
La rápida industrialización tecnológica presenta desafíos en energía e infraestructura, especialmente tras el cierre de plantas nucleares y la necesidad de mayor capacidad renovable para sostener el crecimiento de centros de datos y la producción tecnológica.
Una sociedad que demanda la gestión de sus preocupaciones
El gobierno de Lai Ching-te enfrenta la presión por cumplir promesas en temas como vivienda, desigualdad, transición energética y bienestar social, áreas donde las expectativas ciudadanas son altas y en las que la división política complica respuestas eficaces, creando descontento que podría traducirse en protestas o mayor volatilidad electoral. No hay indicios de radicalización antisistema que puedan desembocar en una “generación Z”, pero sí desencanto acumulado entre jóvenes urbanos por unos salarios estancados, acceso a vivienda cada vez más difícil o precariedad laboral encubierta. La vivienda se consolida como principal problema social, nutriendo la hipótesis de que sustituya a la identidad como eje de politización cotidiana.
Por otra parte, Taiwán ha entrado plenamente en una fase de sociedad superenvejecida, lo cual plantea retos significativos en cuidados, laboral o en lo fiscal. El recurso a la inmigración de trabajadores del Sudeste Asiático y de matrimonios transnacionales sugiere el desafío de la integración. Asimismo, si bien Taiwán mantiene un claro liderazgo regional en derechos civiles (matrimonio igualitario), emergen discursos conservadores que pueden derivar en otra manifestación de la polarización.
Tensiones al alza con China continental
Las relaciones con China continental continuarán siendo un factor crítico. A finales de 2025 se han intensificado ejercicios militares chinos alrededor de la isla, incluyendo simulaciones de bloqueo, lo que sugiere una presión sostenida sobre la seguridad taiwanesa y posibles riesgos geopolíticos en 2026.
La cuestión de la identidad taiwanesa frente a China continental sigue siendo un tema divisorio: en la ciudadanía hay debates cada vez más acalorados sobre independencia, “statu quo”, y hasta relatos históricos contrapuestos que alimentan la crispación política y cultural en la sociedad.
La defensa en la cima de las prioridades
El PDP ha impulsado incrementos presupuestarios en defensa, incluyendo la ampliación de capacidades aéreas y de disuasión, con planes para reforzar sistemas como el “T-Dome” (similar al Iron Dome) y elevar el gasto militar a más del 3 % del PIB en el medio plazo. La oposición reprueba estos y otros incrementos, recriminando al gobierno que exacerba los riesgos de seguridad buscando irresponsablemente réditos electorales y apoyo exterior.
Una diplomacia de supervivencia sofisticada
En 2026, la diplomacia taiwanesa acentuará su transformación. El reconocimiento diplomático ha dejado de ser el objetivo central, evolucionando hacia un modelo pos-reconocimiento: menos obsesión por cosechar aliados formales, más inserción funcional en redes críticas, dependencia estratégica de EEUU, y una constante negociación del límite con Beijing.
La cooperación con Estados Unidos y aliados en tecnología militar y económica será central: desde suministros de sistemas de defensa asimétricos hasta negociaciones sobre aranceles y seguridad de la cadena de suministro global para proteger industrias clave. EEUU seguirá siendo el pilar absoluto de la proyección internacional de Taiwán, aunque con tensiones de fondo que reflejan tanto ese carácter indispensable como la desigualdad estructural que lo determina. En 2026 cabe esperar continuidad del apoyo militar, tecnológico y político sin reconocimiento formal y también mayor presión para que Taiwán incremente el gasto en defensa y absorba costes industriales (relocalizaciones) desmedidos. El riesgo de quedar atrapado en una lógica de protección condicionada con menor margen para definir una agenda propia, seguirá escalando.
En cuanto a Japón, seguirá siendo el aliado más sólido en términos reales, y con Sanae Takaichi menos prudente en lo formal. Entre las tendencias cabe significar la cooperación creciente en seguridad marítima, cadenas de suministro, semiconductores y resiliencia industrial.
La UE, por su parte, continuará aumentando su retórica favorable, pero sin traducirla en decisiones de alto riesgo. Bruselas no está dispuesta a pagar el coste estratégico de una confrontación directa con China continental por Taiwán. En suma, más visibilidad política, pero poca capacidad de protección. En 2026 es previsible que se produzcan más visitas parlamentarias, resoluciones y cooperación sectorial, avances limitados en comercio e inversión (sin FTA), ahondando en la diferenciación interna entre aquellos países más activos (Lituania, Chequia) y otros claramente cautos.
En Centroamérica, donde conserva buena parte de sus contados aliados diplomáticos, Honduras, con la victoria del candidato trumpista Nasry Asfura, partidario de Taiwán, será un síntoma de lo cerrado de ciertos casos, confirmando que no hay vuelta atrás en el reconocimiento de la República Popular China. O sí.
En lo conceptual, la diplomacia taiwanesa acentuará el giro “funcional” en detrimento del “estatal”, promoviendo una cooperación internacional centrada en áreas como la tecnología, academia, salud, cultura o empresa, sin depender del reconocimiento formal y buscando institucionalizar las interdependencias en marcos más edificantes aunque menos sobresalientes.
Ese bajo perfil de la visibilidad internacional seguirá siendo objeto de vigilancia por parte de China continental, quien se afanará en erosionar los márgenes de la proyección internacional de Taipéi, penalizando a aquellos terceros que eleven demasiado el perfil de la relación.
Cuatro escenarios
Cuatro escenarios plausibles podríamos dibujar para la política interna de Taiwán en 2026, construidos a partir de la correlación de fuerzas actual, las elecciones locales y el entorno geopolítico. No son excluyentes, pero sí jerarquizables.
Escenario 1. Bloqueo estructural prolongado
La fragmentación institucional se normaliza y el empate permanente se cronifica. El Ejecutivo del PDP, con un presidente sin mayoría legislativa, gobierna a golpe de decretos, presupuestos recortados y soluciones tácticas. La oposición (KMT-PPT) prioriza erosionar al gobierno antes que producir alternativas de gobernanza. Entre las consecuencias, cabría considerar una parálisis parcial de reformas, la judicialización de la política y la politización de los controles, fatiga ciudadana y desafección.
Escenario 2. Reconfiguración opositora tras las locales de 2026
Las elecciones locales actúan como catalizador. Si el KMT obtiene buenos resultados, se impone una línea más disciplinada y pragmática; si fracasa, aumenta la fragmentación y el PPT ganaría peso como árbitro. Entre las consecuencias, una posible recomposición de alianzas en el Legislativo, mayor presión para un gobierno “de consenso mínimo”, o una apertura (limitada) a acuerdos técnicos, no ideológicos. Esta expectativa podría desembocar al final del ejercicio y a mitad del mandato de Lai Ching-te en una mejor gestión de la polarización.
Escenario 3. Escalada de la confrontación política e identitaria
Un aumento de la presión de China continental se traduciría en sobreactuación política interna. La seguridad nacional se convierte entonces en arma arrojadiza y la identidad en frontera moral. Esto podría provocar un endurecimiento discursivo del PDP y la radicalización de sectores opositores acusados de ambigüedad.
Escenario 4. Recentramiento tecnocrático y tregua táctica
El persistente desgaste empujaría a una parte del sistema a buscar estabilidad. La priorización de políticas económicas, tecnológicas y sociales “neutrales”, dejaría en segundo plano las batallas identitarias. En este caso, la presión empresarial podría ser indicativa al igual que una cierta moderación del entorno regional. Adicionalmente, supondría que algunos liderazgos debieran estar dispuestos a pagar ciertos costes internos propiciando nuevas reformulaciones de cara a las presidenciales y legislativas de 2028.


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